Uruguay enfrenta en estos días un enorme dilema teológico, un dilema que ha sacudido los cimientos de la nación: determinar si Mujica es o no es Dios.
Así lo planteó el presidente del Frente Amplio Fernando Pereira, al decir días atrás que “el problema es pensar que Mujica es Dios”.
Por cierto, hay muchos uruguayos a los que jamás se le pasó por la cabeza que Mujica sea Dios, ni nada que se le parezca. Por lo tanto, el inefable dirigente frentista se estaba dirigiendo a su propia militancia. Solo allí es posible encontrar gente que ve al expresidente como una deidad. Sobre estos devaneos Danilo Arbilla escribió el sábado pasado una columna que recomendamos leer.
“Desdivinizar” a Mujica tiene sentido cuando se trata de discrepar con él. Cuando se hace necesario neutralizar sus dichos (y más si tiene razón) para que no contradiga los fantasiosos relatos que al resto del Frente le gusta inventar.
Que el presidente de todo el Frente Amplio desautorice de un plumazo a quien fuera presidente de la República y un referente para ese sector político, es llamativo. Distinto hubiera sido si la crítica viniera de un dirigente sectorial. Pero no es el caso de Pereira por cuanto se supone que él representa al conjunto del Frente Amplio, a todos sus variados grupos, cada uno muchas veces con distintas opiniones a los otros.
La desesperación por mantener el relato al precio que sea, de distorsionar la realidad con tal de mantener un alto nivel de agresividad opositora, todo lo permite.
Es que cuando Mujica, ante la crisis del agua, sostiene que “tendríamos que haber arrancado antes, nos dormimos todos, compartamos la responsabilidad”, está reconociendo que su propio gobierno y los otros de su partido, estuvieron omisos. Eso es un hecho y Mujica lo sabe por el simple hecho de que estuvo en el gobierno. No es algo que vio de afuera.
Por lo tanto, es insustancial que Pereira diga, ofuscado, que “discrepa profundamente” con el expresidente. Se puede discrepar con alguien que plantea opiniones distintas a las de uno, ¿pero cómo se hace para discrepar con un hecho irrefutable?
Que el presidente de todo el Frente Amplio desautorice de un plumazo a quien fuera presidente de la República y un referente para ese sector político, es llamativo.
Cada día más, este país se está acostumbrando a lidiar con dirigentes políticos que se inventaron una irrealidad, viven en ella, la predican y quieren convencer al resto de la gente que así son las cosas. El asunto es que disimulan tan mal que no solo ya no convencen, sino que empiezan a fastidiar.
En medio de todo este ruido, hubo la semana pasada una noticia que llamó la atención: la militancia del Partido Nacional anunció que se estaba preparando para defender la ley de reforma jubilatoria a lo largo y ancho del país.
Parece una decisión acertada. Implica además ir sin remilgos a favor de una ley que quizás pueda considerarse impopular, pero que sin duda es necesaria y fue un acto de suma responsabilidad proponerla y aprobarla.
Cuando un grupo de militantes asume un desafío de esas características, sin duda trasmitirá a quienes los escuchen una profunda y sólida convicción en lo que dicen.
Lo mismo deberían hacer todos los partidos de la coalición y no solo respecto a esta ley, sino en todos los pasos dados por este gobierno desde que asumió y desde que enfrentó la pandemia.
No tiene sentido que la estrategia del oficialismo se remita solo a pegarle duro a Carolina Cosse por sus constantes desatinos. Sin duda, ante cada disparate suyo hay que reaccionar y enderezar el registro. Pero más importante aún es salir ante la gente y mostrar uno a uno los logros del gobierno, que han sido muchos e importantes. Por algo las encuestas siguen mostrando un alto índice de aprobación a su gestión.
Cada uno de los partidos de la coalición debería elaborar una cuidada lista de esos logros, desarrollarlos bien y armar una cohesionada y bien argumentada defensa. Esa debería ser su tarea de ahora en más. Marcar los goles hechos, más que denunciar los “fouls” cometidos por la oposición.
Sí, no cabe duda de que la oposición está hastiando con su agresiva y oscura negatividad, su constante construcción de relatos que no se condicen con la realidad y que cuando quedan en evidencia, el papelón lo hace la propia oposición. Pero centrarse en solo señalarlo es desmerecer el inmenso trabajo hecho por un gobierno que en cuatro años enfrentó la pandemia, la sequía y con ella, el tema del agua. Y pese a esos duros golpes, ha salido siempre bien parado, siempre proponiendo cosas nuevas, siempre concretando logros.
A ellos hay que atenerse.