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Mientras acá discutimos la Rendición de Cuentas, el cambio de nombre de calles, la premura de algunos políticos por ver quien será candidato, la reforma jubilatoria y tantos otros temas, del otro lado del río se desenvuelve un drama cuyo desenlace se presenta como realmente complicado.
Por otra parte, tras la otra frontera, Brasil realizará las elecciones presidenciales con un favorito que es claro si no hay segunda vuelta, pero se complica si la hay. Hay expectativa respecto a que sucederá en Brasil, pero lo de Argentina es más preocupante y desconcertante.
Para empezar, no se sabe quien gobierna. Sabemos, sí, quien es el presidente. Pero no parece gobernar. El ruido lo hace Cristina Kirchner. Se están tomando medidas de ajuste para controlar una situación económica comprometida, pero se dice poco al respecto y ya nadie habla más del ministro de Economía Sergio Massa. Solo se habla de Cristina.
La agenda que ocupa todo el espacio político del vecino país, es la que impone la vicepresidenta, aunque los temas que la atañen nada tienen que ver con la acuciante situación económica de Argentina. Ella y su situación personal, son el eje sobre el cual gira todo el país. Cuando habla todos la escuchan ya sea en admiración, en enojo o en frustración.
Uruguay debe estar atento a la evolución institucional de la crisis argentina. Los kirchneristas lanzaron una campaña contra “el odio” y acá hay quienes quieren replicar ese concepto.
Un tema que ha puesto sobre el tapete, aunque no porque ella lo quisiera, es el del atentado contra su vida. Sino fuera porque Cristina Kirchner corrió serio peligro y pudo haber sido asesinada, el episodio tiene visos de un absurdo surrealismo. En un clima en que los argentinos no le creen a nadie, corren tres teorías. Una, de acuerdo a lo que la fiscalía averigua, es que fue un ataque a manos de tres descerebrados que en su delirio creyeron que podían cambiar la historia.
Para algunos, esa tesis parece poco creíble y creen que en realidad hay una conspiración pergeñada por algún servicio de inteligencia que usó a esta gente. No es lo mismo sufrir, y salir ileso, de un atentado causado por una conspiración orquestada desde “más arriba”, que sobrevivir a un torpe ataque en manos de unos delirantes. Esto último parece poco épico. La otra tesis es que todo fue una gran puesta en escena para convertir a Cristina en más víctima de lo que aún es.
El otro tema importante para Cristina es el de si será o no condenada por los delitos de corrupción que se le imputan. Está haciendo todo lo posible para que no ocurra y sus aduladores se encargan de advertir que de suceder, arderá la pradera.
Pero no está en sus manos, ni en las de la oposición, evitarlo. Un juez decidirá entre un alegato contundente del fiscal y una defensa débil y muy politizada de parte de sus abogados y de ella misma.
Para parar ese proceso, el Senado votó la sermana pasada una ampliación en el número de jueces de la Corte Suprema aunque es poco probable que Diputados la confirme. En Uruguay y en muchos países del mundo, ese número está determinado por la Constitución. No así en Argentina que lo cambia a antojo.
Argentina no tiene reservas, su inflación es altísima, el índice de gente que vive en la pobreza es dramático, pero solo se habla de Cristina, y sus caprichos.
Se trata de una situación realmente explosiva, en la que la oposición tiene poco para decir y por lo tanto también está atrapada en esa red.
Ante ella, Uruguay debe estar atento. La situación económica afectará la temporada veraniega. Es verdad que esa misma situación es la que hizo que muchos argentinos se radiquen en Punta del Este. De ese modo, el balneario tiene un movimiento moderado todo el año.
La pregunta es si eso compensa la masiva llegada de turistas en los meses de verano.
Como contrapartida, con la radicación de argentinos, también hubo radicación de inversiones. Uruguay debe estar preparado, con una infraestructura que permita instalarse al tipo de empresa que operaría desde acá pero actúa en toda la región.
A su vez, Uruguay debe estar atento a la evolución institucional de la crisis argentina. Los kirchneristas lanzaron una campaña contra “el odio” (habiendo sido ellos en todos estos años sus instigadores) y acá hay quienes quieren replicar ese concepto para manejo político. Hay que evitarlo, porque con esa excusa se empieza a controlar la acción política y la libertad de expresión. Que eso busquen allá los kirchneristas, no quiere decir que acá también.
Uruguay sigue siendo un país reconocido por su estabilidad institucional y su calidad democrática. Hay que evitar los contagios de prácticas perniciosas como las que se ven del otro lado.