600 contra 80 mil

Pocas medidas definen mejor la forma de liderazgo de la intendenta Carolina Cosse, que el anuncio de una ciclovía en pleno centro de 18 de Julio, la principal avenida de la capital. Aunque esa concepción no es exclusiva de Cosse, hay que reconocerlo. Sería atribuirle demasiado poder conceptual a una dirigente cuyo principal activo político es la ostentación de un autoritarismo despectivo de cualquier matiz, o respeto a las pesos y contrapesos de una república.

La realidad es que se trata de una concepción que permea de manera bastante generosa a toda una forma de entender el debate público de sectores urbanistas, de una izquierda neosocialista y dogmática. Que hereda convicciones de las capitales europeas o de los campus universitarios de Estados Unidos, y pretende aplicarlas en nuestros países sin pasarlas por el filtro de nuestra historia o realidad. Eso sí, con la petulancia propia de quien se cree embajador de una modernidad superadora.

Para empezar, se trata de una decisión trascendente, que cambiará no solo la circulación en la principal avenida del país. Afectará todo el entramado comercial, y a la forma de desplazamiento de cientos de miles de personas. Una decisión que golpea, además, a una zona particularmente deprimida de la capital, y que debido a factores que van desde la limpieza a la seguridad, pasando justamente por la dificultad de acceso, viene mostrando un proceso de declive desde hace años, sin que la autoridad municipal de las distintas gestiones del Frente Amplio, haga nada para contrarrestar.

Esta decisión, tal como es habitual en Cosse, se toma sin ningún tipo de consulta con la gente del lugar, y sin respetar ningún tipo de concepto democrático. Al estilo de los verticalazos de una monarquía absoluta, la intendenta se levantó un día con esa idea, y punto.

¡Pobre del que se oponga!

Es una decisión que ni siquiera cuenta con respaldo técnico solvente. Los principales expertos en materia de movilidad, incluso quienes suelen manifestar un fetichismo al filo de lo erótico por la bicicleta como elemento excluyente de transporte, han señalado que el planteo ni es seguro, ni es técnicamente razonable.

En una ciudad donde ya no se respeta casi ninguna norma de tránsito (salvo el estacionamiento tarifado) donde la gente maneja mal o pésimo, y donde el transporte público se mueve con una agresividad pasmosa, tirar a un par de cientos de ciclistas por el eje de la avenida más transitada, es segura receta para la tragedia.

Tampoco es una decisión que respete ninguna forma de proporcio-nalidad democrática. Según la propia intendencia, serían unas 600 bicicletas que circulan cada día por 18 de Julio, número que, de arranque, ya luce bastante exagerado.

Pero que igual es una cifra ínfima, comparada con los miles y miles de uruguayos que apelan a coches particulares, o de transporte público, para circular por esa avenida. Por razones de conveniencia, de rapidez, de confort, y hasta de salud. En un país envejecido como el nuestro, ¿cuántos pueden realmente apelar a la bicicleta para llegar a su trabajo o a realizar alguna gestión?

Pero la cifra es todavía más ridícula si la comparamos con las más de 80 mil personas que circularían al día en el proyecto de tranvía eléctrico que está desarrollando el gobierno nacional. Cuyo trazado coincide de manera incompatible con el de esta ciclovía. Privilegiar a la mayoría, parece que se ha vuelto un concepto frívolo y burgués, para la IMM.

No se trata aquí de negar las ventajas de apostar a una movilidad alternativa, o incluso de fomentar medios como la bicicleta para reducir el impacto del transporte particular. Pero la forma de hacer eso es ofrecer condiciones para que la gente libremente opte por esos medios, por razones comparativas. No porque un jerarca con ambiciones monárquicas, que escuchó que eso es lo que se hace en Ámsterdam o París, un buen día decida llevarnos a esa moder- nidad “de pesado”, y sin consultar a nadie.

Lo bueno de este episodio, es que les da a los uruguayos en general, y a los montevideanos en particular, una visión clara de la forma de entender el gobierno que tiene cierta gente, en particular en el Frente Amplio. Donde ya no dominan líderes como Vázquez o Astori, con quienes se podía tener diferencias, pero argumentaban y respetaban ciertos códigos de convivencia. Sino donde ahora es hegemónica una forma de ver la política, vertical, y que cree que la gente y su realidad son apenas material moldeable a las apetencias y caprichos del capitoste de turno.

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