Liderazgos en pugna

El proceso electoral de este año que termina dejó en claro la preeminencia política de la izquierda que terminará gobernando por una década el Uruguay. Pero también sacó a relucir fuertes discrepancias que reflejan concepciones políticas distintas entre Vázquez y Mujica.

En estas semanas Mujica ha cedido dimensiones importantes a favor de una izquierda moderada, socialdemócrata, formada de cuadros universitarios que no necesariamente simpatizan con el MPP, y que se alinea con Vázquez. El caso de economía es ilustrativo. También, la sordina que ha puesto Mujica a las críticas internas sobre la reforma descentralizadora; o la aceptada natural preeminencia de Vázquez en el plan Cardales.

Sin embargo, Mujica también ha marcado rupturas importantes con la primera administración de izquierda, en dos dimensiones.

En el diálogo franco con los partidos de oposición. Claro, sus iniciativas tienen que traducirse en hechos. Pero si blancos, colorados e independientes terminan integrando Entes del Ejecutivo desde su natural lugar de fiscalización, si se logran acuerdos amplios en temas de Estado, y si efectivamente se conforman comisiones multipartidarias que controlen la implementación de esos acuerdos, entonces la administración Mujica será, en esta dimensión, superior a la de Vázquez.

En su anunciada voluntad reformista, Vázquez no fue a fondo en la reforma del Estado y legó una vergonzosa ley de Educación que entrega el corazón del país a los gremios más retrógrados. Encaminado en un rumbo de crecimiento económico de largo plazo, gracias a su producción vinculada al campo, Uruguay precisa una revolución productiva en el Estado y una educación pública de calidad que, definitivamente, hoy no conocemos. Precisa que el poder político asuma los costos de enfrentar los intereses corporativos tan afines a la izquierda. Si Mujica logra apoyarse en amplios consensos partidarios y va con bisturí a fondo en el Estado y en la educación pública, entonces será superior en esta dimensión a la administración Vázquez.

Hace meses que Vázquez cuida su imagen, con rotundo éxito, porque quiere dejar abierta la puerta a una futura reelección. Hace meses que Mujica apuesta a liderar un gobierno de izquierda y popular que imponga una renovación de cuadros que haga impertinente la repetición de viejas figuras. Mujica, además, "le tiene fe" a la proyección del actual ministro Sendic.

La competencia de liderazgos puede agravarse porque Mujica no quiere ser un manso presidente que pilotee un interregno vazquista. Por el contrario, el énfasis está puesto en reformas de fondo, necesarias, consensuadas, amplias y duraderas. Son reformas que, de tener éxito, relativizarán una gestión Vázquez que, finalmente, no aparecerá como lo brillante que se nos quiere hacer creer, sino, simplemente, como la administración de una bonanza excepcional en la que se evitó enfrentar temas de fondo estructurales. Pero, ¿podrá Mujica tener ese protagonismo?

El soporte sindical y gremial, que moviliza y asegura apoyos ciudadanos y triunfos electorales, se alineará con Mujica siempre que sus ocurrentes ideas sobre reformas del Estado y de la educación no se traduzcan en mortificantes cambios. El aparato del Frente Amplio se dejará seducir por su electo presidente hasta verificar que el modelo neozelandés impone pagar costos políticos.

Unos y otros, cuando el andar apurado de las reformas apriete los zapatos, se verán tentados de recurrir al plácido galeno para que desde su autoridad y conocimientos asegure cataplasmas que quiten velocidad y entusiasmo a cualquier proceso que perjudique las chances electorales del Frente Amplio en 2014. Será el momento, más temprano que tarde seguramente, en que el sol de Vázquez encandile todo esfuerzo reformista de Mujica.

El viejo movimiento tupamaro podrá dejarse estar entonces, aceptando la ácida metáfora canina de Huidobro, para ayudar a las chances electorales del Frente Amplio. O podrá insistir en su camino a pesar de las cataplasmas. Ante esa opción, es difícil prever qué decisión tomará Mujica.

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