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La dictadura olvidada

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Comenzó el 2024 y en Venezuela reina tranquilo Nicolás Maduro, heredero de la dictadura instalada por Hugo Chávez. Pasan los años y el régimen sobrevive. El mundo habla sobre Israel, Ucrania, el cambio climático y el temor a que regrese Trump, pero pocos recuerdan que pese al desastre económico y el desprecio a cualquier atisbo de Estado de Derecho, Maduro sigue al frente del régimen, más belicoso que antes y sin miras de irse. Ni él ni sus secuaces.

Tal situación debería generar cierto rubor entre las naciones democráticas del mundo. Millones de venezolanos se han ido del país, perseguidos por la política, el hambre, la pobreza, y una situación en la salud que es, por decir lo menos, desastrosa. Muchos se van a pie y recorren el continente buscando dónde finalmente refugiarse. Algunos, los menos, llegaron incluso a Uruguay.

El régimen ha tenido la capacidad de ir “quemando” a los dirigentes opositores que fueron apareciendo en el escenario. Algunos abandonaron el país, otros sufren prisión en condiciones inhumanas, en la tenebrosa cárcel caraqueña conocida como el Helicoide.

Henrique Capriles fue dos veces candidato a presidente, una en 2013 contra Maduro, poco después de la muerte de Chávez. Perdió pero obtuvo 49% de votos. Otra figura destacada fue Leopoldo López, inhabilitado como candidato al ser acusado de corrupción, cargo que fue dese- chado por La Corte Interamericana de Derechos. Por participar en las protestas de 2014 se lo condenó a 13 años de prisión. Tras cinco años, logró salir y se exilió en Madrid.

Juan Guaidó, que como presidente de la Asamblea Nacional fue elegido en 2019 presidente encargado (o interino) de Venezuela, ejerció un poder paralelo opuesto a Maduro. Fue un corajudo opositor. La dictadura terminó por desgastarlo y en 2019 viajó clandestinamente a Estados Unidos donde se asiló.

Todavía en Venezuela, Corina Machado fue elegida en una interna opositora como candidata a la presidencia para las elecciones que el régimen promete hacer en 2024. Sin embargo, está inhabilitada para esa candidatura pese a las duras presiones internacionales, entre ellas la del gobierno uruguayo.

Impopular y gestora de una tremenda crisis económica, la dictadura lanzó la típica estrategia de los regímenes asediados: apelar al nacionalismo extremo. De ese modo, revivió un más que centenario conflicto con Guyana por el territorio de Esequibo, en su frontera oriental, que lo reclama como propio desde la época en que Guyana era colonia británica. La exploración petrolera dispuesta por Guyana en ese territorio reavivó el conflicto. Viven allí 125.000 guyaneses, a los que Venezuela ofrece darles su nacionalidad. La pregunta es la misma que surge en conflictos similares. ¿Querrá esa gente volverse venezolana y vivir bajo la bota de Maduro, Diosdado Cabello y sus seguidores?

Venezuela desplegó tropas y naves en la región y tomó una acti- tud belicosa como nunca antes. El régimen no puede pagar sus cuen-tas, pero en cambio encuentra recursos para ponerse en pie de guerra,

La presencia de un buque de la armada británica en Guyana exacerbó los ánimos venezolanos, pero replegaron parte de sus tropas una vez que la nave se fue. Pese a ello, al decir del régimen, permanece con la espada “desenvainada” para asegurar la “dignidad” nacional.

Se convocó a un referéndum para que la gente se pronunciara a favor del régimen en este lío. Buena parte de los líderes opositores (incluidos algunos en el exilio) cuestionaron la legitimidad del llamado y por eso se los quiere acusar de traidores. Los datos sobre el resultado de la consulta son confusos en cuanto a parti- cipación, pero está claro que fue escasa.

El contexto es entonces deplorable. Los distintos organismos de derechos humanos cuestionan severamente la situación en ese país. Incluso observadores del Consejo de Derechos Humanos de la ONU corroboraron muchas de las denuncias hechas. Pero Maduro sigue impertérrito. Con su elocuencia caribeña, predica sus verdades y parece vivir en un otro país, uno que no existe.

El desastre no podría ser peor. La injerencia cubana, que es enorme, ha tenido su éxito. Logró enseñarle a su fieles discípulos, cómo extender su reinado pese a que llevan todas las de perder. Lo lograron en Cuba, y aunque la resistencia popular en Venezuela ha sido más fuerte y activa, Maduro tomó nota de lo que le soplan los asesores cubanos, aprendió a hacerlo, y sigue consolidando su dictadura ante un mundo que no sabe cómo enfrentarla.

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