El hombre que moldeó su época

No es que un ciclo histórico se haya cerrado. Pero sin duda la muerte de uno de los protagonistas centrales de esa época, por la importancia que tuvo en su momento y por la proyección histórica que adquiere, ayuda a reafirmar que un ciclo se cerró y el mundo atraviesa hoy otra era.

Por eso impacta la muerte de Henry Kissinger, secretario de Estado durante el gobierno de Richard Nixon, un pensador sutil, un político controvertido y un personaje que cubrió de punta a punta el tiempo de vida de una generación entera.

Tenía 100 años cuando murió, seguía tan lúcido como en el primer día y hace muy poco tiempo había publicado su último libro y visitado al presidente de China. Desde Mao Zedong hasta Xi Jinping, Kissinger se reunió con todos.

Fue un personaje que se movía con comodidad en dos mundos. Por eso fue tan controvertido. Manejaba la sutileza de la diplomacia con la suavidad de una paloma y tomaba decisiones duras con la implacable fiereza de un halcón. Conoció grandes éxitos y tuvo sus fracasos.

Nacido en Alemania, mantuvo hasta el final de sus días un fuerte acento cuando hablaba inglés, el idioma de su patria adoptada. Emigró a Estados Unidos, como tantos judíos, huyendo de la persecución nazi.

Si bien tempranamente era invitado para consulta por distintos presidentes norteamericanos, dedicó parte de su vida a la academia. Fue profesor universitario, investigador y autor de libros sobre política y las relaciones de poder en el mundo. Su opinión era escuchada y sus teorías estudiadas.

Richard Nixon, dos veces presidente de Estados Unidos (aunque debió renunciar en el segundo período a causa del escándalo Watergate) lo llamó para ser su asesor en Seguridad Nacional y luego su secretario de Estado.

Ahí mostró esa llamativa facilidad para moverse en mundos distintos. Profesor, hombre reflexivo, de lecturas y biblioteca, fue un activo canciller que se movía de país en país, tejía acuerdos secretos sin que nadie supiera siquiera dónde estaba, y daba golpes de efecto producto de su pasión por la acción.

Le tocó actuar en plena guerra de Vietnam, una guerra que él siempre supo que estaba perdida, pero que igual insistió en ella con decisiones polémicas en cuanto a acciones bélicas que provocaron innecesarias muertes civiles y militares. Fue también el artífice de la paz que puso fin a esa cruenta guerra, impopular en Estados Unidos.

En las reuniones celebradas en París, negoció con el enemigo, Vietnam del Norte, lo que llamó una “paz con honor”. No fue con honor, la retirada forzada de Estados Unidos de Saigón, tiempo después de acordada la paz, fue una de las grandes humillaciones vividas por los nor- teamericanos. Como sea, era una guerra sin salida y había que terminarla. Por haber negociado esa paz, ganó el Premio Nobel al igual que su par vietnamita, que no lo aceptó.

Astuta y genial fue su negociación con China comunista. Era la China dura, cerrada, la de Mao enfrentada al régimen soviético, también comunista. Hubo viajes secretos, contactos no registrados hasta que al final el propio presidente Nixon visitó Beijing. En tiempos de guerra fría, a Kissinger le interesaba un equilibrio de poderes entre potencias rivales: acercarse a China para presentarse frente a la URSS.

Diplomático exquisito, académico estudioso y reflexivo, no dudó en pasar a la acción y a veces de la peor manera. Su interferencia en el complicado proceso chileno durante el gobierno de Salvador Allende manchó su prestigio. Al instigar el golpe militar y apoyar al régimen de Pinochet quedó marcado en su más cuestionable faceta.

Fue un personaje de alto perfil y fuerte protagonismo en esa etapa de la Guerra Fría, marcó una concepción del poder y de cómo debía ser el equilibrio entre potencias rivales. Desde su erudición ofreció una reflexión de fondo sobre el rol de la diplomacia y estuvo en el centro del escenario mucho tiempo. Disfrutó ser protagonista y a toda una generación, para bien y para mal, la marcó.

Al repasar algunos de los grandes mojones de su vida, se hace evidente que también fueron grandes mojones de la historia universal. Es que Kissinger estuvo en el centro de ella, moldeándola a su gusto y placer.

Vivió un siglo entero y si bien el ciclo en el que fue protagonista ya terminó, su muerte nos lo recuerda con contundencia. Hoy los tiempos son otros, los temores y las incertidumbres son distintas, quizás mayores, los valores que unos y otros defienden son más endebles.

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