La carreta delante de los bueyes

Alguna gente cree que las obras teatrales empiezan por el segundo acto, aunque resulta difícil entenderlas si se saltea el primero. Entre esa gente debe figurar el subsecretario del Ministerio del Interior, cuando denuncia a la población que compra armas de fuego para defenderse de la delincuencia, anunciando leyes más severas para impedir la tenencia de esas armas y mencionando la eventual destrucción de las mismas, una vez requisadas, con lo cual -según él- los problemas quedan resueltos. A la dramaturgia de ese viceministro le falta el primer acto, que era indispensable para explicar el armamentismo del segundo.

En efecto: la población (integrada mayormente por gente trabajadora que durante largo tiempo ha vivido en paz) debió cambiar sus hábitos de vida, sus horarios, sus lugares de esparcimiento, su actitud ante el prójimo y hasta el enrejado de su casa, en función del asedio de una delincuencia que alcanzó últimamente un insólito nivel de agresividad y de impulso homicida. Como reflejo de esa amenaza, entre las medidas adoptadas por dicha población figura a veces la compra de armas de fuego, algo desusado en las costumbres tradicionales de los uruguayos pero inseparable del clima de temor en que hoy se vive. Todo eso debe incluirse en el primer acto de la obra dramática, que sin embargo fue omitido por el subsecretario.

Lo que la población esperaba oír de él era lo contrario de lo que dijo. Esperaba seguramente una denuncia de la asombrosa cantidad de armas en manos de la delincuencia, como por ejemplo las que empuñaban los niños de 8, 10 y 14 años que asaltaron la policlínica del Círculo Católico en Colón, o el arma con que otro menor apuntó a la cabeza de un bebé durante la rapiña a una provisión del Cerro, o quizá las armas con que fueron asesinados los guardias de dos supermercados o el pistero de una estación de servicio. Pero al funcionario ministerial le resultó más sencillo abreviar la obra y empezar por el segundo acto. Así pareció olvidar que su trabajo consiste en combatir el problema de la delincuencia y no en cuestionar a las víctimas potenciales que lo sufren, que se sienten desamparadas a falta de mayor vigilancia policial y por lo tanto enfrentan la emergencia como pueden.

Cuando se habla de la equivocación criolla que consiste en colocar la carreta delante de los bueyes, se alude a una confusión en el orden de prioridades que debería respetarse en cualquier planteo, de la índole que sea. El subsecretario incurrió en esa confusión, ya que si una población habitualmente pacífica opta por el extremo de armarse en su domicilio o en su negocio, lo hace porque no recibe del Ministerio del Interior la protección capaz de hacer frente a una inseguridad cada día más preocupante, no porque le complazcan los riesgos de un enfrentamiento a balazos ni porque tenga un espíritu suicida, una conducta imprudente o una naturaleza violenta. El discurso ministerial sería mucho más respetable si asumiera la responsabilidad que le cabe por el incumplimiento en la tarea de amparar la seguridad de la gente y resguardar los bienes de su propiedad.

La tenencia de armas de fuego por particulares ha conocido recientemente un par de episodios terribles. El primero fue el del padre que mató a su hija de un tiro, confundiéndola dentro de la casa con un intruso, y el segundo fue el del comerciante que hirió de gravedad a una señora en medio del tiroteo que mantenía con delincuentes que acababan de asaltarlo. Sacar en ambos casos la conclusión de que los civiles no deben armarse, es una manera hemipléjica de ver la realidad y cortar el hilo por lo más fino, descartando el ovillo en que ese hilo se originó y ahorrándose toda la complejidad de una toma de conciencia que reflexione sobre el miedo colectivo como detonador de ciertos comportamientos desesperados, que en tiempos de normalidad no se habrían producido. En estos momentos, amenazar a la gente con leyes rigurosas que criminalicen la posesión de armas, es tan falaz como quejarse de una consecuencia sin mencionar la causa que la provocó, que era el primer acto de esa obra incompleta. Claro que completarla implicaría reconocer la insuficiente actuación de un Ministerio y hasta el absurdo de quejarse en nombre de él pero sin juzgar el precario papel que desempeña en ese drama.

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