La presencia de los árboles constituye un aporte fundamental en el paisaje urbano, aunque no todo el mundo sea capaz de verlo bajo el efecto adormecedor de tenerlo siempre delante de los ojos. En el caso de Montevideo, si se exceptúa la Ciudad Vieja, ese protagonismo vegetal es uno de los factores decisivos para el embellecimiento del entorno, porque históricamente se comprueba que el arbolado sabe establecer un diálogo ideal con la perspectiva de las calles, el marco de las plazas, la mancha de los parques y el perfil de las edificaciones, agregando esa función ornamental a los variados servicios que proporciona su existencia, desde el filtrado de la luz y el control de la temperatura, hasta el albergue de los pájaros o el mejoramiento de la calidad del aire. Esta última utilidad no es nada despreciable, considerando la terrible contaminación atmosférica que provoca el tránsito automotor. En ese sentido, el árbol es un aliado silencioso del hombre.
El tema recupera toda su importancia ahora que la Intendencia Municipal de Montevideo anuncia un plan para extraer 15.000 árboles de la ciudad porque están muertos o se encuentran en mal estado, como explicó hace unos días el director de Áreas Verdes de ese organismo. La iniciativa aumentará el volumen habitual de las tareas de sustitución de ejemplares -que comprende a unos 2.000 por año- y consistirá en retirar un árbol viejo, enfermo o seco para plantar en su lugar uno nuevo, elegido entre los que cuentan de 4 a 6 años de desarrollo. La magnitud de las tareas que se encaran obligará a formular un llamado a licitación para reforzar a las insuficientes cuadrillas municipales dedicadas a esos trabajos.
Integrado por 21.000 árboles (mayormente paraísos, fresnos, plátanos, tipas y olmos) el ornato de calles y avenidas montevideanas sufre varias amenazas, como el tendido subterráneo de cables y conductos pertenecientes a servicios públicos -agua, teléfono, gas y luz- que afecta a sus raíces. Esa amenaza se redobla cuando se levantan nuevos edificios que obligan a sacrificar numerosos árboles, a menudo por entradas de garaje sobredimensionadas, un factor que la Intendencia debería controlar con más rigor. Las zonas de edificación intensa son las que exigen una mayor recuperación de su empobrecido arbolado, misión con la que no siempre se cumple.
Esa tarea de repoblación debe atender necesidades múltiples y eludir por ejemplo la interferencia de las copas con cables aéreos, columnas de alumbrado, carteles señalizadores o luces de semáforos, sin olvidar el compromiso adicional de sensibilizar a la población sobre los cuidados que reclama el arbolado y la hermosura que supone su presencia en la red urbana. Ese beneficio, que llega a ser espectacular cuando florece una hilera de jacarandás o de palos borrachos, es agredido de varias maneras, en parte por discutibles métodos de poda (que deforman en sentido vertical el follaje de los plátanos, sin ir más lejos) y en parte por el ocasional impulso depredador de la gente, que destruye deliberadamente algún ejemplar o pide su talado sin motivos aceptables. También allí la Intendencia debería ser más crítica ante algunas solicitudes e intensificar su control.
Porque no toda la población de esta ciudad ha aprendido a convivir con los árboles, una incapacidad que muchas veces va acompañada de quejas como las que apuntan a la pelusa primaveral de los plátanos o a las hojas secas que en ciertos momentos del año cubren las veredas. Hay gente que antepone el aseo a la estima que merecen los ciclos de la naturaleza, a través de los cuales se renueve al cambiante encanto del paisaje. Por lo general, ese sector de la ciudadanía es el menos apto para apreciar la importancia -no sólo en el campo visual- que tiene el arbolado y su papel en el ennoblecimiento del cuadro que ofrece una ciudad, algo por cierto cautivador en las zonas más verdes de Montevideo. Es que a la gente no sólo hay que enseñarle a leer y escribir. También hay que enseñarle a ver.