Dos varas en la Universidad

La Universidad de la República está quedando en flagrante ridículo con sus idas y vueltas en torno a la concesión del título de doctor Honoris Causa a Mario Vargas Llosa. El problema lo plantea un grupo de docentes que desde hace meses bloquea la decisión debido a la "militancia neoliberal" del Nobel peruano y a sus simpatías por la gestión de la ex gobernante británica Margaret Thatcher.

Es evidente que la política -en la peor acepción de esa palabra- está detrás de esa actitud de los profesores universitarios, algo que induce a la perplejidad pues hasta ahora los antecedentes políticos de un literato nunca se tomaron en cuenta a la hora de discernir el Honoris Causa. Lo prueban los títulos otorgados en su momento por la Universidad a escritores como el paraguayo Augusto Roa Bastos, al portugués José Saramago y al uruguayo Mario Benedetti, tres confesos admiradores de Fidel Castro y otros dictadores de izquierda.

El caso de Saramago es quizás el más llamativo porque este otro Premio Nobel fue un estalinista del más duro cuño cuando en la URSS de los siniestros "Gulag" se violaban a mansalva los derechos humanos. En el año 2000, cuando se le concedió ese honor en Montevideo ningún docente alzó su voz para recordar tamaña mancha en su pasado.

Comparado con el de estos tres laureados, el currículo de Vargas Llosa resulta seráfico porque su mayor pecado según sus detractores uruguayos, es admirar a la Thatcher, una primera ministra que llegó al poder por medio de las urnas en un país que es ejemplo de democracia. Un país que, digamos de paso, con el apoyo de todos los partidos políticos le erigió a ella -en vida- una estatua en el interior del legendario Parlamento inglés.

Otra imputación que nuestros profesores le hacen al autor de "La ciudad y los perros" es que se trata de un "neoliberal", un difuso adjetivo con el que pretenden descalificarlo. A ojos de ellos tal parece que más le valdría ser maoísta, estalinista o partidario de la lucha armada en cuyo caso le conferirían la bendición universitaria sin discusión alguna.

Tanto sectarismo tiene su caldo de cultivo en un ambiente intelectual como el nuestro que reaccionó como picado por avispas cuando Vargas Llosa ganó el Nobel. Entonces hubo quienes cuestionaron que se le entregara ese premio -entre ellos, para vergüenza de todos, el director de la Biblioteca Nacional, Carlos Liscano- debido a las creencias políticas del peruano. No lo hicieron, en cambio, cuando lo recibió ese castrista irredento que es Gabriel García Márquez.

Así, midiendo a los talentosos con dos varas, se maneja el tema en la Universidad a despecho de los valores personales de Vargas Llosa que, como defensor de la libertad, enfrentó dictaduras de todos los signos empezando por las de su propio país, Perú, en donde sus libros fueron quemados por los militares en los patios de los cuarteles en señal de repudio. Un hombre que tras su apoyo inicial a la revolución cubana la condenó por su carácter totalitario y liberticida.

No es preciso indagar mucho para saber cuál es la ideología radical y antidemocrática que ciega a los docentes que posponen la concesión del Honoris Causa desde hace un año. Si se salieran con la suya, la Universidad quedaría mal parada como advirtió el rector Rodrigo Arocena, partidario de otorgar el título en cuestión.

Esos docentes tan politizados debieran recordar las palabras de un gran pensador, Carlos Real de Azúa, cuando resaltó entre las tareas esenciales de toda Universidad la de constituirse en un polo cultural, un centro emisor de mensajes con un contenido capaz de elevar el nivel de la reflexión y los debates en una sociedad. Muy lejos de ese ideal estaría nuestra Universidad si se lanza por el despeñadero impulsado por el grupo de fanáticos que alberga en su seno y que buscan imponer su veto merced al intrincado sistema de cogobierno con que se adoptan las decisiones. Su ya decaída imagen sufriría un impacto negativo tanto a nivel local como internacional.

Lo más deplorable es que los antagonistas de Vargas Llosa son docentes universitarios de los que cabría esperar otra amplitud de miras y un mayor respeto por quienes piensan de manera diferente. Asfixiados como están por sus prejuicios ideológicos nada bueno puede esperarse de ellos a la hora de formar a nuestros futuros universitarios.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar