¿La incultura al gobierno?

TRADICIONAL y correctamente, se entendió por cultura, tanto a nivel individual como colectivo, la posesión de un nivel aceptable de conocimientos y la observancia de patrones de comportamiento social propios de la gente y los pueblos más civilizados. Así, el primer diccionario que encontramos a mano señala, como primeras acepciones del vocablo cultura, las de "Desarrollo intelectual o artístico" y "Civilización".

Luego, a renglón seguido y con mayor precisión, la define como "Conjunto de elementos de índole material o espiritual, organizados lógica y coherentemente, que incluye los conocimientos, las creencias, el arte, la moral, el derecho, los usos y costumbres, y todos los hábitos y aptitudes adquiridas por los hombres en su condición de miembros de la sociedad". Naturalmente que tales usos y costumbres son los propios de las sociedades evolucionadas positivamente en los planos morales, espirituales e intelectuales. En menos palabras, en las sociedades civilizadas. No se incluyen, en la cultura, los usos y costumbres de las sociedades incivilizadas.

A principios de los años sesenta, el recordado profesor Juan Carlos Sabat Pebet, evocando a una caballeresca personalidad desaparecida, se dolía "ante el avance de las maneras inciviles, frente a las irrupciones de la llamada nueva ola, que no es —decía con razón— sino la viejísima y primitivísima manera de vivir anterior a las normas de la buena educación". Es que, como cierta vez escribió Carlos Quijano, "la cultura no es por cierto la pasajera información". Es, como suele afirmarse, todo lo que nos queda después que olvidamos todo lo que aprendimos.

LA cultura, en definitiva, es más que una suma estimable de conocimientos y de aptitudes intelectuales o artísticas. Es tener mundo y saber comportarse adecuadamente en toda circunstancia y lugar. Es saber ser parroquiano en un bar, de mala muerte o no, tanto como palaciego en un palacio y respetuoso fiel en el templo. Es saber dialogar con un patán y también con un rey. Es conocer todo el elenco habitual de las malas palabras, —y hasta algunas que no lo integran—, pero no pronunciarlas sino en circunstancias de excepción o ante conocidos de toda la vida.

Un siglo atrás, en el Parlamento francés, dos diputados se trenzaron en áspero diálogo y uno de ellos insultó soezmente a su contradictor. Y el presidente de la Cámara le dijo en el acto:

—Estimado diputado, ¿no podría usted utilizar una perífrasis? Eso es cultura.

Y también es cultura la disposición adoptada años atrás por nuestra Suprema Corte de Justicia en el sentido de que quienes asisten a sus audiencias, sean o no profesionales, deben vestir en forma acorde con la solemnidad del acto. Y con la del palacete en que se cumplen esas instancias procesales, agregamos. La Corte se cuida muy bien de comunicarlo a los comparecientes, al notificarlos y citarlos a tales audiencias.

CONTRARIAMENTE a todo lo que expresamos, se viene generalizando una tendencia de llamar cultura a cualquier costumbre que irrumpe en ciertos sectores de la sociedad. A todo hábito o forma de expresión y de acción que se vaya transformando en manifestación más o menos colectiva y reiterada. Así, vemos hablar de la cultura del escrache y de la cultura de la violencia. Esta última, que nos retrotrae a la edad de piedra, al garrote y a la ley del Talión, es la negación de la cultura, pues supone desertar del discurrir racional y civilizado para regresar a los tiempos prehistóricos en que el ser humano poco se diferenciaba de los animales salvajes.

Todo ello, así como las barras bravas en el fútbol y el lenguaje gratuitamente procaz en ciertos programas deplorables de los medios de comunicación, son sí costumbres —pésimas costumbres—, pero jamás fenómenos culturales. Son, por el contrario, expresiones de incultura, que permiten calibrar el grado de decadencia cultural de una sociedad. En este caso, la nuestra.

INCULTURA es la impuntualidad, que es señal inequívoca y grosera de falta de consideración y respeto por el tiempo ajeno. El doctor Ramón Valdés Costa, trabajador infatigable aún en su sabia ancianidad, era de puntualidad británica. Sostenía, con razón, que cuanto más se trabaja más necesario es ser puntual, pues de lo contrario se terminan incumpliendo algunos de los compromisos y tareas asumidos para cada jornada.

Incultura es cumplir funciones oficiales en ámbitos majestuosos, como los del Palacio Legislativo, con atuendos informales y con el mate a mano. También lo es, en ese ambiente solemne, exhibir el humano cansancio sacándose el calzado —o no— y hacer descansar las extremidades sobre una señorial poltrona otrora utilizada, quizás, por José Espalter, Emilio Frugoni, Eduardo Rodríguez Larreta o Lorenzo Batlle Pacheco. O hacerlo en lugares menos imponentes pero en circunstancias políticamente importantes —y públicas— como la que documentó un fotógrafo de El País al sorprender en análoga situación a una dama con aspiraciones ministeriales.

Se nos dirá que algunas de estas expresiones de incultura no son más que pose destinada a la obtención de réditos electorales, que por cierto llegaron, gracias a esas actitudes y a otras, como la de gastar vocablos gruesos y saltearse casi todas las formalidades. Es muy posible que sea así, en el caso emblemático del exitoso político a quien no es necesario nombrar. Pero lo grave no es su actitud personal sino la receptividad que genera en sectores cuantitativamente importantes de la sociedad. Los resultados electorales son irrefutables al respecto.

NO es que la incultura se transforme en cultura. Es que deviene elemento triunfal a la hora de captar adhesiones ciudadanas y allanar, así, el camino al gobierno. Es que una sociedad donde la incultura va progresivamente desplazando a la cultura, transita por muy mal camino.

El Frente Amplio nació como expresión política de un sector contestatario de la intelectualidad uruguaya, con el que se podía discrepar frontalmente pero cuyo nivel cultural —una cuasi arrogancia intelectual— nadie osaba discutir.

Hoy el Frente Amplio ha llegado al poder hermanado con la incultura, que ha sido una de sus palancas para alcanzarlo. Pero mucho deberá cuidarse de no exhibirla en adelante, pues en el mundo actual la incultura es pésima tarjeta de presentación ante los países y los gobiernos serios. Que, por supuesto, son cultos.

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