La utopía del inmovilismo

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Hay una frase del cineasta argentino Fernando Birri -erróneamente atribuida a Eduardo Galeano- que suelen citar algunos frenteamplistas con romanticismo.

“La utopía está en el horizonte y nunca la voy a alcanzar. Si camino diez pasos, se aleja diez pasos. Si camino veinte, se aleja veinte. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso, para caminar”. Se supone que lo que el autor entiende por “caminar” se traduciría como el avance de las sociedades en el reconocimiento de derechos y la mejora de la convivencia. En Occidente, la caminata rumbo a la utopía ha alcanzado mojones extraordinarios, como la abolición de la esclavitud y la legalización del combate a variadas formas de discriminación, tanto contra la mujer como hacia distintas minorías injustamente perseguidas, a través de los tiempos.

Lo que nunca debería definirse como utopía es exactamente lo contrario: el inmovilismo o peor aún, el intento explícito de retroceder.

Esa es la paradoja que evidencia la conducta opositora en torno a la LUC.

Tal vez el ejemplo más lacerante de ello haya sido el mal talante con que Gerardo Rodríguez, de la Federación de Funcionarios de Ancap, abordó al presidente Lacalle Pou en Minas.

Frente al irrefutable argumento del primer mandatario, recordándole al dirigente que “dejaron pudrir un horno y nunca te vi levantar la voz”, el sindicato llegó al extremo sorprendente de seguir reivindicando la compra de ese artefacto. Reconoció que fue adquirido en 2012 a un costo de 50 millones de dólares y advirtió que “para los trabajadores es fundamental que se instale”. Esa es la “utopía” del representante del sindicato que inició esta irresponsable aventura del referéndum contra la LUC: insiste en instalar un horno que fue comprado hace diez años y que ahora está, además de obsoleto, parcialmente desmantelado. Ya en setiembre de 2020 se supo de una auditoría que investigaba el faltante de piezas del bendito horno, del que años antes se habían abierto los contenedores, quedando por ello sin siquiera cobertura de seguro.

Dicho en palabras llanas: lo que estos ideólogos del referéndum postulan es seguir dando vueltas en torno a los mismos errores. Sueñan con un gobierno que, en lugar de corregirlos y avanzar en una gestión responsable y austera, siga de fiesta, derrochando recursos públicos en aventuras disparatadas.

Al agitar el fantasma del gatillo fácil y la represión policial, pugnan por retornar a un manejo de la seguridad pública permisivo con el delito y culpabilizador de la policía.

Y este ejemplo vale para todos los demás que el Pit-Cnt y su brazo político, el FA, proclaman en promoción del Sí.

Al criticar que la LUC tenga tanta cantidad de artículos y se haya votado en lo que -según ellos- fue poco tiempo, están abogando por el inmovilismo. Le pegan al gobierno porque actuó con resolución, amplitud y el sentido de urgencia imprescindible para resolver los graves daños que ellos provocaron por sus imprevisiones e inoperancias.

Al refutar el cambio en la gobernanza de la educación, lo que hacen es reivindicar el estado anterior de las cosas, en que un puñado de sindicalistas trancaba las reformas -por modestas que fueran- y lograba torcer el brazo hasta al presidente Vázquez, cuando intentó decretar la esencialidad de la enseñanza.

Al agitar el fantasma del gatillo fácil y la represión policial, pugnan por retornar a un manejo de la seguridad pública permisivo con el delito y culpabilizador de la policía.

Lo mismo en temas como la nueva modalidad de alquileres sin garantía, la protección del derecho a trabajar en forma paralela al de hacer huelga, y hasta un detalle menor y de mera conveniencia práctica como fue el de la portabilidad numérica de las líneas de telefonía celular.

Pero la utopía inmovilista de la oposición no solo se expresa en las medidas contenidas en la LUC. Ya están entreverando invectivas contra el contenido de una futura reforma de la seguridad social, aunque esas decisiones no formen parte de la norma.

La actitud del FA a este respecto es bien indicativa de lo que decíamos al principio. Porque el mismo Danilo Astori, ejerciendo el cargo de ministro de Economía, había reconocido en los últimos años del gobierno anterior que la reforma debía ser encarada para que el sistema no colapsara. En ese entonces muchos nos preguntamos por qué, si era tan urgente, no la emprendían ellos sin dilación, y en cambio se la dejaban al nuevo gobierno, como un problema empaquetado para regalo con moña y todo.

Pues bien, ahora no solo se olvidaron de esa advertencia de Astori, sino que además promueven que todo quede como está. Tirarse a descansar sobre un tembladeral no es la mejor manera de caminar hacia la utopía, sin duda.

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