Los grupos de presión

El año pasado, el Partido Nacional premió un ensayo particular. Se trata de un libro, escrito por Juan Pedro Arocena, que analiza la figura del ideólogo marxista italiano, Antonio Gramsci, en la política uruguaya. La tesis central de Gramsci, llevada a su nivel más simple posible, es que para lograr controlar el poder en una sociedad, es necesario construir una hegemonía cultural. Esto, sumando a los esfuerzos políticos a elementos intelectuales influyentes en lo que da en llamar la “sociedad civil”.

Esto se suma a una visión clásica marxista que apuesta a que el centro del debate y los derechos políticos no sean los individuos, sino los grupos, los “colectivos”. A través de la cooptación de estos grupos, generalmente usando a esos intelectuales comprometidos, se logra un efecto implacable de control social.

La publicación del libro generó un “miniescándalo”. Tres o cuatro artículos publicados en la Diaria, dieron cuenta de que el mismo tocaba donde dolía. En particular se escribió un editorial furibundo, donde se habla de “derecha tosca y fundamentalista”, “restauración autoritaria”, “precariedad intelectual”, y toda la serie de adjetivos despectivos que suelen lanzar las personas de formación marxista sobre cualquiera que ose contradecir sus ideas.

Pero a poco que vemos las noticias, comprobamos que este tipo de planteos han hecho carne en la izquierda uruguaya y sus militantes.

Tal vez el último ejemplo haya venido con un alarmante comunicado de la Sociedad de Arquitectos, ante la crisis del agua potable. Allí se denunciaba de forma inapelable, en un texto firmado por un grado 5 de la facultad, que la mala calidad del agua de OSE ponía en peligro la calidad del hormigón. No solo eso, sino que denunciaban que “los datos suministrados por OSE no son confiables”. Y llamaban a distanciarse de la “actitud, ignorante, irresponsable y paralizante, que significa dejar pasar el tiempo y ‘esperar que llueva…’”.

¡La pucha! No solo azuzaban el miedo sobre que las obras podían venirse abajo por la mala calidad del hormigón, sino que ponían en duda la información oficial, y trataban de ignorante al gobierno.

Apenas unas horas después, Alejandro Ruibal, presidente de la Cámara de la Construcción, nos devolvía la calma. Según explicó, la mayoría del hormigón que se usa en las obras se compra a proveedores que tienen suministro propio de agua, y exigentes estándares de calidad. Pero también aclaró que estamos muy lejos de que el nivel de cloruro sea problemático. “No hay que hacer tormenta con matracas”, dijo Ruibal.

Entonces... ¿por qué la Sociedad de Arquitectos hace tormentas con matracas? ¿Por qué usa la representatividad profesional para hacer política menor?

Bueno, eso trae obviamente a la cabeza el recuerdo del papel bochornoso del Sindicato Médico en la pandemia. No solo intentando ser una contravoz del gobierno, del ministerio de Salud, y hasta del GACH, sino llegando a contratar a un experto en comunicación para que enseñara a sus afiliados cómo hacer videos que levaran más alarma a la sociedad.

Más reciente en el tiempo está el recuerdo del triste rol de la Asociación de Defensores de Oficio, que en pleno debate por la LUC, hizo una gira mediática, alertando que de mantenerse esa ley, se iba a producir un caos en el sis-tema penal, y se generarían todo ti- po de injusticias y abusos policiales. ¿Se acuerda? Pasado ya más de un año, todavía no hemos escuchado nada de eso.

Podemos recordar también el caso de la Asociación de Historiadores, que lanzó un furibundo comunicado criticando que se incluyera un libro del expresidente Sanguinetti en los manuales de la materia. “Se mete la política en el aula”, clamaban. Un contraste llamativo con el silencio de esa asociación ante cientos de denuncias de discursos políticos en las aulas de parte de docentes sindicalizados. O cuando se hizo un manual liceal que tenía a Tabaré Vázquez y al Che Guevara en la tapa.

Lo que vemos es un modus operandi extendido. Y que pasa por aprovechar los espacios gremiales, colectivos, para generar un impacto político en la sociedad. Y que cuenta muchas veces con la complicidad del periodismo, que parece no darse cuenta de cómo es usado para empujar una agenda partidista.

Agenda que no tiene nada que ver con lo que siente la mayoría de los arquitectos, médicos, historiadores, o los trabajadores en general. Sino con lo que buscan quienes, aprovechando el desinterés de muchos ciudadanos en participar de estas construcciones colectivas, se apropian de las mismas para usarlas para un fin partidario bastante mezquino. ¿Le suena a algo?

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