Es difícil tomar cabal consciencia de lo que ha cambiado el mundo de la política internacional en el poco más del año que hace ya de la invasión rusa a Ucrania. Pero importa tenerlo claro porque tiene consecuencias sobre nuestra política exterior.
En primer lugar, aquella idea inicial rusa de una maniobra militar que ocuparía zonas estratégicas de Ucrania sin dificultades, y que resolvería la acción sin grandes pérdidas y en poco tiempo, se vio totalmente desmentida por la realidad política y militar en el campo de batalla. Si bien es cierto que Rusia ocupó y anexó una parte de Ucrania, no es menos real que Kiev recibió apoyos logísticos fuertes de parte de la OTAN y que la guerra perduró más de lo previsto por Moscú.
En segundo lugar, ese involucramiento de fuerzas occidentales fue profundizando una ruptura internacional que ya estaba en ciernes. Por un lado, las democracias occidentales no están dispuestas a aceptar el avance ruso: los países de la OTAN pasaron a gastar más dinero en armamentos y dieron señales claras de enfrentar cualquier pretensión de Moscú de extender la guerra a otros países y regiones de Europa del Este. Por otro lado, Rusia ha mantenido un fuerte apoyo de sus aliados más cercanos, entre los cuales Bielorrusia, pero también ha fortalecido sus vínculos políticos y estratégicos con China.
En efecto, la reciente visita del presidente chino a Moscú fue muy importante. Rusia se comprometió a seguir siendo gran proveedor de recursos energéticos para el desarrollo chino e incluso a promover que los intercambios comerciales internacionales con Asia, África y América Latina se realicen en yuanes para desplazar así al dólar. Pekín por su parte había ya presentado una especie de plan de paz para la situación en Ucrania sobre la base del respeto de los límites territoriales soberanos y de la exclusión del uso del recurso a bombas atómicas (incluso de porte táctico y menor) para inclinar la balanza de las fuerzas en pugna.
Hace pocos años atrás, ese involucramiento diplomático chino en una zona tan alejada de su influencia histórica como es Europa del Este hubiese sido completamente impensado. El mundo cambió radicalmente entonces, porque China está mostrando a partir de esta guerra de Rusia en Ucrania que, a través de su aliado de Moscú, está dispuesta a operar como hegemon internacional allí donde hasta ahora nunca había participado.
En el mismo sentido, el acercamiento entre Irán y Arabia Saudita, que implicó retomar relaciones diplomáticas y volver a un diálogo estratégico entre las dos grandes potencias de Medio Oriente, se hizo bajo los auspicios de China. Nuevamente es algo completamente impensado hasta hace algunos años. Por un lado, porque implica un camino diplomático que podría bajar la intensidad del conflicto en Yemen, por ejemplo. Por otro lado, porque se trata de un golpe de efecto en el que no participa en lo más mínimo la histórica potencia exterior, siempre aliada de Arabia Saudita, que es Estados Unidos (EEUU), y porque China aquí seguramente esté coordinando esfuerzos con su aliado ruso que tanto protagonismo ha tomado en Siria desde 2015.
La guerra de Ucrania no solamente trajo un conflicto militar a Europa, algo que no se veía desde el ataque de la OTAN a Yugoslavia en 1999, un mayor protagonismo del gasto militar, y una activa solidaridad de los países alineados con Occidente y EEUU en el viejo continente. Sino que también trajo consigo una especie de despertar chino en la escena internacional que ya no se contenta simplemente de oficiar de hegemon relevante en la zona del Pacífico, sino que se inmiscuye en conflictos de Europa del Este y de Medio Oriente en los que tradicionalmente sólo EEUU operaba como gran potencia militar y política externa.
Las consecuencias para América Latina son evidentes. Por un lado, ya China ocupa un lugar relevante como socio comercial de la inmensa mayoría de los países de la región. Pero, por otro lado, Pekín podría usar la influencia rusa (e iraní) que ya existe en el continente -a través de Venezuela, Cuba o Nicaragua, por ejemplo- para desarrollar sus vínculos en una dimensión clave como es la militar y en desmedro de la histórica influencia estadounidense.
Uruguay tiene que ser consciente de estos cambios relevantes en la política internacional sin dejar de privilegiar, siempre, sus intereses nacionales de mayor desarrollo y prosperidad: insistir con un mayor comercio tanto con China como con EEUU, y conservar su independencia soberana como Estado-llave de la entrada geográfica al sur del continente.