Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|La izquierda ortodoxa en Argentina no se sube al podio. A Myriam Bregman las encuestas le dan menos de un 2% de intención de voto. Su discurso, esa letanía anacrónica repetida con admirable pertinacia y que nos resulta tan cotidiana a los uruguayos, no prende en la opinión pública de la vecina orilla.
El kirchnerismo, como expresión contemporánea de una fuerza centrífuga que en política hasta el presente ha sido el peronismo, parece generar la esperanza de convertirse en la última fase de una eterna calamidad. Desde las iniciales simpatías de Perón con el nazi fascismo, y más acá, desde López Rega hasta la ultraizquierda montonera, desde el liberalismo económico de Cavallo hasta el centrismo de Eduardo Duhalde o esa mediatinta entre el neo keynesianismo y el post marxismo de Kicillof, el peronismo al igual que Cronos, la titánica deidad de los griegos que se comía a sus hijos, se había fagocitado al sistema político argentino.
Siguiendo la metáfora mitológica, Mauricio Macri (cuyo origen también fue peronista) bien pudo ser el Zeus argentino que destronara a su padre. Pero fracasó y volvió a reinar el caos para los hermanos argentinos.
Descartando a Bregman y a Schiaretti, en los debates presidenciales participaron tres candidatos con posibilidades de aspirar a la Casa Rosada. Ellos representan más del 90% de la opinión pública.
El kirchnerismo estuvo ausente. Sergio Massa, debía haber sido quien eventualmente podría haber quebrado alguna lanza en su defensa. No fue lo que sucedió. Esta especie de superministro que ejerce el poder ante el vacío dejado por el presidente y la vice, no hizo más que recordar los errores de ese gobierno, tratando de vender una imagen de bombero en el incendio desatado por el kirchnerismo.
Tampoco hubo nadie que rescatara al justicialismo ni a sus líderes históricos.
Los candidatos se sacudieron prontamente cualquier vecindad con Menem, Cristina o los montoneros. De allí que abriguemos la esperanza de que estemos ante la última fase de una catástrofe política.
Y no podríamos dejar de mencionar lo que, en medio de su escandalosa presencia y sus frecuentemente desventuradas declaraciones, se presenta como el gran aporte de Javier Milei.
El centro del debate emigró desde los lugares comunes de la hegemonía cultural que reina en ambas márgenes del Plata hacia la preocupación por el fenómeno inflacionario y cómo encarar la lucha contra ese flagelo que es creado desde el propio poder político detentado por los mismos que dicen ahora pretender combatirlo. Nunca es tarde cuando la dicha es buena y parecería que la preocupación actual se centra en cómo lograr la disciplina fiscal.
Es evidente que en Argentina el desquicio económico puso de manifiesto hacia dónde conduce el modelo populista y cómo el despilfarro irresponsable y creciente que lo caracteriza, termina por engullirse los beneficios sociales que la misma demagogia había impuesto hasta el presente como regla de oro para no perder elecciones.
No importa tanto que la dolarización sea un disparate si su sólo planteo puso en el centro de la escena lo que verdaderamente importa. Siendo así, Argentina podría estar abortando el proceso que aparentaba conducirla hacia una “venezolanización” creciente. Las reservas morales de la democracia parecen estar ganando la pulseada, cortando ese camino que empieza con el desquicio económico y concluye en la tiranía.