El rumbo del país

HOY, los uruguayos estamos votando. No todos los que pueden hacerlo, lamentablemente. Es un día contradictorio. Febril, de nervios y tensiones, para quienes juegan en él su destino político. De patriótica preocupación, en plano más profundo del sentir y del pensar —a lo Vaz Ferreira— para quienes creemos, sin ponernos demasiado solemnes ni exagerar, que en esta jornada se juega en parte el destino del país. Pero ésta es de paz, de sosiego y hastío para quienes su vibración política y patriótica es de bajos registros. Las horas transcurren lentas, sin espectáculos públicos ni las habituales rutinas domingueras, tediosamente para muchos.

El día se presta, pues, para la reflexión. Para repasar el ayer e imaginar el porvenir. Para tratar de explicarnos —y explicar— primero cuáles son nuestros problemas e identificarlos. Luego, de analizar sus raíces, su génesis. Después, de intentar marcar el rumbo. No, mágicas soluciones, que no las hay. Apenas un rumbo, que ya es bastante si la orientación no es errada. Nunca hay que desesperar, de sobra lo enseñaron Churchill y de Gaulle. Alguien dijo, con razón, que es por la puerta estrecha que se alcanzan las grandes victorias. Pero hay que saber encontrarla, tras las asechanzas del camino, que suelen ser muchas.

Nuestro Uruguay no está solo en el mundo. Y cuenta muy poco en él, para los poderosos. Todas las naciones son económicamente interdependientes. Mucho más, un país de insignificante población, que lo condena al raquitismo de su mercado interno. De economía diminuta, en términos planetarios. Dependemos pues, dramáticamente, de nuestro relacionamiento comercial con el exterior. No existe país autosuficiente. Hasta los Estados Unidos están lejos de serlo. Sólo Rusia amagó serlo, por corto lapso y bajo Lenin, al precio de una feroz hambruna y otras desgracias.

Si no principiamos por entender esto, no entenderemos nada. Los uruguayos, pues, debemos vender y comprar, como todos. Un país, en cierto sentido, no es sino una empresa. Sólo que de dimensiones muchísimo mayores que cuantas alberga en su seno. Hay, entonces que producir, pero sabiendo que ello significa mucho si logramos vender lo que producimos. Y nada venderemos si el producto es caro o malo. O ambas cosas.

Para vender, además, hay que competir internacionalmente, abatiendo los costos y utilizando la tecnología del presente. La cual, por otra parte, se modifica vertiginosamente. Competir nunca fue fácil. Nadie regala nada y todos se defienden, porque con democracias —que cada vez son más, por fortuna— o sin ellas, en definitiva todos los gobernantes terminan rindiendo cuentas ante sus pueblos. Y a ellos se deben.

ESTO es lo segundo que debemos comprender, sin olvidar, todo lo contrario, que el mundo de hoy no es el de ayer ni el de anteayer. Fácil es advertir que lo presente muy poco tiene que ver con la realidad de 1945, cuando el alumbramiento de las Naciones Unidas, integradas por menos de cincuenta estados, porque no alcanzaban a sesenta, los existentes. Hoy hay doscientos países y todos producen, venden y compiten. Algunos, con niveles de gran excelencia, por su adelanto tecnológico, por su mano de obra regalada o por ambos factores.

El voto de Uruguay —en la ONU— fue el 48, cuando el "sí" del embajador Rodríguez Fabregat consagró la creación del estado de Israel. Después, sólo restaba el voto de Venezuela, que se sabía negativo. Y una anécdota de Rodríguez Fabregat, al pasar. Cierta vez votó, en un asunto trascendente, sin más orientación que la de su conciencia. Llególe un cable de la cancillería, requiriéndole que informara qué instrucciones había seguido.

—Las de 1813, fue su fulminante respuesta.

Pero retomemos nuestro hilo de Ariadna. El colonialismo se derrumbó, entre 1945 y 1960. Surgieron decenas y decenas de países. Pero la consecuencia no fue sólo esa. Europa se replegó sobre sí misma —en un proceso formidable que aún no ha terminado—, creó su Mercado Común, para defenderse entornó sus puertas a muchos países que tenían en el viejo continente sus mejores compradores —entre ellos, nosotros— y enseñó el camino a todos. El Mercosur, destinado a ampliarse y que, con todas sus imperfecciones, signa el horizonte de nuestra región y sus naciones, es hijo de esa experiencia formidable. Las uniones económicas regionales, nacidas para ensanchar poderosamente los mercados internos, pautan el presente. Y no desaparecerán.

Un día, van ya para seis décadas, surgió la guerra fría, ejemplificada por el Berlín de 1948. Y, curiosidades de la historia, fue también en Berlín, en 1989, que se le extendió su partida de defunción, al caer el odioso muro. Un año o dos más tarde, se desintegró la Unión Soviética y surgió, al conjuro del cumplimiento de la genial profecía de Churchill, otra quincena de "nuevos viejos" países. Como Ucrania y otros.

En ese mundo estamos y en él debemos convivir, producir, negociar, vender y luchar. En ese mundo que aún es el del señor Bush hijo —y su garrote—, del que esperamos le den pase sus respetados compatriotas, urnas mediante, a un mal lugar de la historia. O cerca del mismo. Tales son los problemas y desafíos que nos plantea el mundo circundante, del cual, nos guste o no, no podemos evadirnos. Pero no todo nos es ajeno ni adverso, como las vaquitas del conocido verso.

Tenemos nuestras ventajas, que no son pocas. No somos un paisito, geográficamente. Nuestra superficie cuadruplica largamente la de Suiza, Holanda, Bélgica y Dinamarca. Y es casi toda ella, de tierras fértiles, regadas por buena red fluvial y delimitadas por cientos y cientos de quilómetros de espléndidas costas fluviales y oceánicas. Puertos naturales, para exportar, y espléndidas playas, que son imán para el turismo. Con mucho menos —y sin clima templado— otros han despegado y alcanzado la prosperidad. Irlanda, entre ellos. ¿Entonces?

Nuestra problemática es productiva y comercial, sí, económica si se quiere, pero es fundamentalmente mental y educativa. Mientras sigamos aferrados a un pasado que, por serlo, ya está muerto, mientras sigamos velando a nuestros muertos, como velamos a Batlle entre 1930 y 1960, no arrancaremos. Mientras sigamos hablando casi despectivamente de "este país", con un sentimiento penoso de ajenidad al mismo, sin comprender que el país somos nosotros y que sus males y carencias reflejan nuestros hábitos, nuestra pereza, nuestro egoísmo y nuestra falta de iniciativa e imaginación, no encararemos el destino.

Mientras lo esperemos todo de los gobernantes y nada —o muy poco— de nosotros mismos, no arribaremos a buen puerto. El que asuma el gobierno el 1º de marzo de 2005, será prisionero de las circunstancias, de los poderosos de allende los mares y de sus compatriotas, si éstos —o sea, nosotros— no dejamos de quejarnos, de protestar y de perder el tiempo en reyertas aldeanas, así como en revolver un pasado que no debemos olvidar, pero sí, por lo menos, enterrar.

No es cierto que los gobernantes puedan decidirlo todo por sí. A lo sumo, orientan, encauzan.

Pero más son las veces que deben seguir a sus pueblos. Y su tiempo para sembrar y cosechar es corto. Muy corto.

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