El transporte como síntoma

Debe haber pocos episodios tan reveladores sobre el momento del Uruguay, sobre el “estado de espíritu” de la nación hoy, que el debate en torno al proyecto de reforma del transporte para la zona metropolitana.

Si hay algo que nadie pone en duda, milagrosamente, es que hace falta una reforma profunda de este sistema. La ciudad ha cambiado radicalmente en los últimos 30 o 40 años, las personas han cambiado en su forma de vida y movilidad, y el país también lo ha hecho. Desde la crisis del 2002, llevamos un período de crecimiento sistemático, que nos ha ubicado como el país de América Latina con mayor PBI per capita. O sea, y pese a que a mucha gente le incomode decirlo así debido a la tradicional humildad hipócrita nacional, nos hemos vuelto mucho más ricos como sociedad.

Sin embargo, en estos 35 años, no ha habido ni una obra significativa en la zona metropolitana, pensada para adaptar el lugar en el que vive más de la mitad de los uruguayos, a la nueva realidad. Apenas los accesos a Montevideo por el lado oeste, y ahora el paso elevado sobre los accesos portuarios, para adaptarlos al tren que se construyó cuando la última planta de UPM.

La realidad muestra que la zona metropolitana colapsa en las horas pico, que el transporte público es digno de una nación subsahariana, y que las zonas centrales se están vaciando, por el drama que es acceder a ellas (entre otros problemas)

Ahora bien, durante meses hemos escuchado sobre distintas y ambiciosas propuestas para reformar este sistema. Desde tranvías a modernos sistemas elevados, que mejorarían la fluidez y rapidez del tránsito, a la vez que quitarían miles de autos del torrente vial metropolitano.

El gobierno, las rechazó todas, y parece inclinarse por una idea que surgió originalmente del centro de estudios Cinve, cercano al Frente Amplio. El mismo, apela a un sistema de buses especiales, y busca adaptar las necesidades y urgencias de la capital, con las posibilidades económicas del gobierno actual. Incluye un polémico soterramiento del transporte público, debajo de la principal avenida capitalina.

La verdad, es difícil sabes si esta es la mejor opción, la más ambiciosa, la más racional, la que se adapta mejor a nuestras posibilidades. Pero si algo queda claro, es que quienes la desarrollaron entienden del tema, y buscan lo mejor para la ciudad.

Pero, como se ha vuelto una triste costumbre en este país, las reacciones han sido de escándalo y enojo. Algunos comentarios han buscado ser racionales y constructivos, pero han sido los menos. Y como ha sucedido con 20 proyectos relevantes en la capital, desde el puerto en la zona del dique Mauá, al desarrollo de la ex facultad de veterinaria, la máquina de impedir, de oponerse a todo cambio, que se ha vuelto parte del ADN nacional, está trabajando a todo vapor.

La cosa va mucho más allá de cuestionamientos técnicos racionales. Se ha tenido que escuchar todo tipo de reclamo, el 95% de los cuales no tiene más fundamento que el odio al cambio, en busca de enfrentar este proyecto. Y lo que es más revelador de ese espíritu achicado que domina al uruguayo hoy, el propio gobierno no termina de asumir una decisión.

Mientras siguen pasando los meses, el presidente Orsi sigue dando vueltas con una decisión que al final de día es solo suya. El problema es que en un tema así, es imposible dejar contento a todo el mundo, y ese es el ethos central de la vida política de Orsi. Pero así no puede funcionar un presidente.

Todos tenemos un punto de vista, todos hemos podido expresarlo, pero hay un punto en que hay que tomar decisiones. Y acá, de nuevo, es donde está fallando el gobierno.

Y no hay que engañarse, es un reflejo honesto de la sociedad que lo votó. Así somos los uruguayos hoy, enojados, peleadores, y con enormes problemas para enfrentar los problemas que nos desafían. Siempre buscando excusas para no tomar el toro por las astas.

Por estos días, en la redacción de El País de parte de varios periodistas jóvenes, de explorar y revivir episodios del pasado, que surgen de nuestro centenario archivo fotográfico. Y uno no puede menos que maravillarse ante el empuje que tenía el Uruguay hace un sigo, y las obras y emprendimientos que se abordaron, cuando éramos un país mucho más pobre, y amenazado. El contraste con lo que vivimos hoy es tan doloroso como indignante.

En estas situaciones es que se extraña la presencia tanto de líderes audaces y ejecutivos, así como de una sociedad con espíritu de riesgo, y ambición.

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