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Narcisismo electrónico

Nicolás Etcheverry Estrázulas | Montevideo
@|Ya lo dijeron Quino y Mafalda: Los padres y los hijos se gradúan en un mismo día. A partir de entonces van aprendiendo su respectivo rol, con errores y aciertos cotidianos. Los cursos ayudan a mejorar esos roles según las diferentes edades, pero no hay teoría que reemplace la experiencia de cada familia concreta. Con el manejo de las redes sociales sucede algo parecido. Puede haber cursos y seminarios para aprender a manejar mejor las redes y la tecnología, pero si no hay una aplicación prudente, serena y sensata de las mismas, poco se puede lograr.

Bienvenida la tecnología y todos sus avances, pero todo dependerá de cómo la utilicemos. Dentro de los grupos de redes sociales no es lo mismo sacarle una foto en el celular a un objeto que quedó olvidado y perdido en un lugar para avisar que fue encontrado, que sacarle una foto a una hamburguesa que estamos por comer, a un shampoo que usamos para ducharnos o a una mascota porque es su cumpleaños; (cuidado, porque este último caso puede venir con invitación incluida para ir al festejo de la “familscota”…).

Parece que muchos con las pantallas nos hemos contagiado el vicio de compartir cualquier cosa. Fotos intrascendentes, opiniones sobre cualquier tópico con poco fundamento, insultos, agravios, burlas o comentarios despectivos. Y con ello, nos sentimos protagonistas. Personajes activos y actuales durante un tiempo fugaz. Es el fenómeno de la “prota-banalidad” o “prota-futilismo”, pues mucho de lo que adjuntamos en esos grupos sociales es banal, liviano y breve. Un grupo de Whatsapp por ejemplo, se crea con una finalidad específica y positiva: ir atendiendo y resolviendo temas muy concretos. Pero a poco de creado el grupo, aparecen comentarios e imágenes que nada tienen que ver con el objetivo para el que se había creado. El tiempo que puede llevar estar atento a todos esos comentarios e imágenes si uno se descuida, es impresionante. Así es lógico que muchos (jóvenes y no tanto) dediquen tres horas diarias a las pantallas, con desmedro de las horas que antes se invertían en estudio, deporte o simple sueño para descansar o conversar.

Este afán de protagonismo está unido a una pérdida del sentido común y de salvaguardar la intimidad de cada persona. La privacidad parece obsoleta y todo debe publicarse casi por mandato. El chisme y el rumor que antes se gestaba y ventilaba en los conventillos o en las reuniones de té y café, ahora se expandió y creció en cifras astronómicas con un clic del celular o de la computadora. El conventillo ahora es electrónico. Si como muestra basta un botón, recomiendo a los que les gusta el cine que vean “Acusado”; está en Netflix.

Las causas de este afán de corta prota-banalidad o breve prota-futilismo pueden ser muy variadas; inseguridades, aburrimiento y búsqueda de diversión barata, inmadurez, frivolidad, excesos o defectos de autoestima, ignorancia, imprudencia, irrespeto, injusticia, etc. No alcanza con tomar conciencia de las causas. Lo cierto es que el fenómeno existe y está instalado en nuestro diario vivir. La pregunta es si conviene acostumbrarnos a que siga y crezca o si, por el contrario, no sería bueno y positivo buscar y encontrar medios para, al menos, mitigarlo. El mito de Narciso, de enamorarnos de nuestra propia imagen en una pantalla por lo que decimos o exponemos con palabras e imágenes, está más vigente que nunca y en muchas ocasiones, no termina bien.

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