Aún vibran los campos de Masoller por el paso de los caballos, que hasta allí llegaron, en una nueva marcha para homenajear al gran General. El Partido Nacional evoca con emoción la gesta heroica de 1904, última de nuestras guerras civiles y la más sangrienta de todas, que no solo enfrentaba a blancos y colorados, colisionaban dos maneras radicalmente opuestas de pensamiento político.
A casi 120 años de los hechos cuesta creer la raíz del conflicto, pero basta analizar mínimamente los sucesos de la época para entender el reclamo. Eran épocas de fraude electoral sistemático, con un Partido Colorado dominante y con un Partido Nacional relegado a espectador, por más que tuviera un respaldo popular superior al de su adversario.
Para el arranque de 1904 el gobierno de Batlle había gastado fortunas en armamento moderno, había reorganizado al ejército, disponía de comunicación telegráfica y podía usar la red ferroviaria para llevar sus tropas rápidamente a donde fueran necesarias. Era tanta la confianza que el Presidente soñaba con una campaña corta y aniquilar al ejército revolucionario en poco tiempo. Y quizá así debió ser, las huestes saravistas carecían casi de armas de fuego, organización militar y recursos, pero los movía el fuego de una causa superior. Y tenían un jefe que inspiraba una confianza tan grande a su tropa que se creía invencible.
Las primeras escaramuzas que se producen muestran la eficiencia de las nuevas armar compradas por el gobierno y se llega al combate de Mansavillagra, mojón para la revolución. Allí el poderío oficial hace estragos en filas revolucionarias, que viendo imposible la batalla se retira. El general Muniz comienza una persecución que imagina llevará al ejército rebelde a buscar refugio en tierras del Brasil. No tuvo en cuenta la capacidad táctica del Cabo Viejo, que hizo marchar al Brasil las carretas con heridos mientras el grueso de su ejército lo hacía al sur, en lo que se conoció como la “sentada de Saravia”. Y así mientras los colorados festejaban la victoria, el ejército rebelde rumbeaba para la capital.
Al notar el error y con Montevideo inquieto por la noticia, el gobierno buscó revertir la situación y destacó al general Melintón Muñoz para frenar el avance. Chocan en Fray Marcos ambos ejércitos siendo la primera victoria clara de la revolución. Para el gobierno el golpe es brutal e inesperado, pensando que Saravia se dirigirá a Montevideo se hacen barricadas y trincheras. Sin embargo el Águila Blanca lejos está de querer llevar la batalla a la ciudad, sigue su camino hacia el oeste buscando armas que deberían llegarle por el litoral.
El caudillo marcha confiado, quizá demasiado confiado, y en el Paso del Parque sufre su peor derrota, que bien pude ser final de la revolución de no ser por el coraje de Aparicio, quien al ver su error desprecia su vida en un esfuerzo por salvar la causa, y lo logra. Salva su ejército, que pierde en el enfrentamiento valiosos hombres, armas y a poco estuvo de perder también la carreta con el dinero para solventar la empresa. Golpe durísimo para la revolución, solo sobrevive por el carisma de su líder y la fidelidad de una tropa.
Y llegamos a Tupambaé, la batalla más sangrienta de nuestras guerras civiles. Allí se peleó por dos días completos sin definición clara. Esto hizo que Saravia consultara a su estado mayor, no quedaba munición y pelear un día más sería un riesgo. Algunos jefes ven como buena la alternativa de abandonar la lucha, pero no Aparicio, quien argumenta que el enemigo está igual de mal y decide dar pelea. Cuando se reanuda el combate las palabras de Saravia resultan premonitorias, el ejército de línea comandado por el general Galarza resiste poco rato iniciando una retirada que deja exultante el ánimo de la revolución, que se siente, ahora más que nunca, cerca de una victoria. No solo la revolución, los colorados ya sintiendo muy real esa alternativa empiezan a buscar opciones de paz. Tan seguro está Aparicio que la paz es inminente que empieza a marchar hacia Rivera, prevé la posibilidad del desarme y quiere que sea cerca de Brasil. Habla con sus jefes de división y les comenta las tratativas, la oferta de paz es buena y quiere evitar la batalla, pues nunca fue un montonero por diversión. Nunca quiso otra cosa que el respeto a la voluntad popular expresada por el voto secreto.
Cuando el 1º de setiembre caía herido Aparicio en Masoller no caía con él ese anhelo de democracia plena, al contrario, quedó establecido en tratado de paz el mecanismo por el cual llegaríamos los uruguayos al voto secreto. Y eso gracias a Saravia, que para conseguirlo sacrificó su vida, y al que hoy como sociedad debemos un gran homenaje.