En el día en que se conmemora nada menos que 250 años de la gloriosa independencia del país que terminó siendo más temprano que tarde en el siglo XX la primera potencia económica y militar mundial, surge una interrogante para las próximas décadas: ¿acaso estamos en el inicio de nuevo tiempo europeo en el que, definitivamente, se verá al viejo continente independizarse, a su vez, de Estados Unidos (EE.UU.)?
En estos 250 años Washington fue ampliando su círculo de influencia geográfico de manera progresiva y segura. La doctrina Monroe, de 1823 y que hoy está siendo reformulada, fue la primera gran señal: el hemisferio debía de ser para los americanos, y por lo tanto el peso de las viejas metrópolis europeas en el continente estaba llamado a decaer. Luego, su expansión pasó por una consolidación territorial totalmente continental. Hay dos etapas claves: su victoria sobre México en 1848 por la cual se hace de los actuales estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México, Arizona, Colorado y Texas; y la compra de Alaska a la expansiva Rusia en 1867. Finalmente, su coronación de influencia americana termina con la guerra de Cuba en 1898, con la cesión de Puerto Rico por parte de España y la fuerte presencia de Washington en La Habana a través de su base naval, y por supuesto control estadounidense del canal de Panamá en 1914.
A partir de ese asiento americano consolidado EE.UU. fija su mayor influencia mundial sobre todo con las bases de paz de la primera guerra mundial, es decir los famosos 14 puntos del presidente Wilson. Pero, sobre todo, será el resultado de la segunda guerra mundial y su enfrentamiento a partir de 1947 en la guerra fría con la Unión Soviética los que darán un protagonismo excluyente a EE.UU. en Europa occidental: miles de militares con bases permanentes en distintos países y sobre todo en Alemania Occidental, y un papel preponderante en la defensa de ese continente frente al peligro comunista. Todo eso tuvo su natural traducción en la Organización del Tratado del Atlántico Norte a partir de 1949.
Sin embargo, con el fin de la guerra fría y la disolución de la Unión Soviética en 1991, se abrió un tiempo muy diferente en Europa occidental. Por un lado, la extensión de aquella construcción iniciada en Roma en 1957 abarcó a países que hasta 1989 habían quedado bajo la órbita soviética. Por otro lado, y sobre todo en este siglo XXI, fue apareciendo a Washington cada vez más evidente que el lugar estratégico que ocupaba la vieja Europa en el ajedrez mundial ya no era el mismo que antes.
Así las cosas, la segunda administración del presidente Trump iniciada en 2025 ha señalado a los viejos aliados estadounidenses de que es tiempo de avanzar en su propia independencia geopolítica. Asumir, en definitiva, las responsabilidades propias de países soberanos ya que Washington, ahora enfrentado al poder acechante de China a nivel mundial, ya no está dispuesto a invertir militar y económicamente en el viejo continente como sí lo hizo en tiempos de la guerra fría, es decir, en épocas del cuasi protectorado americano a partir del cual los países de Europa Occidental generaron niveles de desarrollo económicos y sociales envidiables.
Con ese dato estratégico y la siempre expansiva tendencia rusa a controlar lo que Moscú considera es su natural zona de influencia en Europa del Este, que fue lo que inició la guerra contra Ucrania en 2022, los países europeos parecen haber entendido efectivamente el mensaje. Entre mayo de 2025 y mayo de 2026, Europa generó más tratados, acuerdos bilaterales y pactos de defensa militar, que los que había realizado en casi 35 años, es decir desde el fin de la guerra fría y la firma de tratados de desarme militar en los años noventa del siglo pasado. Los ejemplos van desde bilaterales militares entre Reino Unido y Polonia, o Reino Unido y Alemania, hasta más amplios como los de junio de 2025 entre Canadá y la Unión Europea.
Por supuesto, los montos de esos acuerdos todavía no se acercan ni al 20% de lo que EE.UU. invierte, por año, en gastos militares para seguir siendo la primera potencia mundial. Pero igualmente marcan un camino de mayor protagonismo propio en el sentido en el que Washington ha marcado como necesario desde la asunción de Trump en enero de 2025.
A 250 años de la independencia de EE.UU., estamos asistiendo a un progresivo movimiento de independencia de Europa del protagonismo militar de Washington. Es un cambio importante que marca un nuevo tiempo en las relaciones entre las potencias occidentales.