La baja de la inflación

En nuestro país hay ideas absurdas que se niegan a morir a pesar de la contundencia de la evidencia en su contra y de los problemas que han generado a lo largo de la historia. En este momento Uruguay registra su índice de precios al consumo (IPC) más bajo en 18 años, alcanzando el dato anualizado a agosto 4,11% y hay personas que ven en ello un problema y un demérito, haciéndonos retroceder a debates ya superados en la década de 1980.

A nadie escapa, porque tenemos el ejemplo candente de Argentina en vivo y en directo, que la inflación es un grave problema para los países. La inestabilidad económica de la vecina orilla tiene como su principal manifestación la disparada del tipo de cambio y el incremento generalizado de precios, vale decir, la inflación. A diferencia de otros problemas económicos, la inflación es causada directamente por los propios organismos gubernamentales, en este caso, el Banco Central, a través de la emisión de pesos que las personas no demandan, lo que hace que su valor se pulverice.

Nuestro país también supo sufrir problemas importantes con la inflación y las personas que tienen recuerdos de comienzos de la década de 1990 o anteriores pueden dar fe. Entre comienzos del estancamiento económico que comenzó en nuestro país en la década de los cincuenta del siglo XX y comienzos de la última década del mismo siglo Uruguay padeció una inflación crónica que no lograron derrotar tres planes de estabilización. En efecto, la inflación promedio anual de la década de los cincuenta fue 18,2%, la de los sesenta fue 43,3%, la de los setenta fue 63,5%, la de los ochenta 64% y la de los noventa 30,8%. La primera cifra esconde que los primeros años de los cincuenta tuvimos inflación baja y los últimos de los noventa también, marcan el comienzo y el fin del proceso de pérdida de valor de nuestra moneda que padecimos.

Nadie quiere volver a vivir en un país con inflación de dos dígitos, o hasta de tres dígitos, como llegamos a tener en Uruguay. Esa situación está pautada por la inestabilidad económica, la dificultad creciente para el funcionamiento de los mercados y por tanto del abastecimiento de la población y por una acentuada pérdida del poder de compra de las personas. Cuando en los noventa se logró bajar la inflación con el único plan de estabilización exitoso de la historia del país, instrumentado en el gobierno de Luis Alberto Lacalle Herrera, los uruguayos pasamos a vivir indudablemente mejor.

Hoy volvemos a tener una inflación baja en la comparación de las últimas décadas. Luego de 2002 nuestro país pareció conformarse con niveles de inflación que no superaran el 10%, pero sin que nos molestara el 8% o el 9%. Esos números, sin embargo, ya eran impresenta-bles a nivel internacional. Uruguay era hasta 2019 el país con mayor inflación del continente después de Argentina y Venezuela, dos economías fallidas. Países como Ecua- dor, Paraguay, Chile, Colombia, Bolivia o Perú tenían registros que estaban en torno a la mitad de los que presentaba Uruguay. Por tanto, la inflación era un problema relevante, aunque no formara parte de la agenda noticiosa diaria.

Que hoy tengamos una inflación de 4,11% es una gran noticia, especialmente para trabajadores, jubilados y pensionistas que gracias a ese dato y a los aumentos nominales dados, ganarán un poder de compra mucho mayor. Más aún, el gobierno ya ha cumplido su promesa de recuperar el salario real perdido en la pandemia, algo que no se ha reconocido por parte de la oposición ciega y el sindicalismo demagógico.

Pero también desde sectores empresariales o algunos pseudoeconomistas señalan que debería admitirse una mayor inflación para combatir el atraso cambiario, lo que es un reverendo disparate. Si quisiéramos tener un dólar más alto a través de mayor inflación tendríamos mayor inflación sin que se moviera el valor del tipo de cambio. Quienes pretenden esta alquimia no entienden los fundamentos del valor del dólar ni sus determinantes basados en el ingreso récord de dólares al país por exportaciones de bienes y servicios e inversión extranjera directa. Quienes creen que la baja de la inflación se debe a una ortodoxia fiscal exagerada y a una política monetaria en exceso restrictiva por dogmatismo neoliberal, entienden todavía me-nos o actúan con expresa mala intención.

Lo cierto es que más allá de las críticas de tirios y troyanos, la baja de la inflación es un logro que palpa la gente en su vida cotidiana y eso es más poderoso que cualquier relato interesado que pretenda falsear la realidad.

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