SEGUIR
Al Uruguay, ninguna guerra le ha sido indiferente. No lo han sido las guerras internas, que descalabran y siembran males a distancia, como aprendimos en carne propia. No lo son las guerras locales y regionales que han signado los últimos 75 años.
No puede serlo la guerra de conquista y anexión lanzada por Putin sobre Ucrania.
La guerra es el fin de las razones y es el desprecio carnicero al semejante. El mundo ha llegado a fabricar armas con despersonalización terrorífica; hay universidades de guerra; y hay libros sobre casus belli y restituciones post bellum. Pero ninguna reflexión intelectual y ningún acostumbramiento debe hacernos olvidar que la guerra es una atrocidad que ataca, mata, amputa y retuerce destinos de indefensos. Como homicidio colectivo que es, resulta deplorable siempre.
El ataque a Ucrania tiene agravantes especiales.
Se perpetra traicionando la palabra empeñada, como señaló el Presidente de Francia Emmanuel Macron.
Su decisor repite pretextos de afinidad cultural que son idénticos a los que usó Hitler para invadir Austria y los Sudetes. Invoca el mismo argumento de seguridad nacional que inspiró los pujos rusos de anexionismo, antes bajo un zarismo medieval, después bajo el totalitarismo comunista y ahora desde un sistema capitalista, pero antiliberal y serpenteado de amiguismo. No contento con apoderarse de Ucrania, amenaza a Finlandia y Suecia si se acercan a la OTAN. El amo no respeta vecinos soberanos ni los quiere fuertes. Los prefiere débiles, divididos, balcanizados en régimen de Guerra Fría.
Putin lleva 22 años dominando la escena. Entrenado en la policía soviética -la temible KGB-, manda a la cárcel a opositores y no levanta las acusaciones internacionales de envenenar a sus enemigos político-periodísticos.
Su régimen es liberticida desde hace años. Ayer, a través del Roskomnadzor dispuso suprimir en los medios toda alusión a civiles muertos en Ucrania. Prohibió las palabras “invasión”, “ofensiva” o “guerra”. Travistió el atropello como una “operación especial para mantener la paz”.
Occidente le ha tolerado demasiado. Es deplorable que no haya hallado disuasivos para el atropello. Consumado el mismo, solo cabe desear que cese la paranoia conquistadora y se acabe el régimen omnímodo empeñado en reconstruir el imperio zarista a costa no solo de los vecinos sino del propio pueblo ruso, que, con su experiencia, rechaza la guerra desde las vísceras.
Lejos del escenario pero cercanos en espíritu al pueblo agredido, hicieron bien el Presidente Lacalle Pou y el Canciller Bustillo en condenar la “violación de los principios de la Carta de las Naciones Unidas”, señalar que “estos hechos ponen en riesgo la estabilidad regional” y reclamar “el respeto de los principios y objetivos establecidos” por la ONU, institución cuya ausencia cabe deplorar.
Las expresiones del gobierno fueron fieles a la tradición uruguaya de defender el Derecho Internacional, entre cuyos ecos perennes es imperioso mantener y amplificar la Doctrina Rodríguez Larreta. Nacida en 1945 para América, su principio es universal: “la paz es indivisible”, “no hay paz sin democracia”, “la violación reiterada de los derechos esenciales afecta a la convivencia internacional” por la tentación de los dictadores “a desarrollar una expansión agresiva”. Los hechos de estas horas demuestran que estos conceptos valen para todo tiempo y toda región.
Felizmente en el Uruguay todos concordamos en repudiar esta matanza y condenar los métodos del mandamás ruso que, ungido por las urnas, se ha convertido en dictador.
Esa unidad de los ánimos le da a la declaración del gobierno la robustez del respaldo ciudadano. Y tiene una enorme proyección, pues muestra que cuando la conciencia se nos sacude desde las entrañas, coincidimos por encima de grietas, polémicas, referendos, izquierdas y derechas.
Por décadas, lo sectorial hizo olvidar que venimos de un tronco común, una lógica común y unos sentimientos también comunes. Pero hoy lo que se viola del Derecho -en Ucrania y no solo allá, lejos pero también entrecasa- no es lo particular de algunos sino lo que es, y debe ser, general y de todos: el tronco, la lógica y los sentimientos mínimamente humanos. Entonces nuestro deber es impedir que la actual ola de locura, insensatez y debilidad haga entre nosotros más estragos que los que a la vista están.
Para lograrlo, recordemos que la regla de Rudyard Kipling vale tanto para las personas como para las naciones: si los demás pierden la cabeza, uno debe conservarla.