Ante la victoria de Javier Milei en las primarias en Argentina hubo muchas reacciones interesantes. Pero hay una que merece particular atención, y es la del reconocido economista Gabriel Oddone, profesional de larga trayectoria en uno de los estudios jurídicos más sofisticados del país. Y de quien se menciona de forma insistente que es candidato a ser el ministro de Economía de un eventual gobierno de Yamandú Orsi.
Al comentar el sorpresivo éxito de Milei, Oddone lo descalificó en una columna en el semanario Búsqueda por dos motivos: primero por ser un “grosero” con toda persona que no piense como él. Segundo, por ser “defensor de ideas simples, basadas en argumentos pseudocientíficos”.
Sobre lo primero, no hay dos posturas. La duda que nos puede quedar a los uruguayos que balconeamos la situación argentina, es con qué modales reaccionaríamos si nuestro país, dotado de todas las ventajas naturales, y un capital humano único en el mundo, mostrara los índices y la situación general que exhibe Argentina hoy. ¿Daría para ser mucho más mesurado?
Pero es más complejo lo segundo. Sobre todo porque se ha vuelto una muletilla demasiado habitual entre quienes tienen cierta visión de la sociedad, y que en las últimas décadas han logrado imponer esa visión como casi hegemónica en las instituciones, el calificar a cualquiera que las desafíe como “anticiencia”. Es como un conveniente desprecio perezoso, que ni siquiera se gasta en debatir argumentos, ya que entiende que salirse de los cánones que ellos mismos han impuesto, equivale a una herejía que solo merece un desganado ninguneo desde lo alto del Olimpo moral y técnico.
Esta postura tiene varios problemas. El primero es que así no avanza el pensamiento humano, el cual requiere del cuestionamiento y el debate para generar nuevo conocimiento. El segundo, que no hay posturas absolutas en casi nada en esta vida. Lo que pensaba el 99% de los científicos ayer, hoy es digno de risa. Esto sirve para todas las ciencias, pero es particularmente real cuando discutimos de ciencias sociales, y ni que hablar si el objeto de la polémica es la economía. Hablamos de una ciencia donde para resolver un problema básico como la inflación, hay 20 puntos de vista “científicos” diferentes, y donde alguien tan prestigioso (y premio Nobel) como Paul Krugman, hace poco llegó a decir que no es tan importante.
Cuando se mezcla con la política, la economía pierde mucho de lo poco que tiene de ciencia exacta.
Ahora bien, ¿cuáles son las ideas “simples y pseudocientíficas” que defiende Milei y aborrece Oddone?
Se ha vuelto una muletilla demasiado habitual entre quienes tienen cierta visión de la sociedad, impuesta como hegemónica, el calificar a cualquiera que desafíe su mirada como “anticiencia”
Tal vez la más simple es que un país no puede gastar por siempre más de lo que ingresa. Esto es algo básico de la economía en general, en una casa o en un país, pero que gente con muchos doctorados ha terminado torciendo de forma de hacer creer que se puede gastar y gastar lo que no hay, sin que pase nada. Por ejemplo, los tres gobiernos del Frente Amplio, pese a multiplicar por cuatro la recaudación, dejaron el país con 5% de déficit fiscal, y todavía algunos científicos de la economía nos quieren hacer creer que Astori merece un monumento.
Tal vez Oddone crea que la propuesta de dolarizar es “pseudocientífica”. Sin embargo, un país como Ecuador, que tenía periódicas crisis de su moneda como Argentina, lo hizo hace más de 20 años, y eso se terminó. Y desde entonces ha tenido presidentes de todo pelo y color, incluido el megalómano marxista de Rafael Correa (economista y muy grosero, pero a quien nadie criticaba tanto en Uruguay), quien cambió hasta la Constitución, pero no tocó lo del dólar.
Tal vez Oddone califica como “pseudociencia”, a las posturas liberales clásicas que suele reivindicar Milei, quien habitualmente cita a gente como Hayek, Friedman o Mises. Ahí entraríamos en un debate interesante, pero en el que justamente los “keynesianos” evitan entrar, descalificando previamente a sus rivales dialécticos. Pese a lo cual, los experimentos estatistas que ellos ven como ciencia avanzada, siempre terminan en desastre, mientras que los períodos de bonanza más profundos que hemos tenido en Occidente (tal vez también en Oriente), siguen a la aplicación de medidas bien de cuño liberal: desregulación, libre mercado, apoyo a la iniciativa individual, y reducción del peso de los gobiernos.
Ese sí que sería un debate apasionante, y al que técnicos de distinto perfil podrían aportar mucho a enriquecer. Pero, para eso, hay que bajar de la torre de marfil, desechar los calificativos descalificantes, y ponerse a hablar de evidencias concretas.