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Si hay una figura que despierta los sentidos más iracundos entre la oposición frenteamplista y sus socios sindicales, es la senadora Graciela Bianchi.
Desde que decidió dar el paso y dejar el Frente Amplio para sumarse al Partido Nacional, todo lo que hace y dice Bianchi parece tener el poder de enfurecer radicalmente a sus antiguos correligionarios.
Este cúmulo de sentimientos negativos está llegando a un nuevo clímax, con la propuesta para que Bianchi presida la comisión de Educación del Senado. Legisladores del Frente Amplio han amenazado incluso con no votar su designación, cosa que no tendría efectos prácticos pero que sería una señal de descortesía parlamentaria poco usual.
Es interesante hurgar en los motivos por los cuales Bianchi desata estas pasiones. Y al parecer no sólo en los políticos de la oposición, sino que es notoria la forma en que muchos comunicadores, académicos, y figuras del sistema de Justicia, suelen tener ver su yugular inflamada hasta el riesgo cardiovascular, cada vez que Bianchi abre la boca.
Empecemos por lo obvio: Bianchi no es una legisladora más del arco oficialista. Se caracteriza por un tono confrontativo, sin medias tintas, y que dice cosas duras sin mucha consideración por la corrección política o por las formas republicanas. Es así, y no hay dos miradas al respecto.
La exasperación que genera la senadora Graciela Bianchi en opositores, sindicalistas y otros actores de la realidad política, invita a reflexionar sobre algunos temas que suelen ser tabú.
Ese tono no es tradicional ni habitual en ninguno de los partidos que hoy integran el gobierno, y tal vez por eso llame tanto la atención. Pero no debería sorprender a nadie que siga la política uruguaya de las últimas décadas. Porque es el tono que han aplicado sistemáticamente los dirigentes del Frente Amplio y sus aliados sindicales desde hace años.
Para buscar un momento bisagra, podríamos citar aquellas protestas contra el gobierno del ex presidente Jorge Batlle en plena crisis del 2002, en las que el hoy secretario general del Partido Comunista, en aquel tiempo jerarca máximo del Pit-Cnt, Juan Castillo, insultó directamente al mandatario, le ostentó el dedo anular, y lo acusó de linduras como “buchón”, “infidente”, y cosas por el estilo.
No es descabellado citar allí el momento en que se rompió cierto código de relacionamiento político que venía desde el final de la dictadura. A partir de eso todo fue barranca abajo, pero marcadamente desde un sector de la política. Desde el ex presidente Mujica metiéndose con las mujeres de los senadores blancos, la ex ministra María Julia Muñoz con permanente léxico de barra brava, Fernández Huidobro, y un rosario interminable de ejemplos, el tono del intercambio político viene desabarrancando en Uruguay desde hace años.
Pero, sorpresivamente, nada de esto ha motivado la inquietud de académicos, periodistas, operadores judiciales, al nivel que genera hoy lo de Bianchi.
Una explicación para esta ira puede ir por el lado de que los dardos dialécticos de Bianchi han apuntado a ciertos sectores aparentemente impolutos. Bianchi ha acusado a la Universidad de adoctrinamiento político, algo que puede parecer una generalización injusta hasta que se ve una semana antes del referéndum a todas las casas de estudio financiadas por el contribuyente, con enormes carteles llamando a votar contra la LUC.
Bianchi ha acusado al sistema de Justicia de tener expresiones poco neutrales en lo político, algo que puede parecer una generalización injusta hasta que se lee algunas sentencias, o se ve el posicionamiento de la Asociación de Fiscales o de los Defensores de Oficio, también tomando partido políticamente en el tema de la LUC.
Bianchi ha acusado a muchos comunicadores de ser operadores políticos, algo que puede parecer una generalización injusta hasta que vemos el tono en el que se conducen ciertas entrevistas, o se dan algunos intercambios en las redes. Es curioso como ningún “colectivo” de comunicadores se siente agraviado cuando Fernando Pereira acusa públicamente a dos colegas de ser operadores partidarios. Pero si Bianchi abre la boca, florecen las erupciones cutáneas y la sensibilidad democrática.
Este doble rasero podría llevar a que una persona muy mal pensada pudiera creer que el enojo con Bianchi se debe más a que tiene algo de razón en sus planteos, que a una preocupación por la salud republicana. Podría... O deberse a que en el fondo, tal vez por su origen político, Bianchi usa los mismos modos y formas que viene usando el Frente Amplio y el Pit-Cnt desde hace al menos dos décadas. Y que muchos los festejan cuando lo hacen los “amigos”, pero se indignan cuando se lo hacen a ellos.
Esto no significa que esté bien, ni mucho menos. Pero relativiza significativamente la honestidad de algunos enojos.