Hoy los hermanos argentinos concurren a las urnas para elegir presidente y renovar parcialmente su parlamento, en unas elecciones signadas por la incertidumbre. Hacia la noche sabremos cómo se ordenan las preferencias de los votantes y qué candidato se perfila a ser el próximo presidente de los argentinos.
Quizá, para matar la ansiedad hasta que comencemos a seguir los datos que comienzan a aparecer en nuestras televisiones, vale la pena poner en contexto en qué Argentina se desarrollan estos comicios y, en particular, qué lecciones se puede extraer del derrotero que ha llevado ese país en las últimas décadas. Lamentablemente para ese gran país y para todos quienes admiramos a tantos escritores, artistas e intelectuales argentinos de enorme fuste a lo largo de la historia, las enseñanzas que nos dejan sus políticos es de todo lo que no se debe hacer en materia de políticas públicas.
Seguramente conviene comenzar recordando que Argentina supo ser uno de los países más ricos del mundo y Buenos Aires una de las ciudades más desarrolladas hasta la década de 1930. Por aquel entonces el granero del mundo se desarrollaba a ritmo de vértigo gracias a la construcción institucional que comienza con la Constitución de Juan Bautista Alberdi de 1853 y se sigue con las presidencias que se sucedieron desde aquel año augural.
Nada tenía para envidiarle en términos de desarrollo económico la Argentina del presidente Marcelo Torcuato de Alvear de la década del veinte a los países de Europa. A partir del golpe de Estado de Uriburu en 1930, con la secuela subsiguiente de dictaduras, comienza la inestabilidad política que caracterizó al país hasta el retorno -esperemos que definitivo- a la democracia con el gobierno de Raúl Alfonsín en 1983. En ese contexto de inestabilidad surge el peronismo, al influjo del General Juan Domingo Perón que terminó de destruir ya no solo la institucionalidad sino también la cultura argentina.
Es el peronismo, con su asociación enfermiza con sindicatos y concepción corporativista del poder propia del fascismo de su tiempo original, el que dio forma a la decadencia argentina que se verifica a lo largo de casi un siglo, llegando a nuestros días. El desprecio por las formas del Estado de Derecho, el uso indiscriminado del poder político para sostenerse en el poder, la deslealtad institucional cuando está en la oposición y una política económica dirigista, empobrecedora y cavernaria han caracterizado su lúgubre legado. La última década larga del presente siglo en que la economía se encuentra estancada, sobreendeudada, con inflación desbocada y casi la mitad de su población en la pobreza es el corolario inevitable de una sucesión de errores groseros de política económica que solo supo de cortas e insustanciales interrupciones.
Argentina es un contraejemplo casi único en el mundo de un país que se desdesarrolló. Era un país rico cuando pocos lo eran, y mientras casi todos los demás avanzaron, ésta retrocedió.
Argentina es un contraejemplo casi único en el mundo de un país que se desdesarrolló. Era un país rico cuando pocos lo eran y mientras casi todos los demás -salvo los casos aún más salvajes de prácticas socialistas y populistas como la tragedia venezolana- lograron crecer y avanzar, el país de Jorge Luis Borges se las ingenió para retroceder a pasos agigantados. Esta involución formidable se dio a un costo humano gigantesco, con un deterioro doloroso de las condiciones de vida en el país y una creciente tensión que se manifiesta día a día en sus calles.
La solución para comenzar a revertir esta tragedia es a la vez sencilla y compleja. Si Argentina lograra reducir el gasto público elefantiásico que tiene, cortar el déficit fiscal, frenar la desbocada emisión de dinero, disminuir su deuda pública, abrirse al mundo eliminando las restricciones a las exportaciones, terminar con el cepo cambiario y los tipos de cambios múltiples, liberar a las empresas de una carga burocrática fenomenal junto a los controles arbitrarios que conlleva y algunas reformas más de tipo estructural no cabe dudas de que podría comenzar un proceso de crecimiento vigoroso. Pero esto que suena sencillo no es fácil de llevar a la práctica en un país maniatado por los sindicatos, empresas prebendarias, políticos corruptos y un sinfín de roscas y desmanejos. Lo que hay que hacer en términos de política económica parece bastante evidente, tanto como la enorme dificultad de poder concretarlo en un país donde hay más personas viviendo de planes sociales que de su trabajo.
Hoy los argentinos se enfrentan cara a cara con esta realidad a la hora de votar. De su decisión, finalmente, dependerá si tienen una oportunidad de intentar corregir el rumbo o seguirán penando detrás de la larga sombra de Perón.