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Romper las cadenas

Delfina Erochenko Gentile | EE.UU.
@|La semana pasada leí un artículo que hablaba sobre Haití y el posible regreso de las Misiones de Paz. Con Haití, Uruguay tiene bastante experiencia, ya sea por su donación de más de 3 millones de dólares en el 2013 (un año terrible para el país caribeño) o por la presencia de soldados uruguayos, que duró desde 2004 hasta 2017. Sobre este tema se ha hablado bastante, especialmente en cuanto a los escándalos de violaciones de derechos humanos y las críticas en materia de la ayuda de las organizaciones internacionales como la ONU, que según algunos no ha logrado el mejoramiento de la situación en la que se encuentran los países más necesitados.

Actualmente, Haití evoca una imagen de desesperación y precariedad. El Estado de derecho, las instituciones gubernamentales y la seguridad, pilares fundamentales para el funcionamiento de una democracia, brillan por su ausencia. Los periodistas que han viajado al país han descrito la situación como desoladora. Un equipo de periodistas de CNN, quienes viajaron al país para ver de cerca la situación, reportó que el 80% del país está bajo el control de las pandillas.

En las caras de aquellos que se ven obligados a vivir bajo el aplastamiento de las pandillas, se puede ver el desasosiego que sienten. Los videos y las imágenes que captan estas expresiones parecen comunicar algo más allá de las palabras. Tan solo basta ver sus expresiones para entender que muchos han perdido la esperanza. Se podría argumentar que en un pueblo que solamente conoce caos y corrupción, es difícil generar la motivación necesaria para salir adelante y derribar los muros que obstaculizan el avance. ¿Qué se necesita para sacar a Haití del pozo en el que se encuentra? La respuesta es complicada. Varias veces se ha intentado resolver la situación, y los resultados han sido decepcionantes. Es claro que se debe establecer una democracia. ¿Cómo? En un país tan acostumbrado a todo lo que representa la antítesis de los valores democráticos, la tarea es monumental. Se debe arrancar el problema de raíz, y esto implica la erradicación de la pobreza, el desarrollo del capital humano y el respeto a los derechos humanos.

Solucionar los problemas de Haití conlleva descifrar cómo hacerlo, pues hasta ahora nadie ha resuelto el rompecabezas. Una democracia no nace en un día, y los problemas que continúan acechando a Haití tuvieron sus comienzos hace muchos ayeres; pasaron por una gestación de dos siglos, y decidieron nacer en el momento más vulnerable para la sociedad. Este país pasó de ser el primero en independizarse con una revolución compuesta por aquellos que vivían en cadenas, a ser un país en el cual las pandillas son las nuevas cadenas que le hacen peso muerto al avance. El camino que se debe recorrer es largo y es imposible saber si se llegará a una solución, pero para romper las cadenas que amedrentan al pueblo haitiano, es un camino que se debe emprender.

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