Durban y una nueva vergüenza

Hay hipocresías diplomáticas que ya ni siquiera pueden disimularse. De las múltiples conferencias y foros cuyos fines reales terminan siendo exactamente los contrarios a los proclamados hay pocos tan cínicos como la Conferencia Mundial contra el Racismo de las Naciones Unidas, más conocida como conferencia de Durban, luego convertido en “proceso” en sucesivas reuniones.

En teoría todo suena muy lindo. La conferencia de Durban de 2001 fue convocada para luchar contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y formas conexas de intolerancia. ¿Quién podría estar en contra de algo así? Evidentemente nadie, pero en seguida vino la trampa, porque una causa noble puede ser capturada y deformada con fines oscuros y eso fue, precisamente, lo que ocurrió.

Lo que debía ser una afirmación universal de la dignidad humana terminó convirtiéndose en una plataforma de sesgo político, obsesión antiisraelí y tolerancia hacia expresiones que, bajo cualquier estándar decente, merecen el nombre que corresponde: antisemitismo. Dicho de otro modo: en nombre de la lucha contra la discriminación, Durban ayudó a legitimar una nueva discriminación abyecta y despreciable.

Desde entonces, el problema no fue solo la conferencia original, sino el empeño casi litúrgico por conservarla como referencia moral. Para muchas de las democracias más sólidas del mundo Durban dejó de ser hace tiempo una bandera antirracista y pasó a ser el símbolo de cómo una causa justa puede degradarse cuando cae en manos equivocadas.

La objeción israelí no es un berrinche diplomático, es una conclusión perfectamente razonable: cuando un foro internacional trabaja con esfuerzos dignos de mejor causa para generar un clima de hostilidad contra los judíos, ese foro pasa a ser una ámbito que no merece ninguna legitimación, todo lo contrario.

Dado que Durban es lo que toda persona medianamente informada sabe que es un foro sencillamente antisemita, llama la atención el giro reciente de la Cancillería uruguaya. Uruguay había decidido sensatamente en 2021 no participar en la conmemoración de Durban IV. Lo hizo junto a países de impecables credenciales democráticas como Australia, Canadá, Dinamarca, Francia, Alemania, Israel, Italia, Países Bajos, Nueva Zelanda, Suecia, Ucrania, Reino Unido y EE.UU., entre otros. En 2021 gracias a la decisión del gobierno de Luis Lacalle Pou quedamos del lado correcto de la historia, combatiendo el antisemitismo en todos los ámbitos como ha sido característico de la política exterior del Uruguay desde siempre.

Sin embargo, este año, en el comunicado oficial por el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, el Ministerio de Relaciones Exteriores sostuvo que la Declaración y Programa de Acción de Durban “continúan siendo una guía fundamental” para enfrentar las causas estructurales del racismo. No es una frase asilada ni un concepto menor, es un error garrafal que nos genera una enorme vergüenza en todos los ámbitos sensatos y que sorprendió al mundo por el cambio que implicó en la postura de Uruguay.

La pregunta, entonces, se impone sola: ¿qué necesidad había de dar este paso? ¿Qué ganaba Uruguay sumándose a la rehabilitación retórica de un proceso tan controvertido? ¿Qué aporta, exactamente, presentar a Durban como brújula moral, cuando su nombre está con toda justicia asociado al más despreciable antisemitismo y a la degradación de una causa universal?

La respuesta más benévola sería hablar de automatismo burocrático: alguien copió el lenguaje que circula en ciertos organismos internacionales, lo pegó en un comunicado, y nadie se tomó el trabajo de pensar demasiado. En este caso el error es por falta de profesionalismo y sería bueno que se rectificara. La respuesta menos benévola sería reconocer una vieja enfermedad de la diplomacia contemporánea: seguir sin cuestionamientos la política internacional de Brasil, Colombia y otros gobiernos que han sido expresamente antisemitas en sendas declaraciones en los últimos años.

Uruguay debe combatir toda forma de racismo, es lo que marca nuestra historia y lo que exige el alma de nuestro pueblo. Es necesario entonces que la Cancillería rectifique este error gigantesco con una declaración a la altura de lo que merecen las mejores tradiciones de nuestro país. Porque a esta altura conviene decirlo sin eufemismos. Durban simplemente representa una de las expresiones internacionales más despreciables y miserables del antisemitismo.

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