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El pedestal moral

Carlos Ortega | Montevideo
@|“Si es corrupto no es de izquierda; si es de izquierda no es corrupto”. ¡Qué gobierne la honestidad!...

Recuerdo con claridad el día que en Facultad de Medicina me dijeron “facho” sin motivo alguno. Por suerte conocía el origen histórico y el sentido despectivo con el que pretendían utilizar esa palabra. Entonces pregunté, a quien me insultaba, si sabía realmente qué significaba. Mientras fumaba y observaba desde arriba, con esa actitud sobradora tan frecuente, intentó elaborar una respuesta. Nunca llegó. No había argumento ni definición. Solo se trataba de descalificar.

Era una práctica habitual dentro de aquella manada de autoproclamados progresistas; tan convencidos de su superioridad moral como intolerantes frente a quien pensara distinto. Muchos preferían callar para no exponerse a la mirada despectiva o al señalamiento público. Yo nunca me sentí especialmente intimidado, aunque sí observaba con claridad aquel mecanismo.

Recuerdo una asamblea organizada y dominada por la asociación de estudiantes. El discurso era emotivo, envolvente y cuidadosamente construido. Por momentos llegué incluso a cuestionar mis propias convicciones. Sin embargo, cuando llegó la hora del debate, las ideas que no coincidían con las dominantes simplemente no tenían lugar. No hablé. Y me sentí tan mal por ello que terminé pidiendo disculpas a compañeros que probablemente esperaban sentirse representados por mi voz.

Con los años, y después de sucesivos gobiernos, comprendí algo que entonces apenas intuía: ningún sector político posee el monopolio de la virtud. La izquierda tampoco. La supuesta superioridad moral que durante décadas se presentó como una verdad indiscutible terminó revelándose como una enorme ficción.

Porque cuando alguien se considera moralmente superior por definición, cuando cree que sus errores son justificables y los de los demás imperdonables, cuando descalifica antes de debatir y condena antes de escuchar, empieza a parecerse demasiado a aquello que dice combatir.

Y cuanto más observo esa actitud, más me pregunto: ¿qué hay de más autoritario, de más intolerante y de más parecido al fascismo? ¿Las ideas distintas o la convicción de que solo una visión del mundo merece ser escuchada?

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