En todo el mundo el concepto de democracia está en crisis. Y por lo tanto, también el concepto de libertad al subestimarse la posibilidad de vivir en una sociedad donde cada uno tiene un alto grado de autonomía para tomar sus decisiones. Con libertad para actuar, pensar y hablar.
El avance de las dictaduras de tipo populista es una característica de este comienzo de siglo XXI.
Si bien según varios mecanismos de medición Uruguay sigue valorando su Estado de Derecho, no es mala cosa estar alertas. Más cuando los regímenes populistas surgen en países donde había democracia y las elecciones eran justas. El proceso ya no es derribar la democracia de un solo golpe, sino horadarla de a poco. De eso debe cuidarse Uruguay.
Un reciente estudio de Latinobarómetro establece que un alto porcentaje de uruguayos apoya la democracia, contra un nivel muy bajo que prefiere un gobierno autoritario.
Esa consulta hecha en todo el continente, coloca a Uruguay en primer lugar en una región en que, según dice el informe, la democracia está en recesión.
Parte de la decepción con la democracia tiene que ver con la conducta de sus dirigentes políticos. Según el informe, en América Latina hay 21 presidentes condenados por corrupción, 20 que no terminaron sus mandatos y otros que con artilugios seudolegales lograron extender su período más allá de lo previsto.
Esto muestra una inestabilidad muy alta en una forma de gobierno que, por definición, implica regularidad legal y una rutina en la que es posible hacer cambios sin salir de la continuidad y permanencia institucional. Es obvio que en muchos lugares algo no está funcionando bien.
Es difícil saber si esta ola autocrática populista que afecta a la región es contagiosa. Pero prende fácil porque arranca desde dentro mismo de la democracia y la horada lentamente.
Hace un par de semanas el diario La Nación de Buenos Aires publicó un informe en el que se preguntaba por qué Chile y Uruguay eran los únicos donde no había expresidentes procesados por irregularidades.
Según el Latinobarómetro, casi 70% de los uruguayos manifiesta su adhesión a la democracia como forma de gobierno. Lo siguen Argentina, Chile y Venezuela. En la otra punta de la encuesta están Guatemala donde solo 29 % respalda la democracia, Honduras, con 32%, México con 35%.
Uruguay asimismo tiene el menor índice de respaldo al autoritarismo. Solo un 9% manifestó su apoyo a ese tipo de regímenes.
A comienzos de año se conoció el Índice de Democracia publicado por The Economist, en el que Uruguay aparecía como una “democracia plena” en el lugar número 11 a nivel mundial y en el primer puesto en todas las Américas. Lo seguía Canadá.
Esta realidad explica las desavenencias en los organismos regionales cuando se discute lo que pasa en Nicaragua, Venezuela o Cuba y cuando se intenta fijar una posición respecto al intento ruso de conquistar Ucrania.
Lo vimos en la cumbre de la Unión Europea y la Celac, órgano que reúne a los países latinoamericanos más allá de si son o no democráticos. Ante la Celac, Uruguay mantiene una firme postura prodemocrática que llegó incluso a un choque hace un par de años entre el presidente Luis Lacalle Pou y el dictador cubano Miguel Díaz-Canel.
La semana pasada en Bruselas, y hace un mes en Brasilia, las disidencias volvieron a aparecer. La declaración final salió lavada porque no hubo forma de ponerse de acuerdo respecto a la invasión rusa. Las autocracias que se dicen de izquierda en nuestro continente muestran preferencia por el déspota fascista Vladimir Putin. Y en Brasilia, con una postura trasnochada, Lula defendió la dictadura chavista de Nicolás Maduro y quedó en falsa escuadra al no encontrar apoyo para resucitar la Unasur.
En ambos casos, lo descolocó no solo la postura uruguaya, sino la de un presidente de izquierda como Gabriel Boric, que en estos temas no muestra ambigüedad alguna. El fastidio se hizo gráfico en Bruselas cuando intentó groseramente descalificarlo por ser muy joven. Como dijo uno de nuestros columnistas este fin de semana: lo “botijeó”.
Es difícil saber si esta ola autocrática populista es contagiosa. Pero prende fácil porque arranca desde dentro de la democracia y la horada lentamente.
Es bueno que los uruguayos valoren su Estado de Derecho, sus reglas de juego, su tolerancia hacia quien piensa distinto y que por lo tanto otorguen legitimidad a partidos muy opuestos entre sí. Es bueno que valoren su libertad, esa que se perdió hace 50 años cuando el golpe.
Aun así, deben mostrar reflejos rápidos ante cualquier intento de desviar al país de este rumbo.