Parece ser la regla en las elecciones recientes en buena parte del mundo, y con ejemplos muy notorios en nuestro continente, que los outsiders, aquellas personas que vienen desde fuera de la política y en general denostándola, suelen tener más éxito que los políticos profesionales. El viejo paradigma de que para ser presidente había que tener el physique du rol ha quedado en el pasado y, más aún, parece que tener todas las condiciones para ser primer mandatario juega más en contra que a favor en la carrera electoral.
Los ejemplos en el continente abundan. Gabriel Boric se hizo famoso en Chile por las revueltas estudiantiles, el estallido social y por subirse a un árbol. Pedro Castillo en Perú por su sombrero gigante y su penosa limitación para expresarse (sus limitaciones por cierto que, se vería después, eran esencialmente cognitivas). En Brasil, ganó Bolsonaro reivindicando la última dictadura y desafiando todos los eslóganes de lo políticamente correcto. Los ejemplos podrían seguir acumulándose pero la idea parece clara; existe un hartazgo con el sistema político establecido que se manifiesta en el apoyo a quien se parezca menos a los políticos de siempre, aunque tenga síntomas de desequilibrio mental.
En este sentido Uruguay junto a Paraguay aparecen como excepciones en la región. Los hermanos paraguayos tienen al Partido Colorado muy firme en el poder, con sus luces y sombras, que no alcanzó a ser desafiado seriamente por los otros partidos, nuevos y viejos que irrumpieron. En Uruguay el sistema de partidos es más rico y estable, con dos partidos casi bicentenarios como el Nacional y el Colorado hoy en el poder y el desafiante Frente Amplio hace tiempo que también es un partido sólido con más de medio siglo de vida.
Adicionalmente, y a diferencia de lo que ocurre en otros países de la región, Uruguay no vive una coyuntura económica compleja, por el contrario, en lo que va del período de gobierno no solo se recuperaron los puestos de trabajo perdidos en la pandemia sino que se recuperó el Estadio Centenario de puestos de trabajo destruidos en el último quinquenio frentista. El salario real comenzó a recuperarse y ya alcanzó el nivel previo a la pandemia, con lo que el actual período de gobierno terminará con su ingreso real para trabajadores, jubilados y pensionistas claramente superior al de 2019. Con todo esto, la masa salarial viene mostrando un crecimiento muy importante, que se traslada al consumo y a la mejora en las condiciones de vida de la población.
En este contexto, la posibilidad de que surjan outsiders naturalmente es menor que en países como Argentina, en que más del 40% de la población está por debajo de la línea de pobreza, la inflación mensual ya ha pasado a dos dígitos y la cadena de precios y suministros se ha roto. La desesperación incluso llega a los trabajadores formales, ubicándose un tercio de los mismos por debajo de la línea de pobreza, algo insólito en cualquier país del mundo. Des- de esta perspectiva es que debe entenderse que surjan candidatos que proponen romper todo y que recojan buena parte de la adhesión popular.
La suerte de los outsiders en el gobierno, por cierto, no ha sido buena. Bolsonaro, aunque por poco, terminó perdiendo la elección contra un expresidente que había estado preso por corrupción. Boric es el presidente con la menor popularidad desde el retorno a la democracia en Chile y su popularidad se pulverizó en pocos meses producto de las altas expectativas que había generado y una brutal incompetencia para llevar adelante la administración. Guillermo Lasso en Ecuador, pese a las buenas intenciones, terminará antes de tiempo su período de gobierno con una popularidad destruida por el fracaso en la lucha contra el crimen organizado y la insatisfacción de la población con el funcionamiento de la economía. En el ejemplo más lejano de Estados Unidos, Donald Trump perdió su intento reeleccionista frente a un político octogenario tradicional que había fracasado varias veces en su intento presidencial y, adicionalmente, ahora está enfrentando acusaciones de todo tipo en la Justicia.
Podría concluirse que las experiencias de los países con los outsiders son incluso peores que con los políticos de profesión, pero ese argumento parece no estar impidiendo su irresistible ascenso. Los países en que estos fenómenos aún no se han producido, como el nuestro, deben estar atentos a los síntomas y, en especial, a que se pueda dar respuestas a las demandas de la gente porque, de lo contrario, más temprano que tarde también veremos la irrupción desde el llano del populismo.