Es conocida la voluntad del Frente Amplio (FA) de desarrollar comités de base y adhesiones políticas en Buenos Aires de forma de promover una movilización partidaria que se traduzca en una masiva concurrencia a las urnas de uruguayos residentes en la vecina orilla los días de elecciones del año próximo.
El asunto ya tuvo repercusiones importantes en elecciones pasadas. Sabido es que el candidato presidencial del FA en 2004 evitó el balotaje por algo menos de 10.000 votos, y que fueron mucho más de 10.000 personas las que viajaron desde Argentina y embanderadas con la izquierda para sufragar por Vázquez. De hecho, buena parte del pésimo relacionamiento bilateral entre el gobierno kirchnerista y la administración de Vázquez fue una consecuencia de ese episodio, ya que el peronismo que acababa de llegar al poder en Buenos Aires consideraba que el FA “le debía” el triunfo de octubre de 2004 por causa, justamente, de esa fortísima movilización electoral que él había colaborado en generar.
Más cerca en el tiempo, en la última elección interna de diciembre de 2021, donde triunfó por amplio margen el actual presidente Pereira, la sede denominada Argentina recibió 1405 votos: fue una cifra mayor que los que votaron en esa ocasión al FA en Treinta y Tres, Lavalleja, Flores o Cerro Largo, por ejemplo. Para llevarlo a datos comparativos dentro del sector comunista del FA, que fue el más votado en esa interna, hubo más votos por los comunistas en Argentina que en los departamentos de Treinta y Tres, Soriano, Rocha, Rivera, Río Negro, Lavalleja, Florida, Flores, Cerro Largo y Artigas, es decir, diez en total.
Este peso de la movilización argentina tiene dos tipos de consecuencias muy importantes para el FA. Por un lado, está la natural argentinización de la visión política de los izquierdistas uruguayos que allí residen. En efecto, los paralelismos burdos entre el gobierno de Lacalle Pou con los movimientos políticos que se oponen al kirchnerismo, y entre el FA de Uruguay y la retórica y acción política más propia del oficialismo argentino actual, llevan a leer la vida política uruguaya en función de criterios completamente alejados de la forma natural y tradicional con la que en nuestro país se entiende el juego democrático.
En concreto, lo que podríamos llamar “la interpretación argentina” de la izquierda frenteamplista profundiza la grieta política en torno a un ellos- nosotros muy asociado al peronismo; cree con devoción en que hay una ola derechista neoliberal y antipopular que encarna Lacalle Pou en Uruguay; y se presta fácilmente para todo tipo de análisis complotista - como que la inflación de más del 100% anual en Argentina sería una consecuencia de una manipulación de precios de grandes empresarios que, como en Uruguay, estarían conspirando contra los movimientos populares -, que de ninguna manera arroja buena luz sobre el entendimiento real de las consecuencias de las políticas populistas que se han desarrollado en el continente, y en particular en la vecina orilla.
Por otro lado, la movilización argentina del FA pone sobre la mesa un tema sobre el cual parte de la izquierda ya ha manifestado que quiere volver a plantear en un plebiscito constitucional en las elecciones de 2024, y que seguramente termine efectivamente proponiendo, presionado como está, justamente, por el peso del aparato argentino en su estructura de votos y por un convencimiento ideológico en el que los comunistas y otros sectores afines a la precandidatura de Cosse tienen gran protagonismo: la habilitación del voto de los uruguayos residentes en el extranjero.
El pueblo uruguayo con contundencia y claridad ya votó sobre ese asunto en 2009: casi dos de cada tres uruguayos dijeron que no estaban de acuerdo. Sin embargo, la actitud del FA en este tema es similar a la que tuvo con relación a la ley de caducidad que fue ratificada por el pueblo en 1989 y en 2009: en vez de aceptar la voluntad popular, se propone desestimarla para procurar un cambio que significaría echar por tierra con la excelente ingeniería de garantías para el voto que existen en Uruguay desde hace casi un siglo ya, y que es donde descansan las certezas electorales de las que tanto nos enorgullecemos como democracia.