Celebrar o lamentar

Cada año que comienza abre la esperanza de que los problemas existentes se puedan solucionar. A su vez, en cada año se cumple el aniversario de algo bueno o malo pero muy importante. Esto es, precisamente, lo que trataremos de responder a través de algunos ejemplos extraídos de la historia o de la memoria reciente colectiva, según los casos. Como es obvio, siempre hay acontecimientos, hechos que suman un año más a su existencia aunque, por esas razones propias de la naturaleza humana, se acostumbra a resaltar más su significación cuando su fecha coincide con una cifra redonda.

Así, la revolución francesa -con la caída de la Bastilla, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y la abolición de los privilegios señoriales- cumple, en este año 2009, nada menos que 220 años de comenzada.

Otro tanto cabe decir de la asunción de George Washington como primer presidente de los Estados Unidos, un país que nunca vio interrumpida su institucionalidad democrática.

Pasando directamente al s XX, se recuerda que hace 70 años comienza la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), uno de los conflictos más sangrientos y generalizados de toda la historia.

En 1949 se funda la República Popular de China y, en consecuencia, aparece en el escenario mundial un nuevo factor que, superada la retrógrada era de Mao, se volverá decisivo en virtud del peso de su enorme población y de un desarrollo logrado merced a una extraña mezcla de totalitarismo marxista -despreciativo del respeto a los derechos humanos- y de una economía de mercado del más puro corte capitalista.

Una década más tarde, en 1959, se produce el triunfo de la revolución castrista apelando a invocaciones democráticas contra la dictadura de Batista, que ceden su lugar poco después, sin embargo, a planteos, logros y métodos liberticidas marxista-leninistas. Medio siglo de vigencia de la dinastía castrista muestra que esa receta sigue siendo sinónimo de frustración y de fracaso dentro de la isla.

Mientras los Castro continúan apegados a su poder omnímodo, el Dalai Lama lleva, también, 50 años exiliado de su patria tibetana. Su prédica pacifista, imbuida de elevados principios budistas, lo hizo acreedor al Premio Nobel de la Paz en 1989 pero su tierra sigue sojuzgada por China.

Otros diez años más y el mundo se asombra de que un ser humano, Neil Armstrong, pisa el suelo lunar. El cosmonauta dio "ese pequeño paso para mí pero un paso gigantesco para la humanidad", hace 40 años.

También en 1969, el ruso Solzhenitsin -que reveló la monstruosidad de los campos de concentración soviéticos en "El archipiélago de Gulag"- fue expulsado de la oficialista Unión de Escritores Soviéticos; luego, en 1974, se lo privó de su nacionalidad.

Por último, hace cuatro décadas, el Gral. Franco designa como su sucesor a Juan Carlos de Borbón, que tiene el enorme mérito de haber dado lugar, y consolidado, a la nueva democracia española.

Treinta años atrás, los soviéticos invaden Afganistán. El ayatolá Jomeini vuelve a Irán y destrona al occidentalista Sha Pahlevi, iniciando una revolución islámica que considera impío toda manifestación de modernidad, lo cual no obstante para que Irán avance en el dominio de la tecnología nuclear.

En ese mismo años, la Madre Teresa de Calcuta -nacida albanesa y nacionalizada india pero considerada una ciudadana del mundo- obtiene el Premio Nobel de la Paz por su lucha sin desmayos, contra la exclusión, la pobreza y la injusticia.

"La vida es un deber, cúmplanlo"... y aleccionó con su ejemplo.

Pasan otros diez años y, en 1989, cae el Muro de Berlín, paradigma de oprobio y chispa que incendiará y desintegrará a la URSS y, por tanto, pondrá punto final a la Guerra Fría.

Igualmente, en este año, se produce el encuentro entre Juan Pablo II (el primer Papa no italiano desde 1952) y Mihail Gorbachov, el presidente soviético que revolucionó a la URSS y conmovió al mundo con su glasnost (transparencia) y perestroika (reestructura). Quedaba sellado el destino del régimen soviético.

Como es dable esperar, -dada la condición humana- este año 2009 será propicio para celebraciones y para lamentos por los aciertos o por los errores y torpezas de nuestros congéneres del pasado.

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