Lo que pasa en Ancap

Hubo varias noticias que ocuparon un natural protagonismo por estos días, como las negociaciones por la rendición de cuentas, los pases partidarios en favor de tal o cual precandidatura, o las consecuencias regionales de la gran votación de Milei en Argentina. Sin embargo, a pesar de que comparativamente no recibiera el mayor foco de atención, importa mucho destacar lo que está ocurriendo en Ancap.

La gran batalla que está dando el directorio de Ancap, apoyado por el Ejecutivo, parece algo completamente razonable: terminar de una vez por todas con las cuantiosas pérdidas que genera la producción de portland. Cuando se habla de cuantiosas pérdidas es que realmente lo son, a pesar de que la opinión pública no parece tenerlas tan claras: desde el año 2000, son pérdidas acumuladas de más de 760 millones de dólares, si contamos las propias de las operaciones del negocio y agregamos las que resultan de las malas inversiones pasadas.

Para terminar con este desastre, que le sigue costando dinero al país realmente productivo, que es el que de hecho subsidia a Ancap, este directorio planteó ir a una asociación integral con un agente privado. Nada extraño en la vida económica, ni nada que no se haya hecho en el pasado, por ejemplo, para la exploración de hidrocarburos en territorio marítimo. El objetivo es múltiple: reducir las pérdidas; pasar a operar en un mercado regional competitivo; y asegurar inversiones mínimas que permitan al menos por tres años el desarrollo de la operativa actual, y otras que sean requeridas para un plan de negocios con un horizonte de siete años.

El Uruguay no perderá ninguna soberanía por toda esta estrategia: las reservas mineras seguirán siendo propiedad del Estado según lo marca el código de minería; el derecho de explotación será conservado por Ancap; e incluso Ancap será quien efectivamente explote las canteras. Pero, además, este directorio se ha preocupado por otras condiciones relevantes de la asociación, de manera de contemplar la situación de los aproximadamente 500 trabajadores de Ancap que están involucrados en estos cambios. En efecto, se definió un plan de incentivos que, entre otros puntos, procura promover la máxima contratación de trabajadores por parte de la nueva empresa; dar opciones a los funcionarios para aceptar trabajar en ella, permanecer en el Estado, renunciar, jubilarse, o reservar su puesto en Ancap; e incluso dar opción a los trabajadores que son contratistas y que no sean finalmente contratados por la nueva empresa, para elegir incorporarse a convenios laborales con otros organismos del Estado, o una indemnización que puede llegar a alcanzar los 30 sueldos.

O se hace lo que quiere el sindicato, que es mantener todo como está y que Ancap siga perdiendo US$ 30 millones al año, o el sindicato boicotea Ancap al punto de hacerle perder aún más plata.

Frente a todo este planteo que procura resolver un problema grave de Ancap por pérdidas millonarias; que abre el juego a una asociación que potencie el trabajo, la inversión y una mayor competencia regional de Ancap- asociada; y que de ninguna manera deja tirados a los trabajadores que hasta ahora participaban de este negocio en realidad ruinoso, porque abre posibilidades ciertas de reinserción laboral o de retiros ventajosos, la reacción del sindicato de Ancap ha sido la del dañino palo en la rueda. Ha significado, en verdad, una vergüenza para un sindicalismo que efectivamente se interese por la suerte de sus agremiados, por el futuro de la empresa en la que trabajan, y por el desarrollo productivo del país sobre bases ciertas y responsables.

En efecto, el sindicato de Ancap ha recurrido al chantaje: o se para todo este proceso de asociación, o se toman medidas de una radicalidad tal que implica perjuicios millonarios para Ancap en la tarea necesaria y periódica que tiene por delante de acondicionamiento de la refinería de La Teja. Es decir: o se hace lo que quiere el sindicato, que es mantener todo como está y que Ancap siga perdiendo dineros que en el último cuarto de siglo han representado un promedio de más de 30 millones de dólares por año, o el sindicato boicotea Ancap al punto de hacerle perder aún más millones de dólares en la operación de combustibles con necesaria parada técnica de la refinería.

Por un lado, Ancap no puede ni debe aflojar: con su plan de acción está defendiendo los intereses de la empresa y del país. Por otro lado, es tiempo ya de que la izquierda política y sindical, es decir el Frente Amplio y el Pit- Cnt, se hagan responsables de los desmanes que sus compañeros en Ancap están generando: ¿hasta cuándo van a seguir solidarizándose y apoyando a dirigentes que lo único que hacen es perjudicar al país?

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