En pocos días, el 5 de este mes, se cumple una fecha política tan importante como olvidada en el calendario de nuestro país: treinta años de la renuncia de Líber Seregni a la presidencia del Frente Amplio (FA), en el acto montevideano en el que esa alianza festejaba sus 25 años de existencia.
Seregni era un avezado político. Quiso marcar en esa importante jornada y con ese dramático gesto un mojón clave de la evolución del FA. En efecto, el motivo de la renuncia era muy importante: luego de meses de negociaciones en las que la izquierda había participado con los demás partidos políticos en un proyecto de reforma constitucional- electoral que habría de cambiar las reglas de juego de todo el sistema de partidos, el presidente del FA se sintió totalmente defraudado por el camino que estaba emprendiendo su fuerza política.
Por un lado, el FA había integrado la mesa de negociación y había logrado cambios relevantes como, por ejemplo, la instauración del balotaje presidencial - ese que nos rige hasta hoy -. Pero, por otro lado, mientras que eso había ocurrido y que Seregni mismo había dado su palabra de que el FA habría de apoyar esa reforma que lo tenía como protagonista, el liderazgo de Tabaré Vázquez en particular había empezado a discrepar públicamente con ese cambio electoral consensuado por todos los partidos.
Así las cosas, completamente desautorizado por quien había sido en 1994 el candidato a presidente de la República del FA, Seregni sintió en aquel febrero de 1996 que no tenía más remedio que renunciar a su cargo.
El resto de la historia es conocido. Mientras que la inmensa mayoría de los dirigentes de los partidos tradicionales, junto a la figura relevante de Danilo Astori dentro del FA, y al Partido Independiente (en aquel entonces liderado por Michelini), apoyaron la reforma que fue plebiscitada en enero de 1997, el fortísimo liderazgo de Vázquez hizo una gran campaña en contra que, por cierto, estuvo muy cerca de lograr la mayoría ciudadana en aquel verano. Hoy, ese proyecto, que ya tiene casi treinta años de aprobado, ha contribuido grandemente a darnos la estabilidad institucional que nos distingue de otros sistemas políticos de la región por nuestra calidad democrática.
Pero la renuncia de Seregni no fue anecdótica. Con ella se rompió definitivamente un sentido de lealtad negociadora con la izquierda del país que, por cierto, ya venía muy golpeado en particular por el pacto del Club Naval en el que el FA participó, para luego darse vuelta y acometer contra la ley de caducidad de 1986 que era, naturalmente, la consecuencia evidente de aquellas negociaciones de agosto de 1984 que habían marcado la forma de nuestra salida democrática. En 1996, Seregni se dio cuenta de que el FA estaba traicionando su palabra al haber dado su acuerdo al proyecto de cambio y luego desdecirse a través de las acciones y declaraciones de su principal candidato.
Lo que vino después no fueron más que consecuencias previsibles de este episodio tan sustancial. En 2002, por ejemplo, el FA no votó la necesaria salida legislativa que se precisaba para no hundir al país en el default. En 2003, no votó el tratado de inversiones con Finlandia que tan necesario era para abrir el juego a las enormes inversiones industriales que, hoy, son protagonistas de uno de nuestros principales rubros exportadores. Y en 2020- 2021, cuando le tocó estar nuevamente en la oposición, la misma deslealtad que llevó al digno Seregni a renunciar a la presidencia del FA fue la que inspiró los caceroleos en plena pandemia, las aglomeraciones exprofeso en tiempos de incertidumbre sanitaria, y las campañas de mentiras acerca de la situación hospitalaria del país llevadas adelante por especialistas que, hoy, ocupan lugares jerárquicos con el FA en el poder.
Cuando se analizan las causas de la renuncia de Seregni se entiende mejor porqué es un episodio tan silenciado por toda la izquierda. Entre otras cosas, es una renuncia que echa por tierra toda la peregrina interpretación politológica izquierdista según la cual el balotaje fue un invento de los partidos tradicionales para perjudicar al FA. Pero además, y sobre todo, es una renuncia que muestra claramente que a partir de ese momento nunca más fue posible contar con un actor izquierdista confiable y sereno que fuese capaz de anteponer los intereses de la patria por sobre los particulares electorales del FA.
Seregni vio con lucidez para dónde estaba derivando su FA en 1996. Prefirió dignamente renunciar antes que seguir ese desgraciado rumbo.