No existe un hábito más saludable en el oficio periodístico que la consulta del diccionario. Cuando se trata del que corresponde a la Lengua Española, la operación de búsqueda permite saber por ejemplo que el verbo "conciliar" tiene un significado muy estimable, porque quiere decir que se componen y ajustan los ánimos de quienes estaban opuestos entre sí, lo cual exhibe un clima de envidiable reencuentro. Conciliar es una palabra que también quiere decir, en su segunda acepción, que se conforman dos o más proposiciones al parecer contrarias y asimismo significa ganar el ánimo o la benevolencia del otro. En una palabra, ese verbo equivale a la pacificación.
Ahora que en el Uruguay tuvieron lugar las elecciones nacionales, un desafío cívico en el curso del cual se encrespan las opiniones y suelen confrontarse las posiciones de los diferentes sectores políticos, ha llegado la hora de la conciliación. Es cierto que el pueblo uruguayo parece comprender instintivamente el alcance del verbo conciliar, porque algo que suele sorprender a los observadores extranjeros es que a la mañana siguiente de los comicios todo el país está nuevamente encarrilado en sus actividades habituales, como si no hubiera pasado nada. Esa es una tendencia espléndida, porque significa que las pasiones del momento pueden sosegarse velozmente, de modo de recuperar el clima de una convivencia normal.
Hablar de convivencia normal quiere decir compartir la atmósfera de una sociedad habitable, sin rozamientos ni agresividades, pero sobre todo sin maniqueísmos. Los uruguayos tienen que comprender que no hay grupos buenos y grupos malos, sino que en todos los sectores ideológicos hay elementos positivos y componentes discutibles, como ocurre con el carácter de los individuos y con el terreno de las emociones o los sentimientos de cada uno. Sólo aceptando esos matices, un ciudadano está en condiciones de asumir una actitud tolerante, condición indispensable para generar un marco social donde se respire cómodamente y se pueda hacer frente a la coexistencia con el prójimo, sea de las ideas que sea.
Y volviendo al auxilio reconfortante del diccionario, el interesado puede descubrir que el vocablo tolerancia tiene un sentido igualmente admirable, porque significa ante todo respetar o considerar las opiniones de los demás, aunque sean diferentes a las nuestras. Entonces vuelve a la memoria aquella frase memorable de un filósofo francés, que en nombre de la conciliación y la tolerancia dijo: yo discrepo con todo lo que usted dice, pero defenderé con mi vida su derecho a decirlo. No se puede pedir mayor maravilla de razonamiento sereno y de absoluta tolerancia, como debe constar en todo régimen republicano y democrático.
Esa debería ser la norma que guíe el comportamiento de los uruguayos ahora que ya pasaron los remolinos de las elecciones y se apaciguan por fin los fervores políticos, porque sólo las mentalidades primitivas son capaces de creer que los buenos somos nosotros y los malos son los demás. Lo que corresponde a una comunidad civilizada es en cambio creer que todos tenemos rasgos buenos y malos, y que con esa mezcla marchamos juntos para integrar la sociedad del futuro, en la que crecerán nuestros hijos bajo las mejores condiciones posibles. Que así sea.
La historia de la humanidad -lamentablemente- se ha compuesto de conflictos mayormente mortíferos y casi siempre indeseables, como las guerras y demás masacres, pero sería necesario crear otra historia menos siniestra, donde prime el reencuentro y figure la pacificación de los espíritus como factor protagónico. Porque solamente de esa forma podrá abatirse la violencia que funciona entre la gente, que entre otras cosas favorece el auge actual de la criminalidad, la degradación en el comportamiento de algunos jóvenes, el poderío de negocios abominables como la venta de armas o el tráfico de drogas. También en esas áreas tiene algo que hacer la conciliación y tiene un papel que jugar la tolerancia, pero hace falta detenerse a reflexionar para que la violencia, la furia colectiva y el espíritu de lucro no gobiernen el mundo en que se vive. Todo un territorio de principios y valores yace debajo de esa desintegración, pero hace falta desenterrarlo para que también se recupere la salud colectiva.