Arranca la campaña electoral presidencial en Brasil y ella resulta decisiva también para la política exterior del gobierno de Orsi. En efecto, la derrota del candidato Lula implicaría quedar completamente aislado en el continente.
Cuesta creer lo divergentes que son las políticas exteriores de los países fundadores del Mercosur. Argentina ha expresado un alineamiento con Estados Unidos (EE.UU.) y con Israel en todo lo referente a los grandes temas internacionales. En vez de promover el encierro regional, está intentando abrirse a la inversión extranjera en sectores claves de su economía; en vez de conservar la vieja trenza (el concepto es del excanciller Sergio Abreu) con Brasil en el Mercosur, procura vínculos bilaterales potentes que le aseguren potenciar su comercio exterior y devolverle mayor autonomía en la escena mundial.
El caso de Paraguay es tan poco analizado en general como relevante en particular. No solamente es de los pocos países del mundo que conserva relaciones diplomáticas con Taiwán y no con China continental, lo que le permite beneficiarse de un trato preferencial que se traduce en estrechos vínculos comerciales, de inversiones y hasta militares, sino que además ha entendido radicalmente la nueva circunstancia hemisférica que trajo consigo la presidencia de Trump en EE.UU. En efecto, sin el tironeo de muchos países sudamericanos en torno al peso comercial de Pekín o sus inversiones estratégicas reales o potenciales, Asunción se ha alineado con Washington al punto de, por ejemplo, decidir avanzar juntos en inversiones de energía nuclear con fines civiles: esto quiere decir que, con la ya ventajosa situación paraguaya en cuanto a energías renovables, ese país quiere seguir siendo vanguardia en contar con energía abundante y barata que es la clave para potenciar el desarrollo económico.
Brasil tiene a su vez su propia política exterior bien diferenciada de la de sus socios. Integrante fundador del BRIC y apoyando además sus progresivas aperturas, es socio pero también crítico de la política de EE.UU. Lula se ha distanciado de las potencias occidentales en su evaluación del conflicto entre Rusia y Ucrania, y ha marcado grandes diferencias con la administración Trump en el manejo de la crisis de Medio Oriente, en la redefinición de la doctrina Monroe y en el reequilibrio hemisférico en favor de un liderazgo estadounidense que aleje la influencia china que fue creciendo a lo largo de este siglo XXI. Obviamente, Brasilia no recibe con agrado la mayor influencia argentina en la región, y Lula tampoco ha visto con buenos ojos el avance de gobiernos de signo opuesto al suyo en prácticamente todos los países sudamericanos.
Y aquí es cuando queda en evidencia el enorme riesgo de aislamiento de Uruguay. La administración Orsi apostó a un seguimiento radical de Brasilia en política exterior a la vez que a un protagonismo en foros multilaterales en los que ya sea EE.UU. no está presente -es el caso de Celac-, o ya sea que China está activo -el grupo de los 77 en la ONU-. Comparativamente, resulta increíble que luego de las claras líneas estratégicas lanzadas por Washington a partir del año pasado, no haya sido Montevideo sino Asunción, por ejemplo, quien se haya beneficiado más con el nuevo orden hemisférico en algo tan importante como una alianza en procura de energía más barata.
Resulta trágico también que frente al endeble avance de democratización en Venezuela nuestra cancillería no haya tomado mayor protagonismo para apurar ese proceso iniciado con la salida de Maduro, o que frente al acoso que ha sufrido Israel nuestra política exterior avale la ruptura de compromisos universitarios de primer orden con ese país, o permita una especie de neutralidad frente a Hamás y Palestina que resulta del todo indigna a la luz de nuestra rica historia de solidaridad con la única democracia de esa región.
En este escenario general, ¿acaso somos conscientes de lo muy aislados que quedaremos si el resultado en Brasil favorece a Bolsonaro? Todas las apuestas tercermundistas e izquierdistas de la administración Orsi habrán caído en total saco roto. Pero, también, si gana Lula, ¿acaso no es evidente que en este escenario global Montevideo estaría insistiendo en transitar un camino cisplatino que rompe radicalmente con nuestra independencia nacional?
Precisamos una política exterior que refuerce el perfil destacado de Uruguay como democracia en el mundo y que se beneficie de su lugar estratégico y en alianza con las principales potencias de Occidente.