No pasa un día sin que nos afecte la pesadilla de la delincuencia. De reflexionar sobre este fenómeno nos daríamos cuenta de que es una constante en nuestra vida. Algunos con más suerte o inteligencia logran sortear las consecuencias. Pero todos se ven afectados en su salud física o mental y su bolsillo; limitados en la libertad de acción; coartados en las opciones que existen pero que conllevan riesgos no siempre fáciles de evaluar.
Los escritos conceptuales tienen su valor pero los ejemplos son más útiles para enfocar el tema.
Veamos algunos de menor entidad por sus efectos. Un hackeo donde los delincuentes intentan efectuar una compra “on line” usando un número de tarjeta obtenida, no se sabe cómo. Si hay suerte, los dispositivos de la tarjeta para detectar compras que no se ajustan a las usuales del cliente, dan el alerta y se detiene la “compra”, piden autorización al usuario y al no recibir confirmación la transacción es rechazada y la tarjeta cancelada.
No pasó nada, dirán unos, pero no es tan simple la cosa. En esa tarjeta es muy posible que haya un montón de pagos automáticos desde esa cuenta. Ahora habrá que gestionar el nuevo plástico, comunicar a los prestadores de servicios el cambio, perder horas y nervios haciéndolo.
Otra puede ser que llegue a la PC de una persona el aviso de un prestador de servicios, en el que se avisa que deberán discontinuar la prestación del mismo por donde se accede por ejemplo, a los correos de no hacer la verificación de ciertos datos del usuario requeridos por las disposiciones. Exigen el envío por email con una respuesta para confirmar los datos; la creación de una nueva contraseña de forma urgente entrando al link que mandan. Si no se responde antes de un lapso de 16 horas, será desconectado del servidor y cerrada su cuenta. Más o menos como mandarlo a una cueva. Ya no podrá estar en comunicación con su seguramente larga lista de contactos. No recibirá ni un solo email más, ni tampoco estará en condiciones de escribirle a nadie. Pequeño inconveniente… Complicaciones profesionales, afectivas, sociales, financieras, en lo empresarial o en lo atinente a la salud y por qué no, al esparcimiento. En una palabra, un caos. El que cae en la trampa, por desprevenido, por apurado o confiado o lo que sea, tendrá muchos problemas. Por ejemplo, el robo de su identidad. Le podrán vaciar sus cuentas o introducir instrucciones en apariencia inocuas de retiros difíciles de detectar.
La gente que vive bajo la ley se halla sujeta al acecho de estafadores como los que llaman por teléfono haciéndose pasar por un sobrino, una hija o un nieto en apuros o quien lo asusta con que va a perder sus ahorros porque el banco, el dólar o con cualquier otro engaño, si no se deja ayudar... Esos persistentes intentos vía telefónica terminan desplumando a más de uno y con resultados más o menos graves según el caso. Vivimos rodeados de malhechores de todo tipo, desde los descuidistas hasta los rapiñeros y los ladrones sin freno que sin ningún valor social que los detenga aprietan el gatillo. Una persona puede morir haciendo su trabajo o puede recibir un tiro que lo deje muerto o discapacitado, por robarle el celular.
El estar rodeado de malandras provoca esfuerzos, se pierde tiempo para averiguar si el mensaje recibido es cierto mientras pasa largo rato de un robot a otro, al llamar para descubrir si es un fraude o no. Aparte de los costos para protegerse ya sea rico o pobre. Que las rejas, que el alambrado, que la alarma, que mayor iluminación, conseguir y pagar a alguien para que le cuide el bien si se ausenta, que el seguro contra el robo del auto, de la casa, que un sistema de guardias, de cámaras. Y encima no alcanza.
Si a todo esto le sumamos el aumento de delincuentes pesados, de las drogas, de los capos que salen por la ventana (tiempos de Bonomi) de documentos o partes médicos falsos pues siempre hay a quien comprar o amedrentar, no sorprende que la policía no dé abasto.
Y como si esto fuera poco surgen escándalos y manzanas podridas con qué enchastrar al gobierno. Al que no le faltan dolores de cabeza inesperados, como el affaire Penadés o denuncias de la oposición de una policía paralela al tiempo de pedir la cabeza del ministro Heber.
A pesar de que fue allí que se descubrió a los que aportaron información a la defensa. Y de que las últimas cifras sobre delitos sean algo mejores. Los homicidios, cuyo pico (102) fue en el 2019, (época del F.A.) en el tercer trimestre bajaron (83) respecto del mismo lapso de 2022 (95). También hurtos, rapiñas y sobre todo el abigeato. Fueron 1774 en 9 meses del 2020 y 804 este año.