Tres menores fugados del INAU matan de un tiro a un hurgador en el barrio Ituzaingó; tres menores escapados del Hogar Piedras de la Colonia Berro son detenidos; ocho menores se fugan de otros dos hogares de la misma Colonia; dos menores (el más chico, 13 años) intentan rapiñar un ómnibus en Paso de la Arena; diecisiete menores infractores continúan alojados en varias comisarías montevideanas de donde algunos escapan; dos menores de 15 años asaltan un local de pagos del Parque Rodó; la Justicia sanducera procesa con prisión -por omisión contumaz a los deberes de la patria potestad- a los padres de un menor infractor que integraba la banda acusada de rapiñas y copamientos; cinco menores marchan a la cárcel por atracos a locales de pago (44 de los cuales han sido asaltados en cuatro meses). Esos datos figuraron en la prensa entre el 5 y el 9 del corriente, pero culminaron ese mismo día con la noticia del asesinato de dos menores (15 y 17 años) ocurrido el viernes de noche en incidentes en el entorno de un partido de basquetbol en la cancha de Aguada.
Ese episodio forma parte de un panorama que no sólo se expande y se acelera, sino que ya parece irreversible. Una parte de él caracteriza desde hace tiempo la degradación de la conducta colectiva en los espectáculos deportivos. Hasta hace poco, esos extremos de violencia criminal se daban en el fútbol, pero desde el viernes 8 también se producen en otros escenarios y demuestran que ciertas formas de agresividad van generalizándose, a medida que se deterioran ciertas normas y se multiplican otras modalidades del comportamiento criminal a partir de edades que antes hubieran asombrado a cualquier observador pero que hoy no sorprenden a nadie. Un criminal de 12 o 13 años es actualmente un personaje acostumbrado en la crónica roja, de manera que conviene calcular las consecuencias del fenómeno, mientras los niños uruguayos abandonan el lápiz con el que no aprendieron a escribir, para empuñar el arma con la que aprenden a matar.
El crecimiento demográfico en las capas más desvalidas de esta sociedad -madres que empiezan a procrear a los 13 años, llegan a tener muchos hijos en un hogar desintegrado, parte de ellos cae luego en la categoría de niños de la calle- es uno de los semblantes del descalabro social y sobre él se está llamando la atención desde hace décadas. Pero la clase dirigente del país no lo ha encarado con el detenimiento que reclamaba, y así dicho lastre ha contribuido a la pavorosa desculturización de los uruguayos. Los más veteranos fueron criados para vivir en un país que ya no existe y los jóvenes de sectores periféricos canjean las energías productivas por los impulsos violentos que los convierten en patéticos ejemplares de barras callejeras, agrupamientos que figuran asimismo en medio de la afición deportiva. Pero el problema no se reduce a ese campo, donde los viejos mitos y una enfermiza emotividad juegan su propio campeonato.
En casos como la doble tragedia del viernes 8, se habla de redoblar la vigilancia policial en los partidos y de que el Ministerio del Interior podría firmar con la Federación Uruguaya de Basquetbol un acuerdo similar al que ya suscribió con la gente del fútbol. Esas ideas le quedan chicas al escalofriante problema que las motiva y antes de que se pongan en práctica ya se sabe que no lo remediarán. Para confirmarlo, y como ejemplo del naufragio de una cultura, conviene saber lo que sucedió al atardecer del domingo en el mismo barrio donde murieron los dos adolescentes. Otros jóvenes (hinchas de un equipo rival) circularon en motos con parlantes a todo volumen tocando cumbias. Cuando una vecina los detuvo señalándoles que eso era una afrenta para el duelo que vivía la zona, uno de los motociclistas contestó: "Señora, nosotros estamos de fiesta".
Por el momento se suspendieron todos los partidos del torneo de basquetbol y habrá hoy dos marchas populares pidiendo justicia por ambos crímenes. Pero ya es tarde para unos gestos que son estimables aunque inútiles. También es tarde para remediar el futuro que le espera a esta sociedad, tan confiada en que los hechos de sangre protagonizados por menores son desgracias ocasionales que pueden ser combatidas con más agentes a la entrada de las canchas o más patrullaje en la ciudad. La verdad es mucho más compleja, más profunda y más turbia que esos recursos, porque cierta juventud de hoy, la que concurre armada al liceo o al partido, supone que su vida no vale nada y por lo tanto la vida de los demás tampoco. Por eso estamos perdidos.