Para enfrentar con éxito el desafío que implica el cambio climático, hay que asumir algunas verdades, mucho más “incómodas” de lo que algunos activistas quieren hacer ver.
La preocupación por los temas ambientales es algo que hace muchos años está presente en las páginas de opinión de El País. Incluso mucho antes de que se pusiera “de moda”, y de que existiera lo que hoy se conoce bien como greenwashing, o sea, una forma de pose ambiental, que adoptan muchas empresas y figuras públicas, para tener un rédito económico.
Sobre todo a partir de la irrupción del gran tema del cambio climático en la agenda pública y política de estos últimos años, también hemos sido testigos de un creciente radicalismo de algunas miradas y de algunas propuestas, que lejos de contribuir a enfrentar el problema, van en una línea exactamente inversa.
Esto sin contar con la notoria incorporación a lo que podríamos llamar este movimiento ambiental 3.0 de muchas personas y organizaciones con una mirada claramente socialista, y que han hallado en el miedo al cambio climático, la excusa ideal para reflotar viejos diagnósticos catastrofistas, y demandar medidas de control social e individual por parte de los estados.
Cuando uno escucha a gente radicalmente “de izquierda”, asumir estas posturas, es difícil no recordar que los atropellos más grandes al equilibrio ambiental han ocurrido mayormente en países comunistas y socialistas. Porque allí no hay esquemas de pesos y contrapesos que limiten la autoridad del poder.
El tema de fondo es, como con cualquier asunto de agenda pública, encontrar en camino razonable para resolver los desafíos que siempre tiene la especie humana en su desarrollo en el planeta. Equilibrar las necesidades económicas que demanda asegurar un nivel de vida digno a casi 8 mil millones de seres humanos que viven en el planeta, a la vez que mantener las condiciones ambientales que permitan la sostenibilidad de la vida a futuro.
Ello exige asumir ciertas verdades. La primera es que la pobreza es el principal generador de crisis ambientales. Cuando una persona no tiene para comer hoy, es menos probable que se preocupe por las condiciones de su entorno a 20 años. Alcanza con ver el nivel de prioridad que otorgan a los temas ambientales los ciudadanos suecos y de Eritrea.
Lo segundo, es que hoy el cambio climático se ha convertido en una industria. Miles de millones de dólares se mueven en el mundo en subsidios, proyectos, financiación de estudios, viajes, burocracia... Y esta burocracia va a luchar por sobrevivir y expandirse.
Un tercer punto, es que la causa ambiental no puede limitarse a pensar en el cambio climático. Hay muchos desafíos muy importantes y urgentes que las sociedades deben enfrentar, y que no están directamente relacionados con el calentamiento de la atmósfera.
Ahora bien, hay otros aspectos a tener en cuenta, no para cuestionar el cambio climático como proceso en marcha (de hecho el clima siempre ha cambiado), pero sí a la hora de estudiar las medidas a tomar para neutralizar los efectos humanos que lo potencian.
El primero es la limitación humana para entender lo que nos rodea. Basta recordar a Malthus, su ensayo sobre la población mundial, y cómo, pese a usar los conocimientos más avanzados de su era, erró en mucho en sus vaticinios. A la hora de pensar en “soluciones” de máximas, siempre es bueno guardar un espacio para asumir que podemos estar equivocados.
El segundo es tener cuidado con los diagnósticos livianos. Se ha vuelto muy común escuchar a políticos y ONG de países ricos hablar de cosas como el “decrecimiento” económico, y otros planteos, con una liviandad que espanta. Por un lado, porque parece profundamente injusto que europeos que arrasaron su continente para lograr el nivel de vida privilegiado que tienen, le digan a un indonesio o a un brasileño, que no tiene derecho a mejorar en su confort y vida. O sugerir frívolamente que costos de miles de millones de dólares son fácilmente asumibles, cuando ello tendrá un impacto directo en la vida de mucha gente en países en desarrollo.
Por último, hay un elemento que hay que poner sobre la mesa. Algo que los americanos llaman human ingenuity, y que no tiene traducción simple al español. Significa que la especie humana siempre ha mostrado una capacidad de adaptación y superación de los desafíos, en base a su creatividad e ingenio. Todo lo avanzado en muy pocos años en materia de energías renovables es prueba de esto.
El problema del cambio climático es real, existe, y nos exigirá esfuerzo y sacrificio. Pero hay que tener claro que hay paja, y hay trigo, y que el miedo y el dar más poder a la burocracia, jamás ha sido solución a los desafíos de la humanidad.