Email: ecos@elpais.com.uy Teléfono: 2908 0911 Correo: Zelmar Michelini 1287, CP.11100.

Los tibios

Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|Algo que preocupa y mucho. No en los políticos, sino en los intelectuales formadores de opinión. Algún día la mitad del país que vota a la Coalición tomará conciencia de que nuestra mediocridad se debe a esa tibieza que, no dinamita nuestro PIB per cápita al estilo de las soluciones socializantes, pero tampoco libera el desarrollo de la economía de tal manera que nuestro país, en un horizonte cercano, pueda ingresar en el círculo de privilegio de las economías avanzadas. Cuando esa conciencia sea una realidad, los políticos tibios cerrarán rápidamente la canilla de la fría y completarán la total abertura de la caliente. Porque como decía el inefable Carlos Maggi, en una democracia, los políticos son los últimos en cambiar. Esto admite una sola excepción: los políticos que son conductores de su pueblo. Pero en Uruguay no los hay. Dudo que el corazón esté en el centro y mucho menos la razón dinamizadora de la economía; lo que seguro sí lo está es el electorado. Pero el futuro próspero no está en el centro sino en las soluciones liberales.

Por esa misma razón preocupa la tibieza de los formadores de opinión. Porque esa posición tibia retarda la necesaria toma de conciencia de las grandes mayorías que terminan perplejas, sólo atinando a descreer de un centro tibio y asistencialista que promete tan frecuentemente como incumple. Posicionarse en la medianía de la tibieza encuentra sus fundamentos en varias argumentaciones. Todas ellas falsas, o al menos, no aplicables a la realidad uruguaya.

El primer error consiste en pensar que tibieza significa rechazar los extremos de izquierda y derecha. En Uruguay puede hablarse de extrema izquierda, pero la extrema derecha brilla por su ausencia, por lo que el punto medio entre un extremo que existe y otro que no, tampoco puede existir. El único sistema de ideas que con permanente consistencia se ha opuesto a la extrema izquierda (que es el extremo que aún alienta en nuestro país) es el pensamiento liberal. Y el pensamiento liberal no es de derecha. Tanto la izquierda como la derecha aborrecen el mercado que es la categoría central del pensamiento económico liberal.

El segundo error proviene del desconocimiento de la estructura económica nacional. Uruguay crece a un 1% anual promedio. Debería hacerlo a un ritmo 4 veces mayor. Los mayores lastres de nuestra economía no provienen del mercado, sino del excesivo peso del Estado. No sólo por la presión fiscal, sino también por el déficit acumulado, la deuda en aumento, el peso del sector público, y el fárrago de reglamentaciones que encorsetan al contrato laboral y generan la industria del reclamo. Si tibieza significa el punto intermedio entre Estado y mercado, en Uruguay ello significa inmovilizar un statu quo que no es proclive al desarrollo.

En tercer lugar, porque “las transferencias sociales monetarias contributivas y no contributivas (9% del PIB) …han agravado el ciclo económico en Uruguay… el diseño de la política fiscal social en Uruguay ha expuesto a los grupos más vulnerables de la población a episodios económicos más adversos, especialmente durante las recesiones”.Fuente: https://www.fcea.udelar.edu.uy /blog/4630-24-07-2020. ¿Cómo podría una política social nada menos que “igualar el punto de partida”? ¿Qué política social podría lograr que los hijos y nietos de un intelectual de fuste como Álvaro Ahunchain, que maman en la mesa de los domingos de su abuelo complejos análisis de arte, literatura, historia y filosofía política, tengan las mismas oportunidades que los hijos y nietos del cuidacoches?

La prosperidad no proviene de la igualdad sino de la desigualdad. Pero una prosperidad desigual, que triplica el PIB per cápita en el marco del desarrollo económico capitalista mejora sustancialmente el nivel de vida de los menos favorecidos. Y sólo ese desarrollo económico genuino (no la limosna estéril de la transferencia social) termina también a la postre disminuyendo sustantivamente la desigualdad.

Uruguay está enfermo de un sector público obeso, de una furibunda virulencia sindical, de la prisión de normas laborales que ya no benefician, sino que perjudican al trabajador, de precios administrados, de subsidios y transferencias estériles. Todas ellas pesadas rémoras que no serán removidas con tibieza.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar