En 1827 Francia vive bajo el clima de la Restauración. Luego de la Revolución y el imperio napoleónico, los Borbones han regresado al trono. Al prudente Luis XVIII, hermano del guillotinado Luis XVI, le ha sucedido otro hermano, Carlos X. Con él gobiernan quienes "nada habían olvidado y nada habían aprendido", empeñados cruelmente en regresar a un pasado imposible.
El 20 de julio de 1827, el "Journal des Débats", principal diario de Francia, publica una noticia mínima: la esposa de un rico propietario de la región de Grenoble ha sido herida gravemente por un ex seminarista de 25 años.
Brangues es una pequeña comuna de 850 habitantes, con su iglesia y dos Castillos, en medio de las montañas. Berthet, el sólido herrero, no aprecia al menor de sus hijos, Antoine-Marie, de 17 años. Los demás comparten con él los duros trabajos de la forja, pero éste le salió delicado de salud, pequeño, flaco y tímido. Solo el cura del pueblo percibe en él una inteligencia vivaz: le enseña algo de latín y ciencias y lo recomienda para el seminario menor de Grenoble. Ingresa en octubre de 1818. A pesar de ser un alumno brillante, cuatro años más tarde está de nuevo en Brangues. Argumenta que en el seminario le han recomendado un tiempo de reposo por su mala salud, pero la verdad es otra. Detrás de un exterior tímido y amable se ocultaba una personalidad orgullosa, susceptible e irritable. Su nula tolerancia a la frustración se expresaba en cólera, impaciencia y desdén ante cualquier observación. Por fin fue suspendido o directamente expulsado del seminario. De todos modos el viejo cura de Brangues, tomó por buena la versión de Antoine y le gestionó un trabajo con Louis-Joseph Michoud de la Tour, que necesita un preceptor para sus dos hijos menores. Se le ofrece alojamiento, alimentación y una cuenta bancaria destinada a financiar sus futuros estudios.
Cuando el hijo del herrero llega al castillo, su vista se fatiga ante un lujo desconocido: muebles de estilo, retratos de antepasados, arañas y candelabros de cristal. Sin embargo nada supera el momento en el que ve bajar por las escaleras de mármol a Jeanne Francoise Eulalie Giraud, madame Michoud, de treinta y tres años. Son trece menos que su marido y casi doce más que Antoine. Más allá de una discreta belleza, su elegancia y encanto la endiosan a los ojos del seminarista. Esta joven madre de siete hijos tiene una reputación impoluta; ni las peores lenguas del pueblo pueden endilgarle desliz alguno. Su marido, lejos de ser un noble a la antigua usanza, cada día caligrafía meticulosamente sus cuentas y atiende sus negocios. Antoine carece de paciencia para educar a los niños, pero las penas del oficio se compensan con los encantos de la madre, que lo trata con deferencia y cariño. Se imagina aportando un soplo de aire fresco al viejo castillo y particularmente a Eulalie, cuyo marido sólo sabe hablar de negocios y política. Seguro de lograr el amor de aquel corazón seguramente insatisfecho, le escribe pequeñas notas sugerentes y las desliza en sus manos. ¿Hubo respuesta o Eulalie sólo se contentó con los halagos y avances de aquel joven tierno, inexperto y hermoso, que tanta compasión le despertaba?
Es sabido que los rumores son implacables, sin embargo nadie susurró que Eulalie hubiera pasado de la compasión al favor y del favor al privilegio, aunque una sirvienta advirtió a Michoud de la Tour de la riesgosa cercanía del seminarista con su esposa. Sin creer o dejar de creer, despidió discretamente al preceptor y escribió en su meticuloso libro de cuentas: "Se le entregaron al señor Antoine Berhet 44, francos con 85. Dejo constancia de una deuda de 200 francos que se le pagarán con intereses que correrán a partir de la fecha del 1º de noviembre de 1824".
Antoine vuelve a su casa natal, vencido, quizás desconcertado, seguramente resentido. Ingresa a otro seminario de la región, pero al año está de vuelta en Brangues. Su obsesión le lleva nuevamente al castillo donde el matrimonio Michoud lo recibe amistosamente, juegan a la petanca y le presentan al nuevo preceptor, lo que no hace más que aumentar su resentimiento. No pasará mucho tiempo para que Antoine vuelva a pretender a una mujer demasiado lejana para su modesta condición. Cuando el conde de Cordon le contrata como preceptor, intenta seducir a su hija Henriette y le despiden nuevamente.
A los 23 años Antoine había acumulado amargura, algo de experiencia, ambición y muchos fracasos. Cree que Eulalie Michoud es la responsable del amor loco y obsesivo que lo consume, origen de todos sus males. Comienza a entrenarse con una pistola y le escribe al cura del pueblo: "El día que me aparezca bajo el campanario de la parroquia pronto sabrán porque". El domingo 22 de julio de 1827, Antoine Berthet llega a la iglesia. En el momento de la comunión, cuando todos los fieles están arrodillados, con los ojos cerrados en oración, dos disparos suenan. Uno ha herido a Madame Michoud, con el otro, Berthet ha intentado suicidarse; herido gravemente alcanza a saber que Eulalie está viva y se siente aliviado.
Tirado en un calabozo, sin atención médica, suplica al fiscal general que lo juzgue inmediatamente y se le conduzca a la guillotina. Pero pasarán todavía varios meses hasta que comparezca ante el tribunal, volando de fiebre, la cabeza mal vendada, vestido de negro. Los encantos de Antoine atraviesan su lamentable imagen y las mujeres presentes lloran por él. Madame Michoud se excusa de atestiguar aunque envía una nota pidiendo clemencia para Antoine. El 23 de febrero de 1828, a las once de la mañana Antoine Berthet fue guillotinado en la plaza de Grenoble. Nacía Julien Sorel.
El escritor Stendhal siguió atentamente los detalles del juicio y fue tan seducido por la personalidad de Berthet, como detestaba el clima social y político de la Restauración. En noviembre de 1830, publicó la novela "El rojo y el negro", un monumento de la literatura. Eulalie murió en octubre del año siguiente, con 41 años; su marido vivió hasta 1855 y fue alcalde de Brangues entre 1830 y 1852.