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El relato de Montevideo

Gonzalo Downey | Montevideo
@|El dramaturgo italiano Carlo Goldoni decía que “quien nunca sale de su tierra está lleno de prejuicios” porque viajar es mucho más que ver, es aprender o, como decía Taine, “no viajamos para cambiar de lugar, sino de ideas”. Así, la posibilidad de recorrer otras calles, pueblos y culturas no solo nos permite valorar nuestra propia realidad y traer nuevas ideas sino que también desafiar nuestros propios relatos y creencias.

Según el Ministerio de Turismo, en 2022 fueron más de dos millones los uruguayos que salieron al exterior (8% más que en 2021) empujados por un peso uruguayo apreciado respecto al dólar y un vecindario especialmente barato, permitiendo que cada día sean más los orientales que pueden conocer nuevos lugares, aprender, adquirir nuevas ideas y valorar lo que tenemos pero, también, desafiar nuestros relatos internos.

Uno de ellos, el que se hace más evidente, es el relato de Montevideo: cuando viajamos, y volvemos, se nos hace más chocante que nunca el estado de abandono de nuestra capital, pese a tener arquitectura y espacios exquisitos, que debieran tenerla en un posicionamiento muy distinto al actual.

Es cierto que al viajar reafirmamos la valoración de nuestra ciudad como una urbe muy segura en comparación con la región, tranquila, sin grandes embotellamientos, aglomeraciones y el caos urbano de otras metrópolis, pero también nos damos cuenta con tristeza de su abandono general, que no podemos seguir ocultando ni ocultándonos.

A principios del Siglo XX Montevideo tuvo un relato optimista, se soñó, planificó e hizo crecer la ciudad con una visión urbanística integral que concebía el espacio público como una herramienta para mejorar la vida de los uruguayos, gracias al cual heredamos la Rambla, el Palacio Legislativo, los Parques Batlle o Rodó o las grandes avenidas que aún sirven de ejes articuladores de la ciudad. Pero hoy el relato es autocomplaciente, el de una ciudad tranquila y no mucho más. Se dice que inclusiva o comprometida con el medio ambiente pero, fuera de tener infraestructura pintada de verde, la basura campea a sus anchas, el estado de las aceras es lamentable, los rayados impregnan los muros de todos los barrios y los avances que se ven son en su inmensa mayoría exclusivamente gracias a la iniciativa privada: hemos llegado a un punto en que la inauguración de una farmacia o un minimarket en el barrio es el sinónimo de progreso de la ciudad.

Sin irnos muy lejos, cuando viajamos por la región, aquella dolorosa realidad se nos hace más latente. Países más pobres que el nuestro y con ciudades de similar envergadura que Montevideo lucen con ciudades mejores cuidadas, el patrimonio mejor conservado, parques siempre renovados o, lo más elemental, calles limpias en las que no hay que caminar eludiendo los obstáculos de las baldosas sueltas por doquier.

En Ecuador la ciudad de Cuenca, con solo 600.000 habitantes, tiene uno de los tranvías más modernos de América Latina, Guayaquil tiene una rambla con jardines, paseos en bote, cafés, una rueda Ferris o moscovita y hasta teleférico, en Panamá su capital, con solo 2 millones de habitantes, tiene Metro, al igual que Medellín en Colombia, Lima grandes fuentes de agua y ni hablar de los paseos, parques y peatonales de la Ciudad de Buenos Aires que, aún con su enorme crisis económica, lucen mejor que los nuestros.

¿Y nosotros? ¿Qué nos pasó? ¿En qué momento dejamos de soñar nuestra ciudad con ambición y optimismo? ¿En qué momento el deterioro de nuestra infraestructura y del espacio público pasó a ser algo normalizado? ¿Cuándo el Gobierno de nuestra capital se transformó en una máquina burocrática incapaz de dedicarse a su función fundamental que es el cuidado y progreso de la ciudad?

Los parques, esos grandes igualadores sociales urbanos, lucen abandonados o en el mejor de los casos iguales que hace 50 años, nuestro centro histórico venido a menos, nuestros palacios rayados, nuestras avenidas con mobiliario urbano deplorable, brillan por su ausencia proyectos ambiciosos y, con el relato de la tranquilidad, nos hemos conformado a pensar que calidad de vida urbana es sólo sinónimo de quietud.

Montevideo necesita un nuevo relato lejos de la autocomplacencia, necesita volver a soñarse y quererse, merecemos que se nos invite a pensar nuevamente con optimismo la ciudad que habitamos y con ambición urbanística, acorde con el nivel de desarrollo económico y social del Uruguay.

Ad portas del segundo centenario de la República, es tiempo de construir un nuevo relato de la principal ciudad de los uruguayos, que mejore nuestra calidad de vida y le devuelva a Montevideo el esplendor que supo conocer.

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