Ya nos tienen rodeados pero la cosa se va a poner peor… si bien parece una frase de Aparicio Saravia lejísimos está de serlo, es tristemente un reflejo muy actual de lo que estamos viviendo como sociedad y refiere al permanente estímulo digital. A nadie asombra a esta altura que desde el preadolescente hasta el más curtido anden con su smartphone compenetrados a grado tal que ya casi podríamos llamarlos zombis. Se ve con solo abrir los ojos, con decirles que el lunes sube al ómnibus un señor más cercano a los 80 que a los 70 y apurado se sienta mientras lucha con su aparatito; ante el amable reclamo del chofer por no haber pago el boleto, deleita a todo el pasaje con su respuesta, pará que estoy subiendo una historia a Instagram, con un grito que demostraba más sordera que mala educación.
Lejos del ánimo de esta pieza está cuestionar a ese señor (que pagó el boleto) ni a otros, si no fuera por el susto que genera ver que la edad a la que exponemos a nuestros niños a ese estímulo, se vuelve cada día más temprana. Claro que ningún padre va a hacerle daño a un hijo a conciencia, pero si hubieran leído una reciente nota publicada en este diario, que daba cuenta del daño a nivel neuronal en niños cuyo único estímulo era por medio de pantalla, estarían felices de soportar las muchas horas de tierno llanto infantil que les va a producir el síndrome de abstinencia, con tal de alejarlos del celu. La ciencia ha demostrada que las conexiones neuronales que dejan de producirse son muchos miles, ocasionando, a futuro inminente, problemas de atención, de concentración, aprendizaje e interacción con pares, entre muchos otros.
Así llegan esos pequeños, ya bautizados como la generación de las tres pantallas, a la escuela. Y casi con el primer abrazo de la maestra se les da su propia computadora, el sueño realizado!!! Criticar el Plan Ceibal es antipático, pero urge un análisis crítico de sus resultados y hacer el esfuerzo por mejorar los puntos flacos. Sin dudas uno es la ausencia de libros, algo que ya se están replanteando otros países que apostaron al modelo 100% digital. Por varios motivos, primero porque, como acá, los niveles de acceso de los estudiantes a los textos digitales son bajísimos. Aunque tal vez la razón más importante es que el libro papel cumple con otras funciones, no es solo el texto escrito, sino que al lector le hace ejercitar la imaginación, la paciencia; hace trabajar al cerebro, lo exige. Si lo antes dicho ya es suficiente, lejos está de ser el total de atributos pues la lectura lleva a más lectura, provocando un círculo virtuoso de enriquecimiento y aprendizaje que, lamentablemente, la pantalla no da. En Nueva Zelanda, por ejemplo, país con algo más de habitantes pero con el que nos es fácil comprar, investigaciones, concluyeron que, a más libros en las bibliotecas, más lectores resultaban los niños, aumentando así en cada escuela la cantidad de libros a disposición. No necesariamente títulos infantiles, sumaron de todo, con la meta de que cada escuela tuviera ese número mínimo de libros.
Por el contrario, en nuestro país, las bibliotecas escolares están cada vez más acotadas, con poca reposición y un uso intenso de los títulos en inventario, tratando de forzar la lectura en pantalla. Sin embargo, un altísimo porcentaje de los niños, al ser consultados, dicen preferir el libro tradicional; con tanto dato a favor del libro en papel, ¿no sería razonable proponernos como sociedad fomentar e incentivar la lectura infantil? Otro dato no menor es que la figura adulta que más les lee a los niños es la maestra y no los padres, como para aún más concientizarnos de la importancia de tener muchos libros en las escuelas de todo el Uruguay.
Sabemos que nuestra inquietud es compartida por muchos, urge unir esfuerzos para hacer sentir más fuerte aún nuestra voz y generar una amplia conciencia sobre este problema, que de no tomar medidas solo tenderá a agravarse. En los meses previos a la pandemia estuvimos analizando un proyecto, junto con la ong E Dúcate, mediante el cual se le daban materiales de manualidades a algunos restaurantes para que pudieran ofrecer a los pequeños que acompañaban a sus padres un rincón lúdico, que evitara esa escena tan común donde adultos cenan y charlan mientras sus hijos miran tablets o smartphones, que no se pudo concretar por el razonable desinterés de los comercios. Bueno sería que pasados unos años y siendo este panorama el predominante, se reflotara esa idea u otra similar, y que todos nos demos cuenta que lo que está en juego es muy importante antes que termine con todos esta hambrienta invasión zombi.