Entre la Constitución y los sindicatos

Ya que estamos en los días previos al aniversario del golpe de Estado, bien podría decirse que el miércoles 21 hubo un nuevo golpe contra los alumnos, en la forma de otro paro en la educación. Una medida que no tenía ningún justificativo específico, con la excepción de perjudicar el derecho a estudiar de niños y jóvenes.

Ni lo político, ni lo gremial están por encima de la Constitución. Y la Constitución dice en su artículo 70: “Son obligatorias la enseñanza primaria y la enseñanza media, agraria o industrial (…) La ley proveerá lo necesario para la efectividad de estas disposiciones”. Este mandato no solo es un derecho y un deber de los padres de velar por “el cuidado y educación de los hijos para que éstos alcancen su plena capacidad corporal, intelectual y social” (art. 41), sino que impone al Estado la obligación de crear, administrar y defender un servicio que haga posible su cumplimiento.

Pero el Estado no solo debe preocuparse que los niños y jóvenes asistan a sus clases, sino que primero debe asegurarse que existan clases y que existan docentes que enseñen a esos niños y jóvenes. De lo contrario, la obligatoriedad constitucional se vuelve una farsa.

Lo peor de estas medidas o golpes es que no son la excepción, sino que es algo habitual. El año pasado, los liceos tuvieron 31 días o un mes de paros. Escalofriante. En épocas normales significaría que los estudiantes deberían perder el año o, por lo menos, ir a examen en febrero. Y en lo que va de este año la cosa no ha mejorado mucho: la educación secundaria lleva 11 días perdidos por paros, con la excepción del Instituto Vázquez Acevedo (IAVA) que llegan a 20, aunque en este caso toda la responsabilidad no es de los docentes.

Hace años que el país sufre la soberbia de los sindicatos de la enseñanza, que no reparan en daños ni en niños a la hora de plantear sus reclamos y los métodos que eligen para presionar.

Siempre nos rechinó que la forma que tiene un docente para “defender” la enseñanza y pedir mejores salarios sea indefectiblemente dejar a sus estudiantes sin clase. Si poco sabían los chicos, menos van a saber porque a sus docentes les sobra egoísmo y les falta dedicación; les importa un ardite los que les ocurra en el futuro y las carencias que tendrán esos chicos para abrirse paso.

Este gobierno, por más esfuerzos que hizo para mejorar y modernizar la enseñanza, encontró las mismas piedras que en años y gobiernos anteriores. Tiene razón el ministro de Educación, Pablo da Silveira, cuando dice que “a la Coordinadora de Sindicatos de la Enseñanza, y a las organizaciones que la integran, no hay que evaluarlas por lo que dicen sino por lo que hacen. Hablan mucho en favor de la enseñanza pública, pero hoy son la principal causa de pérdida de horas de clase en el país. Y pérdida de horas de clase significa pérdida de aprendizajes, especialmente para quienes más lo necesitan”.

El Frente Amplio, en sus pasados 15 años de gobierno, vivió algo muy parecido: intentó -por lo menos algunos dirigentes - promover cambios para mejorar el nivel de la educación, pero fracasó indefectiblemente porque eso significaba un enfrentamiento con el movimiento sindical y su socio el Pit-Cnt no estaba de acuerdo. Entonces optó siempre por recular, aunque el precio fuera los alumnos, antes que hacerse respetar.

Un episodio ocurrido en la época de Mujica presidente describe perfectamente las cosas: ante la pérdida de 14 días de clases por movilizaciones docentes, Mujica expresó que “hemos perdido varios días de clase que inequívocamente habrá que recuperar, porque los muchachos no deben perder algo que es un esfuerzo global que paga toda la sociedad”.

La respuesta la tuvo casi de inmediato por parte del secretario de la Coordinadora de Sindicatos de Enseñanza, José Olivera: “Los dichos del presidente no pasan de ser una expresión de deseo”. Punto final, violín en bolsa y Mujica a otra cosa.

Tiempo después, cuando dejó la Presidencia, el mismo Mujica expresó en forma categórica: “Hay que juntarse y hacer mierda a los gremios (de la enseñanza); no queda otra. Ojalá logremos sacarlos del camino”.

Lástima que hayan muy pocos en el Fapit que estén de acuerdo con el expresidente y dejen de ser genuflexos con los golpes de esos gremios a la hora de defender el derecho a estudiar de niños y jóvenes. Que son, nada menos, que el futuro de los uruguayos y lo que manda la Constitución.

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