Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|Bases Programáticas del FA (1971 - 2023) - (II): Los dogmas de siempre; las bases de ahora.
Como señalamos en nuestra primera carta sobre este tema, en el documento del FA, “Un programa para Uruguay” - “Propuestas bases programáticas 2025-2030”, no encontraremos ni una sola vez los términos imperialismo, oligarquía, nacionalización, liberación que llenaron el discurso de la izquierda en los sesenta y setenta.
En 1971 el Frente Amplio obtuvo el 18.3% de los votos emitidos, mientras que en 2004 logró el 50.45% (51.67% si tomamos la coalición ampliada con el EP y la NM) en lo que fue su primera victoria electoral.
Los cambios no fueron sólo cuantitativos, también se modificó el peso relativo de sus diferentes orientaciones ideológicas hacia la interna de la coalición. Los grupos marxistas (el FIDEL, el PS y la lista 4190 de Erro, que nucleó los votos del 26 de Marzo y la izquierda independiente) fueron un 56% del total en 1971.
Hoy, si tomamos a la Vertiente Artiguista (heredera de movimientos y grupos de los años 60 y 70 de clara definición leninista), el PS, el PCU y el MPP, el marxismo acapara el 85% de las adhesiones electorales de las izquierdas frenteamplistas.
Sin embargo, el actual programa de gobierno del FA deambula entre la igualdad de géneros, el cambio climático, el ecologismo y las minorías étnicas o de orientación sexual junto a lugares comunes, verdaderos saludos a la bandera vacíos de todo contenido programático.
Estas consignas de hegemónica tibieza posmarxista, se sostienen aparejadas con las definiciones dogmáticas de siempre.
El XXXII Congreso del PCU confirmó su marxismo leninismo; el PSU mantiene en el artículo 1º de sus Estatutos el propósito de construir la sociedad socialista sin clases sociales y el MPP postula “la necesidad de avanzar hacia la revolución y el socialismo”.
De esa manera, el edulcorado posmarxismo de las actuales bases programáticas convive con una ortodoxia que mantiene intactas las identidades dogmáticas y las definiciones ideológicas de siempre.
Dos patas adicionales sostienen lo que sin dudas conforma una formidable estrategia política y también electoral: la agitación política permanente de inspiración leninista y la manipulación de la comunicación y del lenguaje, de origen más gramsciano.
La primera, una acción política dirigida a la crispación de las masas y la segunda, una reiteración apocalíptica y exagerada al extremo que falsea groseramente paso a paso cada hito de la realidad.
El conservadurismo dogmático va dirigido a mantener la militancia septuagenaria que alentó en los comités de base y permanece en el fanatismo insurreccional de una revolución que perdió su causa en el camino. Se suman a ellos algunos colectivos de jóvenes que papagayean consignas que se quedaron fuera de la historia, sin siquiera conocer sus fundamentos.
La agitación permanente y el lenguaje manipulado de falsa narrativa buscan profundizar la grieta o crearla de manera artificial, llegando a las conciencias a través de la ira, de la indignación y del resentimiento, en procura siempre de evitar la reflexión.
Las consignas del progresismo bienpensante de inocua presentación apuntan a convocar los amplios sectores medios que abundan en Uruguay, siempre propensos a huir de los extremos.
Nuestro adversario del 2024 es un Frente Amplio en el que los sectores republicanos del astorismo y el seregnismo, otrora garantes de cierta sensatez, han quedado sin peso político. Consecuentemente el voto frenteamplista es hoy un gran salto al vacío.
El programa posmarxista ya no postula el antisistema, mientras que las definiciones ideológicas básicas de quienes eventualmente deberán aplicarlo permanecen en la más pura ortodoxia del socialismo real, del marxismo leninismo y de la insurrección sesentista.
En suma: una opción política sin las mínimas garantías de coherencia y estabilidad.