Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|La educación no es solo responsabilidad del Estado, los docentes o los propios alumnos. Para que un sistema educativo funcione y logre formar ciudadanos preparados para el futuro, es imprescindible la participación activa de los padres. Sin su compromiso, cualquier intento de mejora educativa, sin importar el gobierno de turno, está condenado al fracaso.
En las últimas décadas, se ha instalado una peligrosa indiferencia de muchas familias hacia la formación de sus hijos. En lugar de involucrarse, de acompañar y exigir un esfuerzo académico, muchos padres han optado por delegar por completo esta responsabilidad en el sistema educativo. Peor aún, algunos justifican o incluso fomentan actitudes de enfrentamiento con la autoridad, debilitando la figura del docente y desvalorizando la importancia del aprendizaje.
El resultado de esta ausencia parental es evidente: un deterioro constante de los niveles educativos, falta de disciplina en las aulas y un desapego generalizado hacia el conocimiento. No importa si el gobierno es de izquierda o de derecha; sin el respaldo de las familias, ningún programa educativo será suficiente para frenar esta caída.
La educación debe ser un esfuerzo conjunto. Los docentes pueden guiar, pero son los padres quienes deben inculcar desde el hogar la responsabilidad, el respeto por el estudio y la disciplina. Es fundamental que exijan a sus hijos esfuerzo y compromiso, en lugar de justificarlos cuando no cumplen con sus deberes. La familia debe ser el primer espacio donde se fomente el respeto a la autoridad y el valor del conocimiento.
Si realmente queremos recuperar la calidad educativa, no basta con reformas curriculares o cambios en la gestión. Es necesario un cambio cultural donde los padres vuelvan a asumir su rol.