¿Cabeza de ratón o cola de León?

Uno de los cambios relevantes de 2019 fue la presentación de muchos partidos políticos en las elecciones. Para el horizonte de 2024 hay voluntad de formar incluso algunos más. ¿Es bueno eso para nuestra democracia o hay algo que está fallando en esa fragmentación partidaria?

Hay que empezar por recordar algo bien sabido por todos: nuestra fuerte democracia del siglo XX tuvo dos grandes partidos (más allá de la escisión nacionalista entre 1932 y 1958) que, en conjunto, superaron siempre el 85% de intenciones de votos hasta 1971. No es que no hubiera otros partidos, como por ejemplo el Comunista o el Socialista, sino que blancos y colorados lograron el apoyo muy mayoritario de la gente. Eso cambió con la consolidación del Frente Amplio (FA), y en este siglo XXI y hasta 2014 la estructura de partidos fue bien distinta: por un lado, una mitad mayor del electorado se inclinó por apoyar alguna de las múltiples izquierdas sobre todo nucleadas en el FA, y la otra mitad prefirió a blancos, colorados y Partido Independiente.

En 2019 esta realidad cambió. Se presentaron cuatro partidos nuevos en las elecciones de octubre: Cabildo Abierto (CA), Digital, Verde Animalista, y de la Gente, que sumados recibieron unos 321.000 votos, de los cuales CA obtuvo unos 269.000. Además, tanto el FA por un lado (949.000 votos), como la sumatoria de blancos colorados e independientes (1.020.000 votos) por el otro, recibieron menos adhesiones en ese octubre que en octubre de 2014. La conclusión es pues evidente: hubo una fragmentación electoral que dio lugar a nuevos protagonismos partidarios, y que señaló claramente que había un espacio importante (más del 13% de los votantes) para ocupar en la representación política que no estaba siendo cubierta por los dos bloques que habían predominado hasta 2014.

Se abren así dos preguntas claves. La primera, es si esa fragmentación es buena para la democracia. Por un lado sí, porque señala que hay un muy buen reflejo ciudadano de canalizar las demandas políticas dentro del sistema representativo de gobierno. Pero por otro lado no, ya que en un futuro puede llegar a ser un problema si esta fragmentación impide la gobernabilidad, es decir, si por haber tantos actores y tan diferentes no se logran mayorías para gobernar y conducir el rumbo de la República.

La segunda pregunta es saber si hay espacio para una mayor fragmentación, es decir, para que aparezcan otros partidos que se sumen a los once que se presentaron en octubre de 2019, y que razonablemente puedan esperar obtener una representación parlamentaria. Porque hay al menos dos actores que han señalado su intención de transitar ese camino: el diputado Eduardo Lust, electo por CA en 2019, con un partido que priorice temas ambientales y constitucionales; y el grupo vinculado a la actividad agropecuaria Un Solo Uruguay (USU), que quiere poner en agenda una reforma del Estado que lo achique de burocracia y lo haga más eficiente.

La respuesta exige conjugar cierto realismo político: formar un partido político es una tarea enorme, engorrosa y que requiere muchísima energía, tiempo y dedicación, y que no siempre redunda en lograr una representación en el Parlamento: en 2019 por ejemplo, el Verde Animalista obtuvo 19.393 votos y Asamblea Popular 19.728, y ninguno de los dos llegó a un Diputado. Para quienes quieren marcar su fuerte perfil político parece por tanto más práctico y eficiente canalizar esa voluntad proselitista militante dentro de alguno de los tantos partidos que ya existen, y sobre todo al interior de los más grandes que son, por causa de las reglas electorales, los que más posibilidades tienen de obtener bancas en el marco general de nuestra representación proporcional integral.

Por poner un ejemplo ilustrativo muy válido: para el Partido Nacional, los aportes de USU, de Lust o del partido De la Gente sin duda enriquecerían intelectual y propositivamente a los distintos sectores blancos, y llevarían a que la agenda programática del principal partido de la Coalición Republicana tuviera que tener muy en cuenta las miradas y las sensibilidades de estos actores políticos y sociales relevantes que hoy no forman parte de su estructura partidaria.

Es tiempo de que varios actores evalúen con pragmatismo e inteligencia si, en el contexto de polarización electoral de 2024, les será más conveniente ser cabeza de ratón (formar un pequeño partido propio) o cola de león (ser un sector integrante de un partido amplio y vigoroso ya formado).

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