El desafío político

En su columna del domingo pasado, Juan Martín Posadas reflexionó sobre la lógica del balotaje que impone una estructura binaria en la que los partidos tradicionales ocupan una mitad del país. De no mediar algún "invento" que potencie sus fuerzas, señalaba Posadas, esos partidos van camino a la perpetuación de fracasos electorales.

Los blancos se precian de integrar un partido que estuvo 93 años en el llano. Sin embargo, ningún partido político en democracia resiste esa travesía por el desierto del poder durante tanto tiempo. En realidad, a lo largo del siglo XX, a través de la coparticipación política, y desde los numerosos refugios de gobiernos departamentales, los blancos, inteligentemente, supieron mantener viva la llama cívica de un partido acostumbrado a perder elecciones presidenciales.

Luego de los triunfos de 1958 y 1962, se mostraron capaces de representar una opción de poder válida. Fueron años revolucionarios para la mística partidaria: se venció la tentación romántica y quijotesca de contentarse con resistir, enhiestos y dignos, las sucesivas derrotas -en los campos de batalla primero, en las elecciones populares después.

Los resultados electorales de 2004 y 2009 marcarán una década de gobierno de izquierda en el país. Pero, a diferencia del escenario bipartidario del siglo XX, el espacio de oposición al gobierno es ocupado ahora por dos partidos de tradiciones distintas.

Además, las reglas de juego para las municipales han mostrado que una puja electoral entre blancos y colorados termina beneficiando a los candidatos del Frente Amplio. Así ocurrió en 2005 en Paysandú, Salto, Florida, Maldonado, Treinta y Tres y Rocha. No es impensable que pueda ocurrir algo similar en mayo próximo en esos departamentos, y en dos escenarios más: Río Negro y Soriano.

Así las cosas, resistir a la lógica binaria impuesta por la reforma constitucional de 1997 importa el suicidio político de los partidos tradicionales. ¿Qué sentido tiene para el Partido Colorado, consustanciado con el ejercicio del poder, bregar con relativa chance electoral sólo los gobiernos departamentales de Río Negro y Rivera? ¿Qué perspectivas de éxito político puede conservar el Partido Nacional si termina afianzándose en los municipios menos poblados y menos ricos del centro y noreste del país, más Colonia y San José?

Nuevas realidades políticas y electorales precisan de nuevas actitudes partidarias. Repetir los mismos comportamientos solo tendrá como consecuencia garantizar los mismos resultados. A lo largo del tiempo, Los blancos han sabido manejarse con pragmatismo y capacidad de adaptación a circunstancias y reglas electorales distintas. Por ejemplo: los caminos de unidad partidaria abiertos en 1954, que aseguraron el triunfo de 1958, se emprendieron sobre la reforma electoral forjada en 1952.

Detrás de la unidad electoral de la izquierda existe un variopinto conjunto de matices y posiciones políticas disímiles. El pensamiento de Mujica es bien distinto al de Astori; sin embargo, la fórmula frenteamplista sintetizó una unidad ganadora.

Detrás de los partidos tradicionales hay sensibilidades y visiones diferentes. Pero hace una década que centenares de miles de ciudadanos eligen a un partido tradicional u otro en función de propuestas, acentos y candidaturas distintas. Y lo hacen a sabiendas de que luego, seguramente, esos partidos serán socios políticos en el ejercicio del gobierno.

Hay que dejar de lado las añejas discrepancias del siglo XX. Para avanzar en la política del siglo XXI con perspectivas de triunfo, los partidos tradicionales precisan promover una perseverante concertación política. Y también precisan utilizar las herramientas electorales de manera innovadora y conjunta.

Sin duda, para algunos ciudadanos blancos y colorados, este camino habrá de presentarse como revolucionario y difícil de aceptar. Pero no hay otro: persistir en la lógica actual sumirá a los partidos tradicionales, inevitablemente, en sucesivas derrotas municipales y nacionales.

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