Los excesos de la ideología

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El episodio de la presunta violación en el Cordón, que algunos rápidamente calificaron de ataque en manada a una mujer pero que luego se supo que presentaba aristas más complejas.

Puso sobre el tapete la importancia que han ido cobrando las corrientes más autoritarias y reaccionarias de la ideología de género en nuestro país.

De entrada, conviene recalcar lo obvio: criticar a las derivaciones reaccionarias del discurso de la ideología de género no quiere decir de ningún modo estar de acuerdo con la desigualdad entre hombres y mujeres. Y es que incluso tener que hacer esta aclaración de Perogrullo también forma parte del enorme desequilibrio con el que se están tratando todos estos asuntos en nuestra sociedad, cuya radicalización deja creer que o se está a favor de la ideología de género, o se está a favor de lapidar mujeres adúlteras como en Arabia Saudita o en Irán.

El problema es más democrático y más profundo a la vez. Por un lado, está la dimensión democrática que refiere a la igualdad de oportunidades y a la voluntad de evitar discriminaciones por sexo, edad o raza, por ejemplo. Es evidente que en Uruguay hay un gran consenso tranquilo sobre todos esos temas que nos ha llevado, hace décadas ya, a reconocer problemas sociales y a procurar que el Estado, con sus múltiples herramientas, ayude a equilibrar la balanza de desigualdades entre los sexos.

Las referencias históricas son obvias en este sentido e importan mucho para darse cuenta de que somos un país que tempranamente se ocupó de estos problemas: desde el divorcio por sola voluntad de la mujer, pasando por nuestra comparativamente temprana igualdad civil, y siguiendo por los recursos financieros que, por ejemplo, en materia de seguridad pública, se brinda al problema específico de la violencia contra la mujer, es claro que aquí nunca hubo sociedad ni Estado ausente de nada.

Hay un proceso de radicalización impulsado desde fundaciones y organismos internacionales que hace creer que o se está a favor de la ideología de género, o se es partidario de lapidar mujeres adúlteras como en Arabia Saudita o en Irán.

Por otro lado, el problema es profundo porque a pesar de este consenso tranquilo, existe una agenda transnacional de enorme repercusión cuya razón de existir es la manija constante sobre estos asuntos en un sentido de quiebres, rupturas y enfrentamientos entre sexos. Quizá el ejemplo más diáfano en este sentido haya sido el de las declaraciones de la directora regional de ONU Mujeres para las Américas y el Caribe en noviembre pasado: afirmó, muy suelta de cuerpo, que en Uruguay por causa de la pandemia había aumentado la violencia contra las mujeres, lo que era en realidad absolutamente falso.

La clave es que esas agencias internacionales y ONGs que están financiadas por poderosos centros extranjeros se inmiscuyen en nuestras prácticas sociales. Son, por ejemplo, los miles de cursos “con perspectiva de género”, que se extienden en lugares tan diversos como intendencias, ministerios o actores del Poder Judicial, y que son los que van sembrando la falsa idea de que aquí hay una especie de discriminación sistémica en contra de las mujeres por ser tales que debe ser enfrentada con decisión, incluso al punto de llevarse puestas nuestras garantías individuales.

El resultado extendido es que se multiplican las afirmaciones tales como que “el violador eres tú”, como cantaba aquel grupo de mujeres chilenas que tanta repercusión tuvo por todo el mundo hispanoparlante y que culpaba así a todo hombre de ser un violador en potencia; o más grave aún, se expande la idea, tan nefasta, de que ante episodios como el del Cordón se debe abolir la presunción de inocencia y, con perspectiva de género, defender siempre y por principio la versión de la mujer por ser mujer y por sufrir la injusticia del sistema patriarcal.

Las jerarquías de los poderes públicos deben darse cuenta de que todo este asunto de los excesos de la ideología de género está minando la convivencia social pacífica en su tejido más íntimo como son las relaciones de pareja y familiares. No es posible ya mirar para el costado y seguir aceptando con displicencia cursos, formaciones y visiones que vienen del exterior a sembrar discordia en nuestra sociedad.

Porque no se trata de negar la violencia consustancial al ser humano desde siempre, ni tampoco se trata de cobijar con impunidad aberraciones espantosas que ocurren muchas veces en el seno familiar y que por demasiado tiempo fueron tristemente disimuladas. Pero tampoco es posible que para enfrentar situaciones que deben ser mejoradas, las herramientas legales y sociales que se pretendan utilizar barran consigo las garantías individuales más preciadas de nuestra convivencia en sociedad.

Hay que frenar los excesos de la ideología de género.

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