Cuando se escribe este editorial aún no se conocen los resultados de las elecciones primarias de ayer en Argentina. Sin embargo, sí se sabe que, sea cual fuere el escenario que deje planteado el voto popular, la situación de nuestro vecino será de una enorme complejidad y marcará por mucho tiempo más nuestra economía.
En primer lugar, se hace muy difícil de este lado del Río de la Plata tomar clara consciencia de la enorme gravedad de la coyuntura argentina. Por un lado, porque desde hace mucho tiempo las visitas al vecino país son casi siempre económicamente muy ventajosas para los uruguayos. El circuito en el cual por lo general se mueve el turismo implica ver a un Buenos Aires espléndido, con comercios abarrotados, por ejemplo, o ir a destinos que siempre han sido hermosos -como Bariloche o el sur patagónico- a buen precio y muy disfrutables. Por otro lado, porque no es la primera vez que Argentina está en una situación de extrema gravedad, y la historia enseña que siempre ha sabido salir adelante, por lo que tendemos a pensar que, mal que bien, todo este asunto de desequilibrios económicos se resolverá y tendremos nuevamente a una vecina potente al lado.
Sin embargo, esta vez la crisis argentina acumula varias dimensiones a la vez, y se desenvuelve sobre capas de otras crisis anteriores que nunca terminaron de resolverse. Para el caso de la pobreza, por ejemplo, no es solamente que prácticamente la mitad de la población sufre de estar en ese estado económico, sino que a su vez seguramente al menos la mitad de ellos arrastra esa situación por varias generaciones: los niños pobres de hoy son hijos y nietos de argentinos que no han logrado salir adelante y que, además, empiezan a vivir en circuitos de socialización completamente distintos a los del resto de la sociedad. Y es en esta grieta gravísima que hacen estribo, por ejemplo, las mafias del narcotráfico con consecuencias de inseguridad que, como en el caso de la ciudad de Rosario, terminan hiriendo toda la convivencia social.
La situación económica no podrá ser resuelta por quien gane las elecciones de octubre de un día para el otro. Los nudos de desequilibrios son enormes y están entrelazados de forma tal que arreglar un problema puede traer consigo consecuencias sociales y económicas gravísimas. Si se va rápidamente a una unificación de la cotización del dólar, por ejemplo, se genera de hecho una devaluación del dólar oficial de más del 100%, y con ello una baja enorme de los ingresos de los argentinos. Podrá decirse, claro está, que hoy en día esa merma ya ocurre: alcanza con medir en dólares los salarios más acomodados que cobran los trabajadores mejor remunerados, para caer en la cuenta de que están ellos también completamente sumergidos. Empero, la clave es que a pesar de que efectivamente la situación está ya hoy muy mal, aplicar medidas drásticas puede hacer que se esté incluso mucho peor.
La situación económica del país vecino no podrá ser resuelta por quien gane las elecciones de octubre de un día para el otro. Los nudos de desequilibrios son enormes y están entrelazados.
Lo mismo ocurre con la inflación, hoy completamente fuera de rango con más del 100% anual: una devaluación mayor corre el riesgo de llevar al país a una situación de hiperinflación, es decir, a un desorden tal que hace que nadie conoce cuáles pueden ser los precios relativos de los bienes y los servicios en el corto plazo (algo que por cierto ya ocurrió en 1989).
Así, a la cuenta de situaciones que pueden traer consigo desórdenes sociales gravísimos hay que sumar, también, problemas de reservas cuando ya corren rumores de que se están utilizando depósitos de ahorristas para enfrentar corridas, y posibilidades de default de deuda pública y privada que lleven a quiebras empresariales y aumenten por tanto el desempleo en este contexto de inflación.
Sea quien fuere que termine ganando la presidencia en la próxima primavera, tiene frente a sí una situación explosiva que no permitirá soluciones mágicas ni rápidas. Y eso es justamente lo que Uruguay tiene que tener claro: Argentina seguirá en esta situación de angustia social y desorden económico por bastante tiempo más. Ello implica que nuestros problemas de frontera seguirán presentes por un buen tiempo, con la depresión económica consecuente de todo nuestro entramado comercial y productivo del Litoral. Y ello implica, también, que lejos de ser un país proclive a la apertura económica y comercial, no estará en condiciones en los próximos años de enfrentar ningún cambio que lo lleve hacia un mayor libre comercio.
Así, sea cual fuere el resultado electoral final, esta es la malograda Argentina que estructuralmente tenemos enfrente.