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Uno de los problemas que sufre nuestro país para poder ser verdaderamente próspero y libre es la multitud de ataduras que llegan a inmovilizar a los uruguayos.
Algunas son invisibles o pequeñas, otras más grandes y groseras, pero el conjunto de hilos nos inmoviliza, como a Gulliver cuando queda atado, prisionero de los Liliputienses. Una de las explicaciones centrales de por qué subsisten muchas de estas trabas es el poder de las corporaciones que logran con esfuerzo digno de mejor causa impedir que algo llegue a moverse en el Uruguay, por el temor a perder sus privilegios. Ahora bien, en la medida en que la pléyade de ataduras le causa un daño enorme al país, a la larga todos salimos perjudicados, incluso los gordos que reparten tajadas de la torta.
Estos días hemos tenido palmarios ejemplos de estas situaciones. Por un lado, la Caja de Profesionales Universitarios del Uruguay, que paga sueldos estrafalarios a su cúpula -o sea, se ponen retribuciones de gerentes de multinacional del primer mundo ellos mismos- y enfrenta una situación financiera deplorable, ha salido a plantear que los profesionales que no ejercen también deberán pagarle aunque no tengan derechos jubilatorios. Vale decir, proponen para intentar superar sus problemas sin tocar sus privilegios expoliar a pobres victimas inocentes de sus malos manejos. Muy uruguaya la solución, pero absolutamente injusta.
A veces es bueno preguntarse como es que les da la cara a algunos para plantear este tipo de soluciones en que simplemente quieren mantener sus privilegios a costa de lo que se le ponga en el camino.
Es como si tuviéramos insensibilizado el nervio correspondiente que debería llevarnos a reacciones exaltados antes este tipo de atropellos ciudadanos, pero, para bien y para mal, los uruguayos somo tranquilos, pasivos y mansos.
Este lunes asistimos a otro ejemplo del Uruguay de las corporaciones que no tienen vergüenza propia. El presidente del sindicato de Ancap con un puñado de compañeros intentó arruinar la inauguración de la UTEC en la ciudad de Minas increpando al presidente de la República, algo que solo en un país de cercanías como el nuestro resulta posible.
Si el presidente de Fancap, Gerardo Rodríguez quisiera hacer lo mismo a su venerado Maduro en su admirada Venezuela termina en un calabozo al instante, en el mejor de los casos.
Cuando realmente se esquilmó a los uruguayos y se puso Ancap al borde del cierre los mismos que hoy increpan al presidente en la plaza pública no sacaron ni un comunicado condenando lo que acontecía.
El gremio de funcionarios de Ancap está en contra de la posibilidad de que las plantas de cemento de la compañía se asocien con empresas privadas para lograr ser más competitivas y dejen de dar perdidas. Lo que temen, naturalmente, es perder poder y privilegios, ya que en nuestro país el empleo público es más sagrado que la Virgen de los Treinta y Tres. El presidente de la República, con buen tino, le contestó que nunca los vio expresarse en los años anteriores, bajo las administraciones frentistas, y las razones no faltaban. Esto es estrictamente cierto. Mientras Sendic con la anuencia de todo el Frente Amplio llevó a la empresa a la banca rota, o cuando realizaron inversiones fantasmas por decenas de millones que se están pudriendo en el mar o en el puerto, Fancap no dijo absolutamente nada.
Cuando realmente se esquilmó a los uruguayos y se puso la empresa al borde del cierre los mismos que hoy increpan al presidente en la plaza pública no sacaron ni un comunicado condenando lo que acontecía. Fueron cómplices de los problemas de Ancap y hoy se oponen a las soluciones.
Hace más de 20 años que la producción de cementos le produce pérdidas millonarias a Ancap y nada se ha hecho por mejorar esta situación. Es una tomadura de pelo gigantesca a los uruguayos pretender que se debe seguir subsidiando una producción estatal de un producto que su competencia privada produce con ganancias. Más aún, seguramente gracias a la presencia de la empresa estatal los precios son más elevados de lo que deberían, perjudicando a la industria de la construcción y al empleo de miles de personas.
En el fondo las corporaciones actúan racionalmente defendiendo sus privilegios, el problema es que los demás les permitimos que se salgan con la suya. La culpa no es de los jerarcas de la Caja de Profesionales o de los mandamases de los sindicatos que viven sin laburar, la culpa es nuestra que lo aceptamos como parte del paisaje. Si algún día queremos ser un país próspero debemos enfrentar estos asuntos, sino seguiremos chapoteando en la mediocridad. Y la culpa es nuestra, de cada uno de los que vivimos de nuestro trabajo sin jorobar a nadie; no miremos para el costado.